CRÍTICA | GREEN ROOMCrítica
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Bocados de perro salvaje

Los primeros minutos de la nueva peli de Saulnier no admiten dudas: hay energía, gusto, rabia, misterio. Hay un director que provoca sensaciones

Patrick Stewart y sus acólitos, en 'Green Room'.
Patrick Stewart y sus acólitos, en 'Green Room'.

La energía de una película es una cualidad que, sin ser científica, faltaría más, esto es arte, puede ser relativamente medible. Como las sensaciones, o el impacto que causan determinadas imágenes, que son debidas a poderosas razones puramente cinematográficas: la composición de los encuadres, el tratamiento del sonido y de la luz, acorde (o en contraste) con el interior de los personajes, la tensión ejercida con el montaje, la duración de cada plano, la atmósfera de la banda sonora, la cadencia de los diálogos, el enigma que dejan, aunque se vaya ofreciendo información con ellos. Los primeros minutos de Green room, nueva película del estadounidense Jeremy Saulnier, no admiten dudas: hay energía, gusto, rabia, misterio. Hay un director que provoca sensaciones.

GREEN ROOM

Dirección: Jeremy Saulnier.

Intérpretes: Anton Yelchin, Imogen Poots, Patrick Stewart, Callum Turner.

Género: thriller. EE UU, 2015.

Duración: 96 minutos.

Lo mismo ocurría con Blue ruin, su anterior trabajo. Y, sin embargo, como en esta, Green room no alcanza a mantener el listón arriba toda la película. ¿Por la historia? No, el argumento en las películas, muchas veces, como aquí, es lo de menos: unos chicos de una banda de rock quedan atrapados en el camerino donde acaban de dar un concierto, con una jauría humana tras la puerta. ¿Por los personajes? Quizá algo más: lineales, simples pretextos para componer emociones de sangre y ruido, de hardcore visual y sonoro. La clave está en que, sin respiro, no hay clímax; y aquí todo es clímax, algo (casi) imposible.

Entre el Walter Hill de The Warriors y el John Carpenter de Asalto a la comisaría del distrito 13, dos obras maestras del cine enérgico, Green room ofrece infinitos bocados de rottweiler cinematográfico. Pero tantos, que al final duelen menos.

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