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CRÍTICA | SUNSET SONG

La serena formalidad

Una obra apasionante en su fondo y deslumbrante en sus formas, donde Davies demuestra que el mejor estilo no tiene por qué comerse al relato

Agyness Deyn y Peter Mullan, en 'Sunset Song'.
Agyness Deyn y Peter Mullan, en 'Sunset Song'.

Nada permanece, salvo la tierra. Y ella es la tierra. Una mujer atrapada entre su inteligencia, su personalidad, su individualidad, y el palpable universo de las tradiciones: las de la música, las del campo, las de la casa, las del trabajo, las de la violencia. ¿Tradiciones, qué tradiciones? Mujeres como ella, a principios del siglo XX, desafiaron a su pequeño mundo, a la familia, al pueblo, al país, Escocia, mirando de frente a las cosas. Lewis Grassic Gibbon lo contó en su novela Sunset song, publicada en 1932 y primera entrega de la trilogía A scots quair, cuya segunda y tercera partes no trata la soberbia película que ha construido el inglés Terence Davies sobre ese primer libro. Una obra apasionante en su fondo y deslumbrante en sus formas, donde Davies demuestra una vez más que el mejor estilo, muchas veces, no tiene por qué comerse el fondo del relato.

SUNSET SONG

Dirección: Terence Davies.

Intérpretes: Agyness Deyn, Peter Mullan, Kevin Guthrie, Jack Greenlees, Ian Pirie.

Género: drama. Reino Unido, 2015.

Duración: 135 minutos.

Hay algo portentoso en las grandes películas de Davies, en Voces distantes (1988), El largo día acaba (1992) y The Deep blue sea (2011), que se repite en Sunset song: la perfecta combinación entre su construcción cinematográfica y su cotidiano reflejo de una realidad. Lograr que el aparato formal, lejos de enturbiar la emoción, la lleve hasta una nueva dimensión. La chica, la mujer protagonista de la película, está filmada con la convicción de que es a través del lenguaje cinematográfico como se lleva al espectador a la sensación de que realmente se habita, durante dos horas y cuarto, en esa casa de techos bajos, junto a ese padre cabrón (otro, como el Pete Postlethwaite de Voces distantes), junto a esa madre sumisa condenada a tener un hijo tras otro. Se huele el campo, se saborea la sopa.

Y, sin embargo, poco tiene de ultrarrealista la película, y sí mucho de construcción deliberada. Vives allí, pero ves una película. Es la magia del cine. La puesta en escena, basada en el poderío del encuadre y en la perfecta, inigualable colocación de los personajes, de los elementos humanos dentro del plano y en consonancia con los elementos físicos, va acompañada de un sublime tratamiento de la luz. Y la música, ya sea desde dentro, con las canciones tradicionales de sus criaturas, o desde fuera, con la banda sonora de Gast Walzing, culmina un engranaje formal que, de pura sencillez, es plenamente armónico. La cámara de Davies no necesita gran movilidad para evitar el estatismo, y para abrazar la emoción. La del relato, y la de su serena formalidad.