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Entre la obra maestra de Velázquez y el palo del selfi

El turismo masivo y el vandalismo obligan a museos y zonas culturales a reorganizar sus visitas sin limitar la rentabilidad

Grafitis en el mural realizado el año pasado por William Kentridge a orillas del Tiber, en Roma. Ampliar foto
Grafitis en el mural realizado el año pasado por William Kentridge a orillas del Tiber, en Roma. AFP/Getty Images

Los museos quieren visitantes pero reciben turistas, un concepto que no siempre casa bien con la quietud de las salas y sus delicadas colecciones. “Estos espacios antes eran lugares para conocer el arte, ahora se busca el selfi para decir: yo he estado ahí”, lamenta João Fernandes, subdirector del Museo Reina Sofía. El riesgo se parapeta en la masificación. Los diez museos de arte más concurridos del mundo recibieron el año pasado 55,6 millones de personas. El Louvre (7.400.000) y el Metropolitan (7.006.859) marcan el paso. El Bosco atrajo a casi 600.000 personas al Prado el año pasado. Otro asunto es la calidad de la visita. “Tengo mis dudas de que alguien pudiera disfrutar con aquello”, reconocía Miguel Falomir, nuevo director del museo, en una entrevista a EL PAÍS. Una desconfianza que se extiende.

Italia prepara una ley para evitar la masificación en sus principales centros artísticos porque cierto turismo es una fuerza destructora. Un mural de 550 metros del sudafricano William Kentridge pintado sobre los muros que contienen al río Tíber amanecía a principios de mes anegado de grafitis; en enero alguien pintarrajeó con espray una de las columnas del Coliseo y antes dos turistas californianas —de 21 y 25 años— fueron detenidas por inscribir con una moneda sus iniciales en los muros del anfiteatro. En 2015 cinco personas terminaron en comisaria por dañar el patrimonio.

Derrumbes en Pompeya

Turistas ante el elefante de Bernini, en la plaza de Minerva (Roma), co un colmillo dañado por unos vándalos el pasado noviembre. ampliar foto
Turistas ante el elefante de Bernini, en la plaza de Minerva (Roma), co un colmillo dañado por unos vándalos el pasado noviembre. AFP/Getty Images

El problema se concentra en Pompeya, que recibe 2,5 millones de visitas al año y ha padecido expolios y derrumbes. ¿Habría que limitar la entrada? Mary Beard, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2016 y autoridad mundial en la historia de Roma, se opone a los númerus clausus. “Restringir las visitas es elitismo. La gente normal quedaría excluida y solo los ricos y los famosos (junto a algunos académicos) podrían visitar la ciudad”. La profesora de Clásicas de la Universidad de Cambridge propone cambiar los abarrotados destinos del Coliseo y Pompeya por Ostia o la “espectacular” villa de Boscotrecase (Nápoles). Sacar al turismo de los lugares comunes. “Debemos cuidar lo mejor posible los enclaves arqueológicos, pero si ocasionalmente se desprende un poco de yeso o un muro no es un desastre. Hay que recordar que fue una ciudad mal construida, arrasada por un volcán y bombardeada en la Segunda Guerra Mundial. Es inestable”, admite la latinista.

El año pasado, un turista brasileño desmembró en el Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa un San Miguel de madera del XVIII mientras se hacía un selfi. “Es necesario desarrollar una pedagogía del comportamiento en los espacios que son patrimonio”, reflexiona António Filipe Pimentel, responsable de la institución. “Porque la presión del público aumenta los riesgos y la tendencia de este fenómeno es a empeorar”.

Todo el arte rupestre aborigen australiano podría desaparecer en 2060 —denuncia la campaña Protect Australia’s Spirit— víctima del vandalismo y la construcción. Y no se trata solo del vandalismo. “Nos preocupa la calidad de la visita”, describe Marina Chinchilla, directora adjunta de Administración del Prado. Por eso establecen cupos y franjas horarias. Pero también les preocupa el número de visitas, y los museos se arriesgan y compiten por esa contabilidad del arte. “No se puede afirmar que el turismo deteriore las colecciones. Otra cosa es que un público masivo afecte a la calidad de la experiencia, critica José Luis Díez, director del Museo de las Colecciones Reales.

Hay que tener cuidado y “analizar para qué sirven esas muestras y esas visitas”, matiza Carmen Espinosa, conservadora jefe del Museo Lázaro Galdiano (Madrid). Porque la fragilidad resulta evidente. Fue un error creer que la tecnología y su avalancha de aplicaciones que transforman las obras en una experiencia virtual podrían aliviar la presión. Vicente Todolí, exdirector de la Tate Modern, advierte: “La visita digital nunca es la visita, la presencia física resulta insustituible”.

El destrozo grabado con el teléfono móvil

Dos niños rompieron en mayo de 2016 una escultura de vidrio (27 meses de trabajo de la artista Shelly Xue) en el Museo de Cristal de Shanghái. El vídeo que muestra a sus dos cuidadoras filmando la escena supera el millón de visitas en YouTube. En marzo pasado, un británico raspó la pintura The Morning Walk de Thomas Gainsborough en la National Gallery. “A veces utilizamos medidas escalables de seguridad, incluido el registro de bolsos”, comenta un portavoz de la galería. Pero nadie quiere visitar un museo como si pasara el control de un aeropuerto.

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