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LA CARA B DEL MUNDO

Un baño como los romanos a 48 grados

Las termas que disfrutaban las centurias en los siglos I y II afloran tras quedar sepultadas por un embalse

Un niño se sumerge en las ruinas con agua termal de la antigua casa de baños sepultada por el embalse en 1948.
Un niño se sumerge en las ruinas con agua termal de la antigua casa de baños sepultada por el embalse en 1948.

Las primeras dos bañeras se recuperaron de entre el lodo y los escombros allá en torno al año 1985, cuando el que ahora es director de la excavación llegó recién licenciado. Los arqueólogos no cobraban y dormían en tiendas de campaña. Y las burbujas que afloraban del fondo del agua —el calor que emergía y enseguida se mezclaba con el frío del embalse— dieron la pista. Desde que la compañía hidroeléctrica Fenosa había anegado el valle del Limia en 1948, para construir el embalse de As Conchas (Ourense), lo que había sido antigua casa de baños y mucho antes termas romanas había quedado sepultado en la desmemoria. Por algo las tropas de Décimo Junio Bruto dijeron que el Limia era el "río del olvido" y temían caer en la amnesia colectiva si lo cruzaban. Este es el lugar de Porto Quintela, en el municipio orensano de Bande, uno de los escasos lugares del mundo en los que uno se puede dar un baño termal gratuito con propiedades mineromedicinales, de día y de noche, en pozas, piscinas y bañeras abiertas bajo el cielo que oscilan entre los 36 y los 48 grados, todo esto contemplando un tiempo pretérito de dos milenios.

Zona de los 'horrea' o graneros del campamento de Aquis Querquennis, con sus correspondientes pies para aislar las reservas del suelo. ampliar foto
Zona de los 'horrea' o graneros del campamento de Aquis Querquennis, con sus correspondientes pies para aislar las reservas del suelo.

"Cuando llegamos para trabajar en el campamento romano, lo primero que excavamos fueron esas bañeras... nuestra intención era poder lavarnos, porque otra ducha no había", se sincera Santiago Ferrer, hoy al frente de cada campaña anual en este yacimiento arqueológico conocido como Aquis Querquennis y bautizado también como A Cidá (La Ciudad). Esta de Porto Quintela, que hoy ya cuenta con un centro de interpretación con los vestigios de las antiguas civilizaciones que habitaron la zona, es una de las bases militares del imperio mejor conservadas de Europa, supuestamente gracias al hecho de que las ruinas pasasen buena parte del año anegadas por las aguas del pantano. Últimamente, no. La lluvia este año se ha olvidado de Galicia. Pero la campaña arqueológica seguirá llevándose entre septiembre y noviembre, como cuando la comunidad autónoma llegaba al verano con los embalses repletos. Antes, estas excavaciones las financiaba la UE; ahora, la Diputación Provincial, y va todo tan poco a poco que el director de los trabajos, que empezó de novato bajo la batuta del catedrático Antonio Rodríguez Colmenero, siente que se jubilará en el mismo lugar.

"Este año toca consolidar la zona excavada en 2015 y 2016", avanza Ferrer. Piedra a piedra, el campamento de Aquis Querquennis va armándose y ya se han rescatado unas 2,5 hectáreas, la mitad de la superficie. Dentro de la previsibilidad romana, aquí todo es cuadriculado, y calcado a cualquier otro fortín de las centurias. Con las dos vías perpendiculares que cruzan el recinto amurallado, la Principalis y la Decumana; con sus dos inmensos graneros u horrea; con su hospital de campaña o valetudinarium rodeado de cubículos para los enfermos; con sus barracones de tropa (de momento cuatro y medio excavados, aunque se cree que son seis), sus letrinas, su pozo y su cuartel general (principia). En la muralla, incompleta, han resurgido dos de las cuatro puertas, y entre el campamento y la zona de baños se ha rescatado una mansio viaria. Probablemente, la fortificación militar se construyó para vigilar la Vía XVIII o Vía Nova, que comunicaba Asturica Augusta y Bracara Augusta. Y la gran mansio viaria, posterior en el tiempo al campamento, nació para dar techo, comida y servicios, como una fonda de antaño o un motel de carretera, a los viajeros que luego siguieron transitando esta ruta que enfila hacia Portugal.

"¡Papá ya siente el brazo!", exclama, no se sabe si con sorna o con júbilo, el hijo preadolescente de un hombre que mantiene sumergida su extremidad inerte en agua a más de 30º. Mientras los arqueólogos trabajan, los bañistas pueden contemplarlos, zambullidos en las pozas a diferentes temperaturas. En la piscina a 48 grados poca gente se atreve a probar suerte, por eso los visitantes se concentran en las otras, o en la docena de bañeras que en los últimos años han ido recuperando el Ayuntamiento y la Confederación Hidrográfica. Son las viejas instalaciones de la casa de baños, fundada en el XIX y que quedó destruida cuando la hidroeléctrica llenó el valle. Con el tiempo, más que bañeras, estos recipientes antropomorfos que en esta época del año se encuentran sumergidos unos 20 centímetros bajo el nivel del pantano recuerdan más a sarcófagos romanos que a jacuzzis de burbujas naturales.

Curiosamente, las bañeras están dispuestas en parejas, de dos en dos, como si se hubieran ideado para remojarse en compañía mientras se comenta la grandeza de las cimas de enfrente, la Serra do Xurés. En los meses fríos es cuando más agradables pueden resultar estos baños, indicados para dolencias reumáticas, digestivas, respiratorias y cutáneas. Es la época en la que también hay menos familias poblando la escena, y aun hay unos cuantos que aprovechan para meterse desnudos, como ocurría hace pocos años, cuando este paraje era un gran desconocido.

La iglesia más antigua de Galicia

S. R. P.

A menos de unos dos kilómetros en dirección a Portugal desde Porto Quintela y O Baño —el enclave de las bañeras termales a cielo raso— se engarza como una joya en lo alto de una colina la iglesia más antigua de Galicia. La basílica visigótica de Santa Comba de Bande fue construida en el siglo VII, posiblemente aprovechando la estructura de un templo anterior de culto ancestral. Además de aras romanas y un miliario reutilizado como pila bautismal, dentro de esta iglesia con planta de cruz griega se conserva el sarcófago de mármol de San Trocado (o Torcuato), uno de los discípulos de Santiago. Al pasar por este enclave, los peregrinos y devotos acostumbraban raspar la piedra blanca de la tumba para llevarse con ellos el "polvo milagroso" del santo. Santa Comba, que se abre al público de la mano de Isabel, la vecina que mima el lugar y guarda la llave, conserva valiosos elementos decorativos y un cimborrio con los ladrillos dispuestos en forma de espina de pez, construido como hacían los romanos.