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CRÍTICA | EL CADÁVER DE ANNA FRITZ

Estrella muerta

Es el sintético y eficaz debut en el largometraje del hasta ahora guionista y realizador televisivo Hèctor Hernández Vicens

Alba Ribas, en 'El cadáver de Anna Fritz'.
Alba Ribas, en 'El cadáver de Anna Fritz'.

La proyección de la película de una famosa estrella de cine asesinada violentamente llevaba a la clausura de un Hollywood imaginario en Cinelandia, la visionaria novela que Ramón Gómez de la Serna publicó en 1923 y en la que explotaba a conciencia la turbia asociación entre la mecánica del star system y el impulso necrófilo. Y, por extensión, el estrecho vínculo entre la muerte y el imaginario del cine. Desde entonces no han sido pocos los trabajos cinematográficos que han sacado partido de ese nexo. A la tradición se suma ahora El cadáver de Anna Fritz, sintético y eficaz debut en el largometraje del hasta ahora guionista y realizador televisivo Hèctor Hernández Vicens.

EL CADÁVER DE ANNA FRITZ

Dirección: Hèctor Hernández Vicens.

Intérpretes: Albert Carbó, Bernat Saumell, Cristian Valencia, Alba Ribas.

Género: thriller. España, 2015.

Duración: 75 minutos.

Tres personajes imantados por la belleza post mortem de una famosa estrella cinematográfica se convierten en las piezas de un thriller minimalista que logra trascender, con gélida aplicación, la modulación más inmadura que realmente perturbadora de su morboso punto de partida en los primeros minutos del metraje. En medio de un trío protagonista que, a menudo, fuerza el tono, Alba Ribas logra que el rostro inanimado de Anna Fritz tenga un potencial seductor, angélico y, al mismo tiempo, enigmático que no anda demasiado lejos del que, en su día, Sheryl Lee le dio a esa Laura Palmer que había nacido como eco de la verdaderamente inmortal Madeleine de Vértigo.