Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

El chiste en un campo de exterminio

La película tiene un par de resbalones nimios en comparación con sus virtudes

La actitud ante la muerte y la barbarie. Los métodos de supervivencia en condiciones extremas. La singularidad de los comportamientos individuales y su moralidad respecto de la colectividad al borde del exterminio. No son pocas las obras ―novelas, ensayo, cómic, teatro, cine― que han abordado el conflicto del judío, consigo mismo y con los demás, en el camino hacia la cámara de gas, víctima de una situación insostenible e inimaginable en lo físico, en lo ético y en lo mental.

BYE BYE GERMANY

Dirección: Sam Garbarski.

Intérpretes: Moritz Bleibtreu, Antjie Traue, Tim Seyfi, Mark Ivanit.

Género: comedia/drama. Alemania, 2017.

Duración: 101 minutos.

Pero quizá no sean tantas las que han tenido la valentía de acercarse a la reflexión desde el camino de la fábula, incluso desde la comedia dramática. Bye bye Germany, quinto largometraje de Sam Garbarski, arranca con un recurso cinematográfico chaplinesco: una toma desde un círculo central que se abre hasta conquistar la pantalla al completo. El director alemán pretende desde el primer segundo acercar al espectador hasta el territorio de la fábula: el de un cuento moral protagonizado, como en El gran dictador, por un bufón en la corte del rey del crimen. Y lo hace con un personaje, una vertiente temática y un tono bien interesantes.

Ambientada en 1946, tras la liberación, en un campo de deportación de Fráncfort donde se desarrolla un interrogatorio por colaboración de un judío con los nazis, una especie de juicio de Nüremberg en miniatura, la película tiene, sin embargo, una estructura a base de flashbacks que la hacen regresar con continuidad a esa desequilibrada contienda física y moral en los campos de exterminio. Y es allí donde se desarrolla el eje del relato, insólito, apasionante: la encrucijada en la que se encuentra un hombre con gran capacidad para contar chistes, obligado a trabajar como asesor en la materia para Hitler, acomplejado ante la próxima visita de Mussolini, verdadero experto en la bufonada pública y humorística.

Reflexión moral, película de timadores y drama romántico, todo en uno, Bye bye Germany tiene un par de resbalones ―el equívoco que acaba en suicidio de uno de los personajes secundarios, de brocha gorda, y la historia de amor, metida con calzador―, pero en todo caso nimios en comparación con sus virtudes, sobre todo la articulación de un tono complicadísimo de lograr y de mantener: el de una farsa de estilo cuentista, que a pesar de su caricatura nunca pierde su cuota de credibilidad, y que, como a su protagonista, acaba colocando a su público en la disyuntiva de la supervivencia.