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El videoclub llega por correo

La web Versió Postal, con un catálogo de 3.000 películas, alquila sus cintas en cualquier punto de España

Anna Rebés propietaria de la empresa Versió Postal. Ampliar foto
Anna Rebés propietaria de la empresa Versió Postal.

Anna Rebés tuvo que cerrar su videoclub. El catálogo de casi 3.000 películas ha sido trasladado a una nave industrial y luego a su casa de Roda de Ter, cerca de Vic. Desde allí viaja a los buzones de un centenar de aficionados en toda España. Para recibir una de sus películas es necesario abonarse al servicio en la web Versió Postal, elegir una película y luego esperar al cartero. Los abonos mensuales cuestan entre 10 y 15 euros y tienen nombre de festivales: San Sebastián, Venecia, Cannes. Este último permite alquilar un número ilimitado de películas.

Rebés describe a sus usuarios como una pequeña familia de cinéfilos irreducibles que buscan lo que no cabe en el mundo infinito de la Red. Películas raras del principio de la historia del cine —como la colección de los cortometrajes de Segundo de Chomón (1903-1912)—, olvidadas y fuera de catálogo —como Velvet Goldmine de Todd Haynes— o nunca distribuidas —como La boda de Rita de Félix Merino (2009)—. El DVD llega en un sobre sellado para que luego se pueda devolver junto con, a veces, unos comentarios sobre la película. Desde Galicia hasta las Baleares, las películas de Versió Postal recorren España en un viaje anacrónico: llegan tocando el timbre cuando en algunos casos se podrían descargar. “Pero no sería lo mismo”, cuenta Rebes que quiso reproducir el ambiente relajado, tertuliano, con un aire de clandestinidad que había en el videoclub que regentaba en Vic. “Nuestra iniciativa tiene algo de resistencia”, añade al relatar que desde que empezó con Versió Postal, en 2014, todas las películas han sido devueltas, salvo algunas que se han perdido en el recorrido.


Rebés cuenta que el proyecto tiene gastos y riesgos mínimos. El desgaste que requería regentar la tienda que había montado con su amiga Laura Ojer, y la voluntad de ampliar el número de sus clientes, les hizo pensar que había que encontrar otra forma para seguir. “Somos algo frikis”, cuenta Rebés al relatar que los ingresos no son como para “tirar cohetes” pero le permiten “no tirar la toalla” y elegir con “mimo” cada titulo de su catálogo. “Creemos en la función pedagógica del cine”, subraya.  El catálogo de Versió Postal está dividido en 97 categorías. En la sección dedicada a la crisis económica se puede encontrar la comedia española Murieron por encima de sus posibilidades de Isaki Lacuesta (2014) y no figura Wall Street 2: El dinero nunca duerme de Oliver Stone, que arrasó en la taquilla en 2010.

“Ese ya lo tiene cualquier plataforma digital” afirma Rebés, cuya atención está dirigida a la variedad de lenguajes cinematográficos, de idiomas, y a todo el cine independiente que no tenga detrás los recursos pesados de la industria internacional. “Es algo romántico”, admite.
Rebés, politóloga de 38 años que trabaja también como organizadora de eventos culturales para el Ayuntamiento de su ciudad, afirma su compromiso en completar las filmografías de directores como Woody Allen, Pier Paolo Pasolini o Kim-Ki-Duk. En Versió Postal no hay publicidad que pueda distraer al usuario. “Queremos que nuestra web sea un lugar tranquilo para pasear por el buen cine sin prisas” explica al detallar que el número de visitas de la web es siete veces mayor que el de los abonados. “Ser un sitio de referencia también nos gusta, aunque no nos genere ingresos. Al fin y al cabo no lo hacemos por el dinero”.

En el entorno digital que resiste el paso del tiempo de Versió Postal no faltan algunas obras maestras de la ciencia ficción. Entre ellas El mundo conectado (1973), en la que Rainer Werner Fassbinder imagina un complicado experimento de análisis de la humanidad a través de muñecos ultras tecnológicos, o 1984, con la que Michael Radford llevó a la pantalla la alienación de George Orwell. El futuro hace 40 años asumía cualquier tipo de forma. Sin embargo, a nadie se le habría ocurrido que para los videoclubes hubiese uno. Y, menos aún, que llegaría por correo.

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