“La nostalgia heredada se pasa en la adolescencia”
En su primera novela, 'Casi nada que ponerte', Lucía Lijtmaer aborda la reconstrucción del pasado inmediato de Argentina, la tierra de sus padres


Mario y Roberto. Los nombres se repetían en la infancia barcelonesa de Lucía Lijtmaer (Buenos Aires, 1978) como personajes míticos de una Argentina que sus padres dejaron atrás al exiliarse. Mario y Roberto, la pareja de diseñadores que levantaron el imperio de La Colorada. Al crecer se interesó por ellos: los modistos y decoradores que triunfaron como nadie en una Buenos Aires autárquica que vivía el lujo en la intimidad. Al final, cruzó el charco para bucear en su historia, y de su investigación nace su primera novela, Casi nada que ponerte. Lijtmaer aborda la reconstrucción del pasado inmediato de un país que saltó por los aires en 2001. Y, de paso, la construcción de su propia persona como hija de exiliados en España, que también ha tenido su ración de crisis.
Pregunta. ¿Se puede heredar la nostalgia?
Respuesta. Es el motor de la historia. Argentina tenía mucho peso en mi familia exiliada y eso me influyó. Yo tenía amigas que también eran hijas de inmigrantes argentinos, recuerdo a mi padre salir a comprar el Clarín… era una pequeña burbuja argentina. Pero yo creo que esa nostalgia heredada se pasa en la adolescencia. En el fondo, el acto nostálgico es siempre suspirar por lo que no se tiene, y hay que acabar huyendo de eso. Transformar la vida en un acto nostálgico es aterrador.
P. ¿Cuánto pesa la generación anterior?
R. Todos queremos superar la marca que deja la generación anterior. La de mis padres, que emigró, la que aquí vivió la Transición, la de la Segunda Guerra Mundial, que marca las siguientes tres generaciones. Luego cada caso es distinto, claro, yo me he pasado la vida deletreando ele, i, jota, te… La generación es algo importante, creo, y por eso la historia de los diseñadores protagonistas quedaba coja si no explicaba desde dónde la contaba yo, la historia de mi generación.
P. ¿Qué significan Mario y Roberto, los protagonistas del libro, para usted?
R. En el fondo, significan una historia de amor. Y una lección de cómo cada uno puede inventar su propia vida, de que las clases se pueden superar. Ellos salen de lugares muy humildes y llegan a lo más alto. Pero podrían haber sido más. Así que también es eso, la historia de lo que pudo ser y no fue. Que es un poco la metáfora de Argentina.
P. Vivió el corralito desde allí y la crisis actual aquí. ¿Qué diferencias ve entre ambas?
R. Pues en España, incluso en el peor momento aguantaron mejor. Se mantuvo un simulacro de control. Recuerdo que en Argentina, cuando tuvieron cinco presidentes en una semana, el tercero anunció su dimisión entre risas. ¿Qué imagen pública quedaba después de eso? A cambio, allí surgió una estructura paralela al estado. Trueques, bonos… un foco de resistencia.
P. En la novela usted se da cuenta en Argentina de que Barcelona es su hogar. ¿Cuánto le pesa la ciudad de Buenos Aires?
R. Con Buenos Aires tengo siempre una relación absurda. Es extraño porque no es un lugar disimilar, no es Singapur o Australia. Es una sensación que conoces y sin embargo es la otra punta del mundo. Allí comencé a entender lo que es dejarlo todo e irte lejos. Por eso concibo también el libro como un homenaje a la familia
P. En otras circunstancias, ¿Qué podría haber sido?
R. A mí me habría gustado cantar bien [ríe]. Los hijos de exiliados pensamos siempre cómo seríamos de no haber emigrado nuestros padres. Yo podría haber sido otra persona si hubiera crecido en Argentina… pero no hubiera conocido a Mortadelo y Filemón.
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