La cinefilia desaforada
Violentísima producción española homenaje al 'spaghetti western' rodada en inglés donde solo se salva el paisaje


PARADA EN EL INFIERNO
Dirección: Víctor Matellano.
Intérpretes: Enzo G. Castellari, Tania Watson, Manuel Bandera, Nadia de Santiago.
Género: wéstern. España, 2016.
Duración: 90 minutos.
La cinefilia extrema suele producir hijos inclasificables, desaforados y, demasiadas veces, tan apasionados como ordinarios. Para que surja un Quentin Tarantino, antes deben salir infinidad de fanáticos irreprochables en su fe cinematográfica, pero cuyas condiciones y capacidades parecen siempre por debajo de sus impulsos.
Víctor Matellano, interesante escritor cinematográfico (El Hollywood español, Spanish horror, ¡Clint, dispara!, sobre la Trilogía del dólar, de Sergio Leone...), con obras excelentes en torno al cine de género y popular, a sus entresijos de producción y a sus secretos de estilo, ha venido practicando también, en su salto a la dirección, una suerte de modestísima serie B del nuevo milenio, con obras nacidas al amparo de su mitomanía. Posibilistas ejercicios de terror que emulaban un espíritu difícilmente reproducible, el de Jesús Franco, Paul Naschy y compañía, como un epígono imposible quizá más asentado en las lecturas que en las interioridades de la personalidad. Ahí se situaban Wax (2014) y Vampyres (2015), y en esa línea, aunque en un género distinto, el wéstern, hay que encuadrar Parada en el infierno, violentísima producción rodada en inglés donde solo se salva el paisaje.
Marcada por los diálogos presuntuosos pero vacuos, la grandilocuencia de la banda sonora, las cámaras lentas como impacto de lo obvio, y un cierto regodeo en la violencia, marca del subgénero (amputaciones, crucifixiones, violaciones...), Parada en el infierno se rodea una vez más de la presencia referencial (el protagonista es Enzo G. Castellari, mito del spaguetti western y de la serie B), pero paradójicamente le sobra pulcritud en la imagen, mientras el guion se arrastra en la monotonía y la falta de ideas.
Componer una película tan salvaje como Los odiosos ocho, en (casi) un escenario único y con un puñado de personajes, no depende tanto de la ferocidad como del perfecto manejo del tiempo. Y a Matellano, al que se le nota el peso del wéstern de Tarantino, le ha salido una del Oeste de bajo presupuesto que casi parece un amoral torture porn.
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