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El misterio del príncipe Waszyński

Un documental trata de resolver en La Mostra los enigmas sobre la vida de un cineasta al que nadie conoció de verdad

Un fotograma de 'The Prince and the Dybbuk'.
Un fotograma de 'The Prince and the Dybbuk'.

Dicen que nadie sabe realmente quién era. Ni siquiera sus familiares, o los que le conocieron de cerca. Cada cual vio alguna pincelada, pero nunca el retrato completo. Al fin y al cabo, “Michal Waszyński vivió muchas existencias e identidades distintas”, explican los directores Elwira Niewiera y Piotr Rosolowski. Tras un documental entero sobre el misterioso cineasta, hasta ellos se rinden ante la niebla. Ahora saben algo más, claro. Pero reconocen que siguen lejos de descubrir al auténtico Waszyński. “Puedes definirlo amante de la lujuria, mentiroso, judío, príncipe, refugiado, artista, falsificador e incluso marido homosexual de una condesa italiana. Todo en uno”, sostienen. En tres años de rodaje, entre Ucrania, Italia, España y Polonia, apenas han hallado respuestas. ¿Cómo llegó el hijo de una familia pobre de judíos rusos a producir taquillazos de Hollywood y codearse con la nobleza? ¿Genio o vendedor de humo? La película The Prince and the Dybbuk, que se proyecta estos días en el Festival de Venecia, trata al menos de ofrecer alguna pista.

“Fue complicado seguir las huellas de alguien que se pasó toda la vida borrando cualquier hecho o documento sobre sí mismo”, aseveran los directores. Había, aun así, un puñado de certezas. El propio nombre, por ejemplo, era una invención. Michal Waszyński se llamaba Moshe Waks. Aunque los que se cruzaron con su vida le conocieron también como Mike, Michael o, simplemente, M. El comienzo y el final de la historia también estaban claros. Waks nació en 1904 en Kovel (hoy Ucrania, entonces parte del Imperio ruso), hijo de un herrero judío sin dinero ni perspectivas. Murió en Madrid, 61 años después, célebre por sus modales y sus trajes impecables. “Alguien elegante como Mike no lo he encontrado nunca”, tercia ante la cámara uno de sus amigos romanos; “Era un aristócrata del alma”, defiende su ahijada.

Entre el prólogo y el epílogo, sin embargo, reina la incertidumbre. “Pocos son tan hábiles en cambiar una y otra vez de rol como Waszyński”, agregan los cineastas. Lo cierto es que el creador se mudó junto con su familia a Varsovia, primero, y Berlín, después, tras el estallido de la Primera Guerra Mundial. Su ambición y su condición de homosexual en una comunidad conservadora le convencieron para dar la caza a otro futuro. Así que se alejó de su familia, se hizo actor de teatro, y se coló en la leyenda de Nosferatu: participó en el rodaje de la celebérrima obra de F.W. Murnau como ayudante a la dirección. Tras las cámaras, encontró la solución a su fuga de sí mismo. “El cine era una segunda realidad para mí”, cuenta en sus diarios. “Le ayudaba a ser alguien distinto”, añaden Niewiera y Rosolowski. Se volcó tanto en el séptimo arte que a partir de los treinta, instalado en Polonia, filmó una cuarentena de películas en una década. Y rodó, sobre todo, Dybbuk.

“La clave para comprender su personalidad es este filme de 1937. Es su obra más personal, ambientada en la realidad mística de una aldea judía antes de la guerra”, describen los directores. Filmada en yidis, la película se convirtió en una bandera de las tradiciones judías, barridas poco después por el Holocausto. Joseph Goebbels, responsable de la propaganda nazi, afirmó tras verla que le había convencido definitivamente de que los judíos eran “la raza más peligrosa del planeta”. Para el propio Waszyński, Dybbuk se volvió una obsesión. “Aunque entrara en la aristocracia italiana y se presentara como un príncipe polaco, las voces de su pasado judío aparecían cada vez más en su cabeza”, sostienen los autores de The Prince and The Dybbuk.

Sea como fuere, la segunda contienda mundial llevó a Waszyński hacia nuevos viajes. Se hizo director de teatro, acabó enrolado en la armada polaca fiel al Gobierno en exilio y peleó y filmó los enfrentamientos con los nazis en Irán, Egipto e Italia. Allí, finalmente, se quedó. Se casó con una anciana condesa de Recanati, que falleció poco después dejándole una herencia astronómica. Y dio otra vuelta de tuerca a su periplo: se reinventó productor y enlace de los grandes estudios de EE UU en Italia y España. “Fue realmente un maestro en conseguir hacer carrera rápidamente en el negocio audiovisual”, aseguran los dos directores. El nombre de Michael Waszyński figura, entre otros, en los créditos de filmes como Un americano tranquilo, El Cid o La caída del imperio romano, el largo más caro rodado hasta la fecha. Hasta que un ataque al corazón en Madrid interrumpió su odisea.

Tras ella intentaron ir Niewiera y Rosolowski. Entrevistaron antiguos amigos, vecinos, familiares y gente que le había visto alguna vez. “Todos conocían solo una parte pequeña de su vida, normalmente la superficie”, relatan. Waszyński no hablaba del pasado, o si lo describía era el de otros. Los cineastas rematan: “Trabajó con Orson Welles, Sophia Loren, Vittorio de Sica o Claudia Cardinale, pero su filme más espectacular lo sacó de su propia vida”. En el fondo, él mismo lo dejó claro en sus diarios: “Me hace bien no saber quién soy”. Todavía nadie ha podido descubrirlo.