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OPINIÓN

El grito de fuego de Gato Barbieri

El saxofonista, fallecido a los 83 años, luchó por su idea de una música panamericana

Gato Barbieri, durante una actuación en Santo Domingo, el 15 de septiembre de 2006.
Gato Barbieri, durante una actuación en Santo Domingo, el 15 de septiembre de 2006. AP

El sonido de su saxo tenor sobre las imágenes de Marlon Brando y María Schneider en El último tango en París quedó grabado en la memoria de toda una generación. Era 1972 y la película de Bernardo Bertolucci, con el que Barbieri ya había trabajado en Prima della Rivoluzione, desató pasiones.

El músico argentino acaba de fallecer a los 83 años, a causa de una neumonía, en Nueva York, la ciudad que eligió para vivir -un piso frente a Central Park- hace más de cuarenta años. Leandro Gato Barbieri había nacido en Rosario, el 28 de noviembre de 1932, hijo de un carpintero que tocaba el violín de oído. Su madre, a la que llamaban China, y a la que dedicó su disco The shadow of the cat, le apoyó en sus sueños musicales y su hermano mayor, Rubén, trompetista, le ayudó a dar sus primeros pasos. Con doce años estaba en Buenos Aires estudiando clarinete cuando escuchó a Charlie Parker y se pasó al saxo alto. Poco después, tras ver a Coltrane en un concierto del quinteto de Miles Davis, y formando ya parte de la orquesta de Lalo Schifrin, se decantaría por el tenor. En los años sesenta se instala con su mujer Michelle en Roma, donde acompaña a músicos como Jim Hall, y durante una estancia en París conoce a Don Cherry con el que viaja a Nueva York.

Fernando Trueba le incluyó en Calle 54. En el libro que se publicó sobre la película se puede leer que “posee el don de apoderarse del espacio por donde se desliza. Lo llaman Gato y se muestra felino. Nadie conoce a Leandro Barbieri”. Al final de la grabación le pidió al cineasta que añadiera su voz sobre la música de Bolivia: el grito cuando matan al Che Guevara. En Calle 54 comparte protagonismo con Bebo Valdés, Cachao, Tito Puente, Chico O´Farrill, Michel Camilo, Paquito D´Rivera… Curiosamente los músicos latinos de Nueva York no acababan de considerarlo uno de los suyos y los de jazz ignoraban a menudo lo que había hecho antes de firmar contrato con la compañía A&M y decantarse por opciones más comerciales: participó en la suite A genuine tong funeral de Gary Burton y en discos de Carla Bley como Escalator over the hill o Tropic appetites; estuvo en la Liberation Music Orchestra creada por Charlie Haden, y tocó con los pianistas Dollar Brand –hoy Abdullah Ibrahim- y Lonnie Liston Smith.

En el París de 1968, Gato Barbieri se encuentra con Glauber Rocha, que le anima a buscar su identidad musical en las raíces argentinas y suramericanas y a alejarse de la fría experimentación de la vanguardia. Barbieri hace caso al cineasta brasileño y halla su propio lenguaje en el acercamiento del jazz al folclor. A su regreso a Buenos Aires, en un ciclo en el Teatro Regina, toca tangos, chacareras, bailecitos… Graba con Lonnie Liston Smith The Third World, que contiene Bachianas brasileiras de Villa-Lobos y un Antonio das Mortes inspirado en la película de Rocha triunfadora en Cannes. Hace unos días murió el percusionista Naná Vasconcelos y fue precisamente Barbieri, tras descubrirlo en Brasil, que se lo llevó de gira con él y le tuvo en un disco como Fenix (1971), con versiones de El arriero de Atahualpa Yupanqui o El día que me quieras de Gardel y Le Pera.

Luchó por su idea de una música panamericana plasmada a mediados de los setenta en los discos de la serie Chapter One: Latin America, Chapter Two: Hasta siempre, Chapter Three: Viva Emiliano Zapata y Chapter Four: Alive in New York. Grabaciones para el sello Impulse en las que ruge su saxo tenor y hay una mirada política a favor del Tercer Mundo. En Montreux todavía se le recuerda arrasando con El pampero.

Estuvo muchos años apartado de los estudios y las giras por problemas de salud –triple by pass, diabetes- y otras cuestiones personales. Se le daba ya por acabado, pero el Gato no estaba muerto. Contó que un buen día se había dicho a si mismo que iba a hacer un disco para saber que estaba vivo. Volvió con dos: Qué pasa y Che corazón. Seguía tocando, porque necesitaba el dinero, en lugares como el Blue Note de Nueva York. Y una idea de Néstor Astarita, que le acompañaba en Buenos Aires en los tiempos de locales como el Jamaica, se concretó, con Litto Nebbia como productor, en el disco New York Meeting. Con la batería de Astarita, el piano de Carlos Franzetti y el contrabajo de David Finck, Barbieri grabó standards como Straight no chaser, de Monk, Equinox, de Coltrane, o So what de Miles. Y Prepárense de Piazzolla.

Un sonido de saxo tenor entre el grito y la melodía, todo fuego y pasión. Que se puede oír en unos cuarenta discos. El de un hombre, hincha de Newell’s, del que dicen que de chico corría con habilidad por los potreros de Rosario en los que también creció un niño apellidado Messi. El músico que confesó que gritaba como cuando ves un partido y tu equipo marca un gol.