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Muerte, destrucción y otras nadas

Las ruinas, con toda su carga de nostalgia, han sido sustituidas por los escombros, cuyo destino solo puede ser la eliminación

Imagen de las ruinas de Palmira un año antes de que el Estado Islámico las destruyera.
Imagen de las ruinas de Palmira un año antes de que el Estado Islámico las destruyera. (AFP)

Epicuro se quedó muy cerca de decirlo así: conforme nos hacemos mayores inevitablemente nos es dado asistir cada vez a más muertes, menos a aquella que nos importa en mayor medida, la nuestra, cuya experiencia por definición nos permanece vedada. Podía haber añadido, además, que a menudo esas muertes ajenas de las que somos testigos —siempre es otro el que muere, a fin de cuentas— las vivimos en una clave muy distinta a como vivimos (el anticipo de) la nuestra, aunque si se hubiera adentrado por la senda de esta reflexión hubiera dejado de ser Epicuro para pasar a ser Heidegger.

Pero el caso es que parecemos condenados a vivir con la muerte. No solo en el sentido de que hemos de convivir con las muertes que incesantemente se producen alrededor nuestro, y que en ocasiones nos hieren profundamente, sino también en el de que la vida es también un incesante sobreponerse a su permanente amenaza. Bien podríamos, desde esta perspectiva, denominar historia a esta batalla contra una muerte que a nadie excluye (con incuestionable sorna, Odo Marquard ha afirmado que la tasa de mortalidad de la especie humana es del 100%), a este empeño en que lo realizado, adquirido o conocido por quienes nos precedieron no se pierda del todo. De la misma manera que, a menudo, la memoria de quienes añoran a la persona desaparecida no deja de ser un amoroso empeño para que el rastro que dejó su paso entre los vivos no se borre por completo con su marcha. Constituye, en cierto modo, el contenido de esa muerte propia cuya experiencia le es hurtada al protagonista.

La escasa repercusión pública que han tenido los ataques contra el patrimonio cultural universal subraya un cambio en la idea de memoria

No era en vano, en ese sentido, la anterior alusión a Heidegger, a la que sin esfuerzo podríamos incorporar al mismísimo Sartre, autor de una frase reveladora a este respecto: “El hombre es el ser a través del que la nada adviene al mundo”. Y es que, en el fondo, el conflicto entre los vivos y los muertos bien podría ser categorizado, con una terminología filosófica clásica, como un conflicto entre el ser y la nada, en el que la conjunción “y” desempeña un papel fundamental, como, de nuevo, se encargó de subrayar Sartre: “Si se puede dar la nada, no es ni antes ni después del ser, ni, en general, fuera del ser, sino en el mismo seno del ser, en su corazón, como un gusano”. Pero tal vez esto mismo se pueda plantear sin necesidad de recurrir a la abstrusa jerga de los filósofos.

Como es sabido, el símbolo que se utiliza en el lenguaje del cómic para representar la desaparición de algo consiste en dibujar una especie de aureola de signos de exclamación alrededor del lugar en el que ese algo en cuestión estaba antes. Siempre he considerado extremadamente adecuada esa manera de representar la desaparición, manera que en cierto modo subraya la percepción de vacío, de ausencia, que todo el mundo tiene cuando algo deja de estar donde se esperaba. Esa percepción puede tener, sin duda, muy diferentes intensidades, desde la más banal del que pierde cualquier cosa o es objeto de un pequeño robo hasta la pérdida de mayor trascendencia, que es, sin duda, la de la muerte.

Tan adecuada me ha parecido siempre esa manera de representar que en ocasiones la he utilizado como recurso pedagógico en mis clases, precisamente para hacer algo más inteligible la idea de la nada. Idea que, por cierto, no se comprende en lo más mínimo si se la describe, a la manera en que lo hacía el neopositivismo más tosco de la primera hora, esto es, en términos de mera negación (hay consenso entre los historiadores de la filosofía contemporánea en que no tuvo Carnap su mejor día cuando criticó bajo esta restrictiva clave a Heidegger). Pero la nada, como nos recordaba Sartre, no es el mero no-ser: es su otra cara. O, si se prefiere, la sombra, el residuo o el rastro que deja el ser cuando desaparece.

Pues bien, si intentamos aplicar este esquema no tanto a los objetos como a las experiencias humanas podríamos afirmar que, en cierto sentido, el olvido constituye una metáfora de la nada en tanto que, por su parte, la memoria la constituiría del ser. O, si se prefiere, también se podría formular de esta forma: el olvido vendría a ser la nada de la experiencia, en tanto que la memoria representaría su permanencia, su ser. En la historia en su conjunto encontramos la cambiante filigrana de ser y de nada, de memoria y de olvido, de que estamos hechos.

Pero también por la memoria pasa el tiempo, escribió alguien en cierta ocasión. De la misma manera que por la histori(ografí)a pasa la historia, podríamos añadir ahora. A fin de cuentas, los hombres se dedicaron durante siglos a arrasar lo que había sin la menor mala conciencia, dejando detrás de ellos nadas sin memoria alguna. Es la modernidad la que se inventa un concepto que ha hecho fortuna casi hasta hoy mismo, el de ruina. Pero hemos empezado a abandonar también ese lugar. Las ruinas, con toda la carga de nostalgia que materializaban (de añoranza de las promesas, hoy sabemos que incumplidas, de la modernidad), han sido sustituidas por los escombros, cuyo destino solo puede ser la eliminación definitiva (no es casualidad que en muchos contextos utilicemos casi indistintamente, como si fueran sinónimos, escombros y basura).

Hoy destruimos sin mala conciencia porque en algún sentido nada termina
de desaparecer del todo

La mudanza ha resultado posible no porque, repentinamente, las pérdidas que ocasionamos hayan dejado de importarnos por completo, sino porque nos hemos convencido de que nunca son del todo tales. Hoy destruimos sin mala conciencia, no solo porque la reconstrucción sea, junto con el armamento, uno de los grandes negocios asociados a las guerras, sino también porque en algún sentido nada termina de desaparecer por completo. Se diría que hemos llegado al convencimiento de que podríamos cambiar la faz del mundo por entero sin que ello implicara en cierto sentido su completa desaparición. A fin de cuentas, todo queda almacenado en algún sitio (virtual, pero sitio al fin). De todo queda memoria.

Tal vez ello explique la decreciente repercusión pública que han tenido los episodios de destrucción del patrimonio cultural universal que se han producido últimamente, llamativa si se la compara con el escándalo que se producía no hace tanto por idéntico motivo. La más superficial consulta a las hemerotecas permite constatar el diferente tratamiento que recibieron de los medios de comunicación la noticia de la voladura de los budas de Bamiyan por parte de los talibanes afganos en el año 2001, y la de la destrucción del templo de Baalshamin, en las ruinas de Palmira en Siria, a manos del ISIS en 2015.

No faltó por cierto quien, en el primer caso, llegó a teorizar la conveniencia de no llevar a cabo ningún tipo de restauración ni intervención alguna con el argumento de que el vacío dejado por los budas dinamitados había pasado a ser “la verdadera escultura”. Paradójica manera, ciertamente, de darle la vuelta a la famosa máxima benjaminiana: “Todo monumento de cultura es un elemento de barbarie”, para convertirla en “todo monumento de barbarie es un monumento de cultura”. No hace falta demasiada imaginación para hacerse una idea de los disparates a los que conduciría llevar esta última afirmación hasta sus últimas consecuencias.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y diputado independiente por el PSC-PSOE en el Congreso.

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