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El ciclo de la muerte y las entrañas del amor

La obra ‘Nada entre la luna y yo’, que se representa este fin de semana en el SIT de Las Palmas, aborda la eutanasia a través de la relación lírica y dramática entre dos mujeres

Un instante de la obra 'Nada entre la luna y yo'
Un instante de la obra 'Nada entre la luna y yo'

Los precipicios de la vida y las profundidades del amor se entrelazan sobre las tablas de la Sala Insular de Teatro de Las Palmas (SIT). La obra Nada entre la luna y yo, explora el pulso de la muerte, el dilema de la eutanasia y las fronteras de la existencia en un relato lírico y desgarrado que viaja desde la sutileza hasta la catarsis. Escrita por Victoria Oramas, dirigida por Romina R. Medina y protagonizada por Nati Vera y Blanca Rodríguez, la pieza se enmarca en el proyecto Canarias Escribe Teatro de la compañía 2RC, que desde hace años cimenta la arquitectura de la dramaturgia insular con el objetivo de fomentar la autoría local mediante talleres de escritura, lecturas dramatizadas y puestas en escena como la que se representa este fin de semana en la sala filial del Cuyás.

Ficha de la obra

Título: Nada entre la luna y yo

Autora: Victoria Oramas

Directora: Romina R. Medina

Intérpretes: Nati Vera y Blanca Rodríguez

Escenografía: Lourdes Rojas

Iluminación: Rafa Morán

Audiovisuales: Amaury Santana

Producción ejecutiva: Alexis Corujo

Producción: Cristina Hernández

Fotografía: Gustavo Martín

Compañía de Repertorio 2RC: Rafa Rodríguez

El texto, basado en una historia real publicada en un reportaje periodístico, recibió en 2012 el Premio Internacional de Teatro Domingo Pérez Minik que otorga la Universidad de la Laguna y aguardó durante años en el cajón de la autora hasta que cobró vida de la mano de la misma directora que llevó a los escenarios Las sombras del pájaro, uno de los relatos primigenios de Oramas, dramaturga en el cuerpo de una filóloga.

En Nada entre la luna y yo se repiten los registros simbólicos y se cuenta la relación entre dos mujeres abrazadas al amor y al dolor desde perspectivas opuestas a través de las cuales fluye el conflicto moral de la obra. Blanca Rodríguez encarna a Vera, enferma terminal, que proyecta su energía y su carácter trascendiendo los grilletes de su silla de ruedas para expresar el deseo de estar viva en la muerte antes que muerta en vida. Lilia, interpretada por Nati Vera, expande su fragilidad y su sufrimiento aferrándose a la existencia a través del amor. Un amor lésbico que huye de tópicos y transgresiones desde la universalidad que difumina los géneros y viaja a las entrañas de los sentimientos.

Un instante de la obra 'Nada entre la luna y yo' ampliar foto
Un instante de la obra 'Nada entre la luna y yo'

El SIT acoge un montaje de mujeres proyectado con esmero artesanal que trasciende convencionalismos mediante la valentía del relato desprejuiciado y la mirada comprometida de la autora y la directora. La expresión de una conexión creativa de lenguaje umbilical que mima la frágil sensibilidad del texto a través de una puesta en escena poética tan intimista como solemne.

Zarandea al espectador porque te hace replantearte la relación con la muerte"

Romina R. Medina se inspira en la alquimia minimalista del histórico Bob Wilson, director, escenógrafo y videoartista que revolucionó la vanguardia teatral en los años setenta, para recrear un cuadro pretendidamente desnudo de información y artificios que interfieran las pulsiones y emociones que se viven sobre el escenario. Basta un manto de hojas secas de otoño, la cadencia magistral de la iluminación y el respaldo audiovisual sobre el ciclorama para abrigar un texto que conmueve. “Zarandea al espectador porque te hace replantearte la relación con la muerte. Entenderla como parte de un ciclo y como un nuevo nacimiento”, explica Medina.

Una reflexión sobre la muerte digna y elegida a través de una relación que habla, en palabras de la autora, “sobre el deseo de lo que hay que dejar marchar, del amor tremendo, de la resignación, de lo divino y de las almas que se reconocen sin tiempo ni medida, desde la Italia de los Médici, donde Miguel Ángel trazaba a carboncillo el cuerpo de su discípulo Tomasso, hasta el salón de cualquier casa, donde las personas se trazan una a otras buscando su medida y su tiempo”.