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Apología del curanderismo

Escribe y dirige Paco Arango, presidente de la fundación a la que irá destinado el dinero de la recaudación. Bien por el lado social, horror por el cinematográfico

LO QUE DE VERDAD IMPORTA

Dirección: Paco Arango.

Intérpretes: Oliver Jackson-Cohen, Camilla Luddington, Jonathan Pryce, Jorge García.

Género: fábula. España, 2017.

Duración: 113 minutos.

En menos de un mes se han estrenado dos películas cuyo primer título de crédito tras el fin de la historia era una página web con la que recaudar fondos benéficos: la australiana Lion y la española Lo que de verdad importa. Por razones de peso, casi de concepto, la solidaridad a machamartillo y el cine de calidad no pueden aspirar a llevarse bien. O haces una buena película o montas una ONG, pero las dos cosas juntas quizá vaya en contra de la complejidad y la trascendencia, del dolor verdadero y la delicadeza humanista. Lion casi lo consigue con una notable primera mitad y una segunda entre lo convencional y lo mediocre. Lo que de verdad importa es, directamente, un dislate: homenajear a los niños con cáncer y a sus cuidadores con un cuento chino sobre el curanderismo. La ha escrito y dirigido Paco Arango, presidente de la fundación Aladina, colaboradora SeriousFan Children's Network, entidad fundada por Paul Newman, a la que irá destinado el dinero de la recaudación correspondiente a la producción. Bien por el lado social, horror por el cinematográfico.

Improbable cruce entre fábula de autoayuda, drama familiar y screwball comedy romántica, Lo que de verdad importa apela a lo sobrenatural como guía contra la enfermedad infantil con un relato sobre los miembros de una familia con el poder de sanar únicamente con ponerse cerca de los enfermos, ya sean tartamudos, con problemas de próstata o con un cáncer en la sangre. La premisa, que se las trae, sobre todo teniendo en cuenta quiénes son sus presumibles espectadores, provoca así que el elogio de la sanación domine una película en la que la importancia de la medicina y de la ciencia es invisible.

Si al menos fuera buena, solo sería moralmente discutible, pero además, a pesar del empaque que le otorga la fotografía de Javier Aguirresarobe y lo bonitos que son el pueblo y los alrededores donde se filmó la película, tiene una puesta en escena pedestre y unos diálogos y desarrollo dramático sonrojantes. Eso sí, se la dedican a Paul Newman, que dicen que era un hacedor de milagros con su fundación.

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