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ARTES Y OFICIOS

“Ahora huyo de las florituras”

La cantaora Carmen Linares, que estrena su último trabajo con poemas de Miguel Hernández, ya no necesita demostrar nada en el escenario, solo “hacer sentir”

Carmen Linares, en su casa de Madrid.
Carmen Linares, en su casa de Madrid.

Carmen Linares, maestra indiscutible del cante, estrenará en el Price el 26 de enero su último trabajo, Verso a verso, con poemas de Miguel Hernández. Es un disco sentido, depurado, precioso, como el fruto nacido de años de estudio y trabajo de una artista concienzuda. Tan sencilla y cálida como grande, esta mujer que no ha perdido su acento jienense de niña, coloca entre nosotras dos vasos de vino y jamón del bueno. Con eso y su sonrisa, la conversación sale sola.

—Miguel Hernández tiene una poesía muy de verdad; no muy flamenca, pero el flamenco lo atrapa, porque él cuenta experiencias profundas y apasionadas.

—Jamás quise ser una ignorante. Cuanto más sepas de lo tuyo, mejor. Si amas el flamenco tienes que tratar de disfrutar de todo lo que te da. No es saber por saber, es que así entiendo el camino del artista. Los buenos flamencos sabían mucho. Enrique Morente era un sabio, nunca presumía, pero escuchas su obra y lo percibes. Camarón también. O Pepe de La Matrona. Solo oírle hablar de cante o de la vida, ya se aprendía.

—Pepe de la Matrona me dijo: “¡Niña, tú tienes que cantar cante de muhé! Cantes que tengan más melodía, tienes que cantar por granaínas, tarantas, malagueñas”. Supongo que él me vio tan joven que pensó que la soleá no me pegaba. Era muy curioso, vino a ver a esa niña que le habían dicho que cantaba bien. Era extraordinario escuchar a alguien que había nacido en el XIX. Decía: “iba yo con Juan Breva el año 5” —se ríe. Nos quedábamos todos extasiados. ¡El año 5!

—Mi padre fue esencial. Aprendí con discos que compró de Fosforito, Mairena, Porrina de Badajoz… No era profesional, pero yo le decía, “papá, por alegrías”, y él se ponía a la guitarra y me acompañaba. En Linares, de niña, con 9 años, nos salíamos a la puerta y se montaba la fiesta.

—En el 63 me presenté a un concurso en Radio Ávila. Gané una muñeca, pero se la cambié a otra niña por unos patines.

—Yo quería ser Marisol, como todas las niñas. Es que era para comérsela, no me digas.

—Yo no parecía flamenca en mi manera de vestir. Me inventé una indumentaria para actuar. Nunca quise salir disfrazada.

“Los buenos flamencos sabían mucho. Morente era un sabio, nunca presumía, pero escuchas su obra y lo percibes”

—A mí me tocó la época del porro y luego, en los 70, ya empezaba la heroína. Se nos fue mucha gente por la heroína. A mí me daba mucho miedo, percibía que era algo muy peligroso. Y me divertía, claro, porque después de actuar tienes los ojos como platos, pero siempre era una cosa de salir con compañeros a tomarte unos gin tonics.

—La voz con la edad tiene que bajar los tonos. Los cantes los acoplo a mis condiciones. Ahora huyo de las florituras, hago trazos y ya está. Ya no tengo que demostrar nada, sólo quiero hacer sentir.

—Se puede definir la pena por la muerte de alguien querido como con la Elegía a Ramón Sijé. Con ese poema pienso en mi hermana que se fue con 39 años.

—Yo sí, soy muy madraza y una privilegiada. Sé lo difícil que es que tu pareja te valore, que se implique en tus cosas, y no digamos tus hijos. Cuando eran niños respetaban que su madre se fuera a cantar fuera, y ahora que son adultos me ayudan mucho, porque hay cosas que yo no veo. Tener a gente joven en casa es muy importante.

—Me llaman maestra, sí, pero yo aún estoy aprendiendo. Siempre pienso que podría haberlo hecho mejor. Quisiera transmitirle a los jóvenes que hay artistas que deben estudiar, que son básicos. Son nuestra universidad.

Carmen Linares ha hecho suyas en este disco las palabras de Pablo Neruda: “Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor”.