Crítica | Después de la tormenta
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

La transparente lucidez

Kore-eda encuentra uno de sus temas en la descripción de unas estrecheces que son físicas, económicas y existenciales

En la secuencia que abre Después de la tormenta, una madre y su hija hablan de dos figuras ausentes: el padre difunto y el hermano recientemente divorciado, dos variedades distintas de una cierta idea de fracaso masculino. Sus palabras pasan de la observación sardónica al matizado afecto, en un juego equilibrado que no resulta tanto de una premeditada combinación entre comedia y drama, sino de una elegante capacidad de transmitir las complejidades y subtextos que se entretejen en toda actividad cotidiana. Este prólogo es un discurso en sí mismo: una perfecta miniatura cinematográfica o un gran relato breve, en el que se detecta un cierto pulso chejoviano, el mismo que uno identificaría en un relato de Raymond Carver o de Alice Munro. La secuencia también invita a recordar las palabras que el crítico José Luis Guarner dedicó a El intendente Sansho (1954) de Kenji Mizoguchi: “Desde el primer momento se tiene la sensación, no de asistir al comienzo de una historia, sino a la revelación de un mundo, no algo que comienza, sino que ya es”.

Hirokazu Kore-eda cada vez está haciendo un cine más desnudo, alejándose de los tan marcados como diversos rasgos de estilo presentes en películas como After Life (1998), Nadie sabe (2004) o Air Doll (2009): a la poderosa, sabia mirada humanista de trabajos como Nuestra hermana pequeña y Después de la tormenta le sienta muy bien la transparencia, el gesto de confiar toda comunicación a los diálogos entre sus personajes, pero también a la relación entre los cuerpos de sus actores y los espacios que ocupan. En este sentido, la película encuentra uno de sus temas subterráneos en la descripción de unas estrecheces que son, al mismo tiempo, físicas, económicas y existenciales: pocas veces una película japonesa había transmitido mejor la angostura de los apartamentos; ninguna agencia de detectives parece más destartalada que la que centra la vida laboral del protagonista.

Escritor malogrado y antiépico detective de infidelidades, Ryota, el hermano ausente en la primera escena, ocupa el centro de esta historia sobre la distancia entre el ideal y las rebajas que ofrece la realidad. De nuevo, los claroscuros de una paternidad conflictiva adquieren, como en los más recientes trabajos del cineasta, una suma importancia. El tramo final de la película, que bien podría ser otro relato chejoviano de altura, sublima lo que su desarrollo ha ido sedimentando con suma delicadeza: una serena sabiduría vital.

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