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CRÍTICA | EL CASO FISCHER

Tres batallas en una

Una película en la que los efectos formales y la puesta en escena subrayan el descontrol mental de un hombre enrocado en sus fantasmas

Fotograma de 'El caso Fischer' con Tobey Maguire.
Fotograma de 'El caso Fischer' con Tobey Maguire.

En determinados momentos de la historia de un país se necesita una figura en la que poner el foco: el de la política, el de los medios de comunicación, el de la opinión pública. Para arrastrar, para despistar, para provocar. En una escena clave de Lawrence de Arabia, el príncipe árabe Faisal preguntaba a un periodista estadounidense por qué estaba tan empeñado en encontrar a Lawrence. “Muy sencillo. Busco a un héroe”. Ciertos poderes estadounidenses deseaban que su país entrara por fin en la I Guerra Mundial, y dotar de estatus de estrella mediática a aquel extraño militar podría allanar el camino para el convencimiento del pueblo. Con Bobby Fischer, en 1972, durante su enfrentamiento con Borís Spassky en el campeonato del mundo de ajedrez, ocurrió igual. En aquel acontecimiento había una batalla, la del ajedrez. Y otra, más importante, la de la política. La tercera batalla, quizá la más apasionante, se desarrollaba en la cabeza de uno de los contendientes.

EL CASO FISCHER

Dirección: Edward Zwick.

Intérpretes: Tobey Maguire, Liev Schreiber, Peter Sarsgaard,

Michael Stuhlbarg.

Género: drama. EE UU, 2014.

Duración: 115 minutos.

El caso Fischer, película de Edward Zwick sobre aquella mítica serie de partidas en Reikiavik, se ocupa de esas tres guerras con una narración clara y didáctica, que ayuda a entender por qué el Gobierno de Richard Nixon, con llamada clave de Henry Kissinger al jugador americano en un instante esencial, se implicó tanto en un acontecimiento deportivo que, en medio de una de las peores fases de la Guerra de Vietnam, y cerca ya de la retirada, convenía meter por los ojos a unos americanos que desayunaban con una ristra de muertos. Fischer se convirtió en símbolo, pero también en herramienta. Algo que en el interior de su cabeza privilegiada pero inestable era una bomba. Y Zwick lo marca con una película, casi más cerca del espionaje que del drama deportivo, en la que los efectos formales y la puesta en escena subrayan el descontrol mental de un hombre enrocado en sus fantasmas: efectos de sonido, cámaras inclinadas, planos con el personaje en el extremo del encuadre y mucho aire por arriba...

A Zwick se le notan las ganas de salirse de su habitual clasicismo, el de Tiempos de gloria, a veces ramplón, el de El último samurái, y lo logra casi en todo momento. Aunque quizá la explicación al comportamiento de Fischer, la hipervigilancia materna, expuesta en unos flashbacks sin demasiado desarrollo, deja un regusto de excusa mal planteada. De aquello que Sidney Lumet definió como la “escuela dramática del patito de goma”, la que explica la verdad psicológica que hace al personaje ser como es. Le quitaron el patito, o le obligaron a ejercer de vigía, y se convirtió en un paranoico.