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“Veía los camiones cargados de muertos para los hornos”

Entrevista con Virgilio Peña, superviviente de la guerra civil que coincidió en el mismo barracón del campo de concentración de Buchenwald con Jorge Semprún.

Virgilio Peña (Espejo, Córdoba, 1914) lleva grabados en su cuerpo y su alma los más negros capítulos de la historia de Europa del siglo XX. Agricultor, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), combatió con el Ejército republicano los tres años de la guerra civil. Pasó como refugiado a Francia en 1939. Se incorporó a la Resistencia en 1942. Cuenta en esta entrevista, hecha en su casa de Pau el pasado invierno, que lo delató un compatriota. “Creo que era de Jaén”.

Jorge Semprún, Virgilio Peña y Vicente García. ULY MARTÍN Quality Producciones

Detenido por la policía francesa en Burdeos, enseguida fue entregado a las SS alemanas y enviado al campo de concentración de Buchenwald, clasificado como terrorista con el número 40.843. Dormía en el mismo barracón que Jorge Semprún, el intelectual y político español fallecido hace cinco años. Los dos fueron testigos de la muerte de decenas de miles de personas en el campo. “He estado tantas veces a punto de morir…y, mira, aquí sigo”.

Pregunta. ¿Cómo fue el traslado a Buchenwald?

Respuesta. Creo que es lo peor que he pasado en mi vida. Nos metieron en un vagón marcado con las cifras 8/40, que quería decir que era para ocho caballos o para 40 personas. Eran de transporte de la primera guerra mundial. Fue criminal. Nos metieron a 80 o 90 personas.

P. ¿De dónde a dónde?

R. De Compiègne (al norte de París) a Buchenwald. Tres días y dos noches sin parar. Los pasé siempre agarrado con estos dos dedos –muestra el índice y el corazón de su mano derecha-, enganchado a una manilla, siempre de pie.

“Nos cortaron el pelo por todos los sitos, salvo las cejas y las pestañas”

P. Era enero. Debía hacer un frío tremendo.

R. No, al revés. En el vagón nos asfixiábamos de calor por la gente. Y no había agua. Los tornillos del vagón sudaban por la humedad. Yo pasaba la lengua por esos tornillos y me bebía aquello, que debía ser veneno.

P. ¿Cómo fue la llegada a Buchenwald?

R. Intenté bajar el primero. Ayudé a bajar a un francés de Angulema. Había sido comandante de aviación en la guerra del 14. Resultó herido gravemente y no tenía fuerza en los brazos. Lo cogí en el aire y, de pronto, un SS me dio tal culatazo en la espalda que aún me duele. ¡Vaya culatazo me dio el tío!

P. ¿Qué ocurrió en las primeras horas?

R. Nos desnudaron a todos. Nos cortaron el pelo por todos los sitos, salvo las cejas y las pestañas. Nos obligaron a meternos en una piscina de 1,60 por 0,90 metros con líquido desinfectante. ¡Cómo picaba todo el cuerpo! ¡Terrible! Saltábamos como monos. Nos dieron pantalón, chaqueta y gorro de rayas blancas y azules. Y unos zapatos con suela de madera.

P. Y un número.

R. Me dieron el 40.843. Nos inyectaban líquidos cada semana. Cada semana, un pinchazo. Y luego analizaban las reacciones. (Así murieron miles de prisioneros del campo). Luego me llevaron a un bloque.

P. ¿Cómo era?

R. Tenía el número 40. Para entonces, ya me habían dado para coserme a la ropa mis símbolos de identificación: un triángulo rojo, con la letra S (Spanien) y el número 40.843.

P. Rojo por terrorista.

R. Sí, claro.

P. ¿Qué trabajos hacía en el campo?

R. Estaba en una fábrica de muebles. Había otras dos de armas. En agosto de 1944, la aviación americana destruyó las fábricas. De la mía, el trozo más grande que quedó era como un palillo de dientes. Varios compañeros aprovecharon los bombardeos para robar armas. Se llevaron pistolas, metralleta… Un amigo mío que luego murió en Tarbes robó dos metralletas y me dio una. Las escondimos. Fueron las armas con las que liberamos el campo.

“Nos inyectaban líquidos y luego analizaban las reacciones”

P. Y allí conoció a Semprún.

R. En el bloque en el que yo estaba había dos niveles distintos, como si fueran dos pisos conectados por dos escaleras. Yo estaba en la zona alta y Semprún, en la de abajo. Un día bajaba yo por la escalera y me dice: Tú eres español. Y tú también, le contesté. Hicimos buena amistad. En la zona alta del bloque coincidimos al final seis españoles. Charlábamos todos por las noches. Nuestro responsable era el famoso Celada, un camarada del comité central del Partido Comunista.

P. Celada era más o menos su jefe.

R. Bueno, nuestro responsable. Nos preguntaba qué habíamos hecho cada cual, a qué nos habíamos dedicado… Yo era el único campesino, así que todos me llamaban El Campesino. Estábamos con un tal Martínez, de Zaragoza, responsable de las Juventudes Libertarias, que le habían detenido cerca de Perpiñán…; con otro de Madrid. Éramos todos buena gente.

P. Clasificados como terroristas.

R. Para nosotros, no éramos terroristas. Pero he tenido mala suerte en la vida. Siempre me han puesto lo más malo.

P. ¿Siguieron viéndose después de dejar el campo?

R. No. Semprún, por ejemplo, con quien tuve muy buena relación en el campo, salió de los primeros, con los franceses tras la liberación, que fue el 11 de abril de 1945. Y eso que Buchenwald fue un campo muy especial.

P. ¿Por qué?

R. Porque fue el único gestionado por los propios alemanes presos. El campo se creó en 1937. Allí encerraron primero a los presos comunes. Luego entraron los antifascistas: comunistas, socialistas, masones… A diario mataban a cuatro o cinco. Todas las mañanas aparecían colgados cinco o seis hombres de una encina, la famosa encima de Goethe.

“Semprún y otros alemanes evitaron muertes falsificando documentos”

P. Allí murieron decenas de miles.

R. Sí, claro. Luego leí que 51.000 o 53.000. Había cuatro hornos crematorios. Los veía a diario. La zona en la que yo trabajaba con mi komando lindaba con uno de los hornos. Y veía cómo llegaban los camiones cargados de muertos. Eran camiones-volquete. Los tiraban, los dejaban a amontonados. Un equipo de polacos se ocupaba de apilarlos cuando ya no había ni sitio en los crematorios. Cuando llegaron los americanos, había una pila, como la mitad de esta habitación, con cadáveres apilados hasta una altura de más de dos metros y medio.

P. ¿Muchos judíos?

R. No. La mayoría no éramos judíos. Solo había 30 o 40. Los habían llevado a otros campos.

P. Semprún cuenta que él, destinado en la oficina, falsificaba datos para evitar muertes.

R. Sí, sí. Imagina que a mí me tenían que matar. Y que tú ya estabas muerto. Semprún y otros alemanes cambiaban los documentos y a mí me ponían tu número. Por la mañana, el komando que iba a buscar a los que iban a matar se encontraba a veces con que ya estaba muerto alguno a los que debían localizar.

P. ¿Usted supo entonces que Semprún hacía eso?

R. No. Lo supe luego.

 

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