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Dylan y los Stones abren una puerta irrepetible a los sesenta

El festival Desert Trip, en California, reúne durante tres días a la generación que inventó el rock

Mick Jagger (izquierda), Ron Wood, Keith Richards y Charlie Watts, The Rolling Stones, en el festival Desert Trip, en Indio (California), ayer viernes.
Mick Jagger (izquierda), Ron Wood, Keith Richards y Charlie Watts, The Rolling Stones, en el festival Desert Trip, en Indio (California), ayer viernes. AFP
Indio (California)

Nada más entrar, por la megafonía sonaban los Kinks, Bowie, Elton John y Hendrix, quizá en un elegante reconocimiento de que no están todos los que son. Pero nadie puede discutir que la selección de seis artistas que se han citado para tocar en medio del desierto personifican la época dorada del rock and roll: el  mito. Lo que queda de él, al menos. Bob Dylan, The Rolling Stones, Neil Young, Paul McCartney, The Who y Roger Waters en un mismo escenario, durante tres días.

El impacto en el mundo de la música con un cartel sin precedentes ya estaba logrado desde el día en que se anunció el festival. Ayer viernes, Desert Trip se puso de largo para responder a las expectativas. Un recinto gigantesco, el Empire Polo Club de Indio, en el valle de Coachella, en el desierto de California, es el entorno. Entre el público, alrededor de 75.000 personas, se mezclaban las generaciones. En la última década, los conciertos de estas leyendas se han convertido en eventos intergeneracionales, donde hay tanta gente que lleva a sus hijos como gente que lleva a sus padres. Pero en Desert Trip la media de edad es alta. Aquí ha venido gente que ha crecido con esos músicos, que ya los ha visto muchas veces. Los veteranos celebraban el evento en sí, la fiesta de la música de su vida, más que la oportunidad de ver a estos artistas.

Pasadas las siete de la tarde, Bob Dylan, de 75 años, subió al escenario con traje negro y sombrero blanco. Dylan fue ese Dylan que a sus fans les parece muy auténtico y, a los demás, pues no tanto. En un recinto donde la gente había pagado un dineral por vivir una experiencia supuestamente irrepetible, esa actitud de que le importa un carajo si el público se lo pasa bien o no levantó una barrera de frialdad. Además, durante más de la mitad de la actuación, las pantallas no mostraron a Dylan. La inmensa mayoría del público no pudo verlo.

Dylan regaló una bellísima It’s All Over Now, Baby Blue. También se escucharon suspiros en las gradas con emocionantes versiones de Tangled Up In Blue y Simple Twist Of Fate. No dijo ni buenas tardes, ni hasta luego. Como arranque de un festival, el nombre no podía ser más potente. Vicky Cisneros, de 56 años, que había venido de Texas con seis amigos y sigue a Dylan desde hace 40 años, disfrutó hasta las lágrimas. Musicalmente fue magnífico. Pero la actitud que en otro ambiente es una marca de la casa que su público padece con gusto, en Desert Trip resultó incómodamente fría para la mayoría.

Una pantalla muestra a Bob Dylan en su concierto en el festival Desert Trip.
Una pantalla muestra a Bob Dylan en su concierto en el festival Desert Trip. INVISION / AP

Una hora después de terminar Dylan, el fraseo de guitarra de Start Me Up anunciaba que la noche empezaba otra vez. The Rolling Stones ofrecieron dos horas del espectáculo de grandes éxitos con el que dan la vuelta al mundo desde hace décadas y que sigue siendo arrollador. “Llevamos haciendo música más de 50 años y es increíble que sigáis viniendo a vernos”, dijo Jagger. En cualquiera de las canciones de este sábado, desde It’s Only Rock And Roll hasta Brown Sugar, la explicación era evidente. Tocaron solo una (Ride ‘em on Down) del nuevo disco que habían anunciado el día anterior.

“No vamos a hacer bromas sobre viejos”, prometió Jagger tras saludar al público. “Bienvenidos a la casa de retiro de Palm Springs para distinguidos músicos ingleses”. El soberbio espectáculo de los Stones encendió el festival, recordó a todo el mundo a qué habían ido a este lugar del desierto, y levantó de sus asientos a los más recalcitrantes. Para el archivo de momentos irrepetibles, tocaron Come Together, de The Beatles. Ese era el espíritu. Una persona del séquito de los Stones aseguró a los periodistas que habían intentado montar un número conjunto con Dylan, pero el genio no estaba de humor. Una monumental traca final con You Can’t Always Get What You Want, Jumpin’ Jack Flash y Satisfaction mandó a sus hoteles a un público que el sábado volvería para ver a Neil Young y Paul McCartney.

Entre los veteranos que han venido a celebrar el legado musical de su generación, Cynthia Stern aportaba la visión de alguien de 25 años. “Es la última oportunidad de tener una idea de cómo fue aquello. Los mayores tuvieron esta experiencia en los sesenta”. Para ella es un viaje en el tiempo, a un festival de cuando se inventó esto del rock and roll, cuando estos artistas no eran leyendas, sino simplemente los grupos de moda. La puerta para viajar a los sesenta se abre este fin de semana y el que viene. Quizá, como reconocen todos en este festival, para cerrarse después para siempre.

"Esto es para jubilados con pasta"

Katheleen Tillman, de 60 años, había venido a Desert Trip con dos amigas desde Idaho. Se habían gastado, hasta el viernes, unos 3.000 dólares (unos 2.700 euros) cada una en la aventura. “Por supuesto”, contestaba a la pregunta de si este es un festival para gente adinerada. “Lo hacen para una generación que tiene dinero y se está jubilando. El promotor de esto es un genio”. La entrada más barata para los tres días costaba 435 dólares (388 euros) . La más cara, 1.600. A esto hay que sumar que el Empire Polo Club, el recinto del festival de Coachella, está en medio de la nada. Hace falta transporte hasta el lugar de ida y vuelta. Los hoteles de la zona han disparado sus precios hasta más de 200 dólares (178 euros) la noche por la habitación más cutre. En general, una estimación conservadora es que no se puede acudir a este evento por menos de 1.500 dólares (1.339 euros) de presupuesto. Eso suponiendo que llegas hasta el desierto en coche. Pero el viernes se escuchaban toda clase de idiomas en las gradas. Los hermanos Martín y José Antonio Majluf, con sus amigos Manuel Aquino y Fernando Balbuena, habían venido desde Lima (Perú). Aterrizaron el mismo viernes por la mañana en Los Ángeles. La aventura les había salido por unos 2.500 dólares a cada uno. Y eso que ya habían visto a los Stones en la capital peruana este año.

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