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La casa de las habitaciones propias

Una muestra repasa el poder transformador de la Residencia de Señoritas, creada en 1915 para potenciar el progreso de las mujeres

La institución alojó a una generación vanguardista

Alumnas en el Laboratorio Foster de la Residencia de Señoritas, hacia 1930. Ampliar foto
Alumnas en el Laboratorio Foster de la Residencia de Señoritas, hacia 1930.

Hace un siglo, un grupo de privilegiadas decidió exhibir nucas, tobillos y neuronas. Se apuntaron a la Universidad y a partidos de hockey. Se vistieron de hombres y se empaparon de libros. Cultivaron el ensayo y el tubo de ensayo, la lingüística y la poesía. Se metieron en política. Se hicieron sufragistas, surrealistas y lo que hiciese falta. Para todo ello sirvió la Residencia de Señoritas, creada para espolear el talento y la formación de las mujeres, “una habitación propia para las españolas”, en expresión —citando a Virginia Woolf— de Almudena de la Cueva y Margarita Márquez Padorno. Ambas son comisarias de la exposición Mujeres en vanguardia, que desde ayer y hasta el próximo 27 de marzo repasa en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, la corta y revulsiva historia de una institución que nació en 1915 y que, como tantas otras luces, se apagó durante la Guerra Civil.

Cuando los reformadores, embebidos del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, decidieron abrir ese año en la capital española un espacio para las jóvenes que querían seguir estudiando, solo habían pasado cinco años desde la legalización de la presencia de las mujeres en la Universidad mediante una real orden. Antes asistían rodeadas de bedeles, tutores y asombros. Nada incoherente en un país donde el siglo XX se había estrenado con un analfabetismo femenino del 71%, 16 puntos más que el masculino.

Al frente de esa casa se colocó María de Maeztu (Vitoria, 1882- Buenos Aires, 1948), una mujer que no se había cortado el pelo, pero que había segado sucesivos convencionalismos al matricularse en Filosofía y Letras y, más tarde, en Derecho.

Para captar la atmósfera de la época, donde convivían progreso y caspa, baste dejar constancia de la solemne reunión convocada en el Colegio de Abogados de Bilbao para impedir que Maeztu ejerciese tras licenciarse, hecho que recordó el lunes en la Fundación Ortega-Marañón María José Turrión, coeditora del libro La Residencia de Señoritas (Ediciones Universidad de Salamanca).

Maruja Mallo (izquierda) y Josefina Carabias, en 1931. ampliar foto
Maruja Mallo (izquierda) y Josefina Carabias, en 1931.

Fue también De Maeztu, pedagoga de excelencia, quien en sus tardes de pensión populachera en Madrid concluyó que las mujeres necesitaban una habitación propia para avanzar, años antes de que Woolf lo reivindicase en su célebre ensayo homónimo (A Room of One’s Own, 1929).

Logros y atmósferas

Se aliaron entonces el empuje de De Maeztu y el de los reformadores que pugnaban por transformar España por la vía de la educación. La Junta de Ampliación de Estudios decidió destinar el edificio que hasta entonces había ocupado la Residencia de Estudiantes en la calle Fortuny —actual sede la Fundación Ortega-Marañón— en la nueva Residencia de Señoritas. Durante 21 años fue una factoría de creatividad. Por allí pasaron, como residentes, profesoras o alumnas, mujeres que romperían tabúes en múltiples campos, como la filósofa María Zambrano, la diputada Victoria Kent, la jurista Matilde Huici, las pintoras Maruja Mallo, Menchu Gal y Delhy Tejero, la periodista Josefina Carabias, la escultora Helena Sorolla o la primera embajadora, Isabel Oyarzábal.

La exposición, organizada por la Residencia de Estudiantes y Acción Cultural Española, evoca logros, personajes y atmósferas a través de unas 400 piezas, que incluyen libros, cartas, fotos y obras de Maruja Mallo, Joaquín y Helena Sorolla, Ángeles Durán o Delhy Tejero. Algunas han permanecido fuera del ojo público durante décadas, como el moderno autorretrato de Marisa Roësset (1925). “Salvo algunas, muchas de estas artistas han sido silenciadas y obviadas del relato canónico de la historia del arte”, lamenta Idoia Murga, asesora artística de la muestra.

La guerra llevó a muchas al destierro, empezando por su directora, exiliada en 1936 tras el fusilamiento de su hermano Ramiro en una de las sacas irregulares en Madrid el primer verano de guerra. En Buenos Aires, con apoyo de Victoria Ocampo y Gabriela Mistral, intentó impulsar un proyecto similar, que no cuajó.

En 1939, se salieron con la suya los integristas que habían atacado la modernización del Lyceum o la Residencia con ahínco: “La sociedad haría muy bien recluyéndolas como locas o criminales, en lugar de permitirles clamar en el club contra las leyes humanas y las divinas”. La Sección Femenina reconvirtió el Lyceum en el Club Medina. La Residencia de Señoritas se transformó en 1940 en el Colegio Mayor Teresa de Cepeda. Las nucas, los tobillos y las neuronas se enviaron a la cocina.