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De reputaciones poéticas

Puede suceder que de vez en cuando encontremos en algún libro preguntas algo más que extrañas

Sobre todo si nuestra vida es larga, puede suceder que de vez en cuando encontremos en algún libro, pongamos que en algún ensayo, preguntas algo más que extrañas. Imaginemos que un día, al término de un largo y erudito estudio, por ejemplo, sobre “el carácter enrevesado de los caminos de la gloria literaria”, alguien se desvía del tema del libro y nos pregunta, en la última página, si no hemos sospechado alguna vez que finalmente lo que cada texto quiere descubrir es cómo podemos llegar a hacernos con un fondo de verdad, después de haber lidiado lo mejor posible con la inmensa, gran abundancia de realidad.

No dudo de que, colocados ante semejante pregunta, muchos se limitarán a huir, a olvidarse de un libro que les ha planteado esta cuestión rara que ha seguido a un desvío no anunciado. Y tampoco que habrá incluso quienes emprendan una espectacular fuga sin fin como si fueran aquel futbolista malagueño al que hace unos años le preguntaron “qué leía” y reaccionó como si le hubieran hablado extraterrestres y, tras mirar a todos con la más inolvidable cara de estupor, abandonó la sala de prensa a una velocidad indescriptible. Pero me gustaría decir que haríamos bien reaccionando de otro modo y no menospreciando la respuesta que espontáneamente pudiéramos dar, porque puede que esta nos ayudara sobre la marcha a averiguar mejor que nunca qué buscamos en lo que leemos. ¿Perseguimos algo parecido a un fondo tímido de verdad? ¿O el tema que nos atraía era el que trataba precisamente el libro que leíamos y que ha descarrilado a última hora después de ese desvío extraño hacia una zona de peligro?

Uno no sabe qué habría respondido de encontrarse ante esa pregunta extraña al final de un largo ensayo sobre las “reputaciones poéticas”, pero sí que habría rememorado la clase de maravillado lector que fue el último fin de semana cuando leyó Homo poeticus, de Danilo Kiš. En ese libro —ensayos y entrevistas— se descubrió a sí mismo como un lector atento al espectáculo de una inteligencia con propensión a mezclar ficción y realidad y a darle a sus invenciones o a sus reconstrucciones imaginarias toda clase de buenos tratos, con miras a hacerlas pasar por documentos auténticos, a la vez que se apoyaba en sucesos de la vida real lo suficientemente inverosímiles para que pudieran ser tomados por imaginarios. Dicho de otro modo: el fin de semana se hundió en ese desnudo fondo de verdad que hay en la obra de Kiš y que reposa en un entramado de artificios y engaños.

Como señaló Guy Scarpetta, el lector ideal de las veraces falsedades del escritor serbio es el que registra impresionado la tensión sensible entre la utopía de querer relatar todo, especialmente en los relatos reconstructivos, y la fuga de lo real, la evanescencia de la verdad. De ahí que leyendo Homo poeticus uno pueda sentir mejor que nunca cómo la realidad nos elude, no por defecto sino por exceso, como si la escritura se dedicara a vislumbrar el horizonte del saber absoluto y a producir, en un solo movimiento, la desviación, la burla o la caricatura.