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Una casa, cinco países

Trump se ha propuesto levantar un muro faraónico entre EE UU y México como alegoría de la xenofobia y el miedo pero existen en el mundo muchos otros que se han abatido o resisten más en sentido conceptual que material

Una casa, cinco países

El difunto señor Giuseppe Kogoj se había convertido en un protagonista de la historia europea sin apenas proponérselo. Nació el mismo año de la caída del imperio austrohúngaro (1919), estudió como ciudadano italiano en tiempos de Mussolini, combatió en la Segunda Guerra Mundial con el Ejército yugoslavo, trabajó como leñador en la saliente República Federal de Tito y se jubiló cuando Eslovenia ya había declarado la independencia.

Solo le faltaba adquirir, como le sucedió en 2004, el pasaporte comunitario, contemplar finalmente la caída del último muro de Europa. Aquel que el Ejército norteamericano improvisó en 1947 para dividir Gorizia en dos mitades de acuerdo con el límite artificial de la línea férrea y con las directrices del Tratado de París. Una, Gorizia, italiana; la otra, Nova Gorica, eslava, aunque la asepsia de la división fue discriminatoria con las sensibilidades locales. Había casas italianas con jardín yugoslavo. Y hasta difuntos del cementerio de Mirne cuya cabeza permanecía en un lado del mapa y cuyas piernas, en cambio, alcanzaban el otro lado de la frontera.

Es una buena alegoría de la arbitrariedad y hasta del absurdo geopolítico que se precipitó desde la guerra caliente a la fría, aunque el muro erigido en la posguerra había cambiado de imagen y perdido el aspecto intimidatorio de antaño. Apenas podían reconocerse los restos de la vieja alambrada ni quedaban a la vista las antiguas torretas de vigilancia militares.

De hecho, los vecinos de Gorizia preferían llamarlo cariñosamente el muretto, y hacerlo con mayor énfasis cuando la policía fronteriza comenzó a desmantelar las oficinas aduaneras camino de la integración comunitaria de Eslovenia: el 1 de mayo de 2004, Gorizia y Nova Gorica comenzaron a acostumbrarse a vivir sin la división territorial, histórica y psicológica que les había mantenido separadas durante los últimos 60 años.

 Reflejo invertido

 Las diferencias se apreciaban nada más cruzar el paso fronterizo de San Grabiele. Sobre todo, porque una ciudad se había convertido en el reflejo invertido o subconsciente de la otra. Es decir, que Nova Gorica estaba llena de casinos —La Perla permanece como un templo lúdico hegemónico— y locales de alterne, rigurosamente prohibidos en Italia, mientras que Gorizia ofrecía puestos de trabajo, monumentos y café de categoría.

El fantasma de las alambradas

La crisis de refugiados que se declaró el año pasado malogró el sueño de la Europa sin fronteras, especialmente por las medidas restrictivas que impusieron los países del Este de menos antigüedad en el seno de la UE. Empezando por la Hungría de Viktor Orbán, cuyo discurso xenófobo adquirió la forma de una alambrada de 175 kilómetros en la frontera con Serbia para “proteger” el país de la amenaza de los refugiados sirios, libios, iraquíes o subsaharianos. Francia ha amurallado por razones de “vulnerabilidad” el punto sensible de acceso al puerto de Calais, del mismo modo que España ha consolidado las vallas de Ceuta y Melilla. Esta es una frontera que divide la UE de África, pero sucede que dentro del propio escenario europeo están proliferando los espacios de separación. Eslovenia se ha blindado de Croacia, igual que Macedonia lo ha hecho con Grecia, por no hablar de las defensas de los países bálticos a la amenaza rusa.

Convenía a una y otra ciudad maridarse, pero no han escaseado los obstáculos. Entre ellos, la barrera infranqueable del idioma, la diferencia étnica y las recíprocas lecturas de la historia: los goriziani exorcizan las matanzas partisanas, los eslovenos demonizaban el imperio frustrado de Mussolini. “Porque fue él quien se obstinó en imponer una única cultura cuando se apoderó de esta zona”, me explicaba el sabio Kogoj en un plácido jardín la ciudad nueva. “Italianos, eslavos y alemanes vivíamos con cierta armonía antes de irrumpir el fascismo. Después, se produjo la imposición de una propaganda italiana que dio al traste con la verdadera convivencia y que provocó heridas irreparables”.

El viejo Kogoj, conste, hablaba en perfecto italiano. Y lo hacía sin rencor ni afán justiciero. Al cabo, los vecinos de una y otra parte del muretto se han despojado del vetusto salvoconducto y comienzan a conocerse mejor, de comunitario a comunitario, de igual a igual, hasta el extremo de que se ha creado un Grupo Europeo de Cooperación Territorial (GECT) que extrema los proyectos urbanísticos, turísticos y financieros comunes.

Las diferencias económicas son menos relevantes de cuanto podría imaginarse en función del PIB per cápita italiano (27.600 euros) y esloveno (19.300 euros). Se diría incluso que Nova Gorica (nueva Gorizia), 20.000 habitantes, parece la ciudad próspera, pujante, mientras que Gorizia, 40.000 vecinos, da la impresión de haberse anquilosado o ensimismado, incluso de observar con nostalgia la antigua demarcación fronteriza.

Cerca y lejos a la vez

Están cerca y están lejos a la vez, tanto como se necesitan o se complementan en sus respectivas cualidades e idiosincrasia. Las atenciones de maternidad son mejores en el este que en el oeste —el Hospital de Sampeter tiene matrícula eslovena—, mientras que los centros de salud mental han adquirido mayor reputación y afluencia en el lado italiano.

Se explica sí que los alcaldes de ambas ciudades, urgidos en los modelos de integración, hayan predispuesto las bases de la ciudad única. Sostienen que es absurdo duplicar los hospitales, las depuradoras de agua, los generadores eléctricos, los medios de transporte o los presupuestos municipales cuando la única diferencia entre Gorizia y Nova Gorica radica en un muro completamente invisible que el viejo Kogoj cruzaba con incredulidad y escalofrío en la alegoría de la frontera retráctil.

Sin moverse de su casa, la historia le proporcionó hasta cinco pasaportes diferentes. Ninguno tan versátil como el comunitario ni más sensible al ideal o a la utopía de la concordia europea. Kogoj la observaba desde un entrañable fervor. Había nacido bajo el reinado de los Habsburgo. Había sufrido el fascismo. Había luchado contra el nazismo. Estuvo expuesto al comunismo. Y terminó conociendo en 1992 la más atroz de las guerras europeas contemporáneas a cuenta del fratricidio balcánico.

“Todos los cadáveres que se han quedado en el camino”, reflexionaba Kogoj, “tendrían que obligarnos a bendecir que Europa haya emprendido el camino de la paz, pero a veces pienso que los Balcanes están envenenados y que nuestro continente tiene una pulsión suicida”.