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CRÍTICA | LA CORONA PARTIDA

Didáctica historia

La mera existencia de una película tan ambiciosa como esta demuestra lo que se ha avanzado en la ficción televisiva española

José Coronado e Irene Escolar, en 'La corona partida'.
José Coronado e Irene Escolar, en 'La corona partida'.

La mera existencia de una película tan ambiciosa como La corona partida demuestra lo que se ha avanzado, aunque solo sea en materia comercial, en la ficción televisiva española de la última década. Compuesta a partir del éxito de Isabel, y encajada históricamente como relato bisagra entre esta y Carlos, rey emperador, la película de Jordi Frades, escrita con buena mano por José Luis Martín, viene a refrendar los valores didácticos de unas obras que, aunque tengan como principal objetivo la conexión con el público, llegan hasta él a través de métodos no del todo populares: a pesar de sus toques sentimentales, obvios, obligados en la historia de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, La corona partida es una película fundamentalmente política, género en principio alejado de los cánones del triunfo entre mayorías. Con apenas un par de apuntes (sobre todo un polvo rodado con sutileza por Frades), Martín resuelve el mítico origen de los desequilibrios de la heredera de Castilla, aunque lo esencial sean las intrigas palaciegas, donde a la fuerza habitual de Irene Escolar se unen el poso y la mirada de la experiencia de gente como Ramón Madaula, Ramón Barea y, sobre todo, Eusebio Poncela, dos cuerpos por encima de los demás.

LA CORONA PARTIDA

Dirección: Jordi Frades.

Intérpretes: Rodolfo Sancho, Irene Escolar, Raúl Mérida.

Género: histórico. España, 2016.

Duración: 120 minutos.

Con una fotografía más lograda en los interiores que en los exteriores, en los nocturnos que en los diurnos, unos minuciosos vestuario y ambientación, y una banda sonora de Federico Jusid con más virtudes en la partitura que en su tratamiento musical, demasiado constante, La corona partida se deleita, y con razón, en la apasionante, romántica y necrófila fase vital de la frágil Juana con la estremecedora comitiva y el cadáver de su marido camino de Granada, teniendo además el buen gusto pictórico de homenajear a la obra maestra de Francisco Pradilla Doña Juana la Loca, sita en el Museo del Prado. Un plano figurativo con el que culminaba precisamente otra de las películas sobre el personaje, Locura de amor, de Juan de Orduña, esta sí, más ocupada de los celos y el melodrama que de la política y la historia.