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EN PORTADA / DIAGNÓSTICO DE LA CRISIS

Ilusionarnos con lo común

La crisis bifurcó el sentido de lo político. El arte puede ayudar a resignificar los símbolos de otra etapa

Una mujer vota en las elecciones legislativas de 1977.
Una mujer vota en las elecciones legislativas de 1977.

Cuando pienso en la desafección política y colectiva que se respira hoy en España, pienso en las cosas que nos unen bajo esta palabra y lugar que de manera inconsciente siempre he pronunciado con voz más baja, como otras que se refieren a las identidades territoriales dadas por la arbitrariedad de nacer a un lado u otro de una montaña o de un río. Y entonces recuerdo aquella cita del idioma analítico de J. Wilkins de Borges que decía: “Los animales se dividen en (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados (…)”. Y la recuerdo porque alude al carácter artificial de toda identidad, al componente convenido que remite a nosotros y nos permite significar, transformar y organizar mundo atendiendo, por ejemplo, a haber nacido a un lado u otro de la montaña o del río. Pero la cosa, dejando ver su potencia de cambio en la base de ser “convenida” (es fascinante que lo simbólico, en tanto facticio y vivo, pueda resignificarse y algún día, quizá, pronunciarse con voz más alta), deja ver también su importancia en la vida cotidiana. Todos sabemos que no es lo mismo cuando (x), por ejemplo, significa que te toca vivir en el lado del río o de la frontera donde hay menos recursos, o donde hay conflicto, o donde el pasado (acogido bajo eufemísticas formas de tradición y cultura) oprime más que arropa. Las palabras, los símbolos y los límites importan; por ello, conforme las vidas y los mundos cambian, debiéramos sentirnos libres para resignificarlos.

Siento que las generaciones nacidas desde los años setenta en España hemos crecido en un entorno posideologizado, pospolitizado, donde coincidimos diversidad de procedencias, géneros, clases sociales y culturas, igualados por la educación pública y con acceso constante a la información. Generaciones sin fuertes nociones identitarias y recelosos de las grandes épicas, hasta que llegó la crisis. Una llegada que ha hecho bifurcar más aún el sentido de lo político. De un lado, el rechazo a la clase política, y de otro, la articulación de otra idea de “lo común”, de nuevos lazos que hablan más de afinidades que de identidades, y de espíritus propositivos y de “disconformidad” antes que de espíritus revolucionarios ideologizados en un sentido clásico.

La crisis no es sólo un asunto económico y político, lo es también simbólico, “creativo”

Nos educamos en una cultura de paz y de rechazo a lo que pudiera devenir dogmatismo. Quizá por ello sentimos que España sigue sin proponer símbolos que nos resulten atractivos, apropiables de manera desacomplejada. Que la Transición no ha sabido resignificar los símbolos del pasado, renunciar y transformar aquello que nos permitiría una idea compartida y solidaria de lo común. No ayuda, claro está, la identificación que en los últimos tiempos acontece entre las instituciones y una corrompida clase política que en gran medida ha causado espanto y bochorno por la ausencia de ética y compromiso con lo público. Y no es baladí que la crisis económica haya hecho rebosar otras crisis, no sólo identitarias, sino de gobernantes nada ejemplares. La independencia la querríamos nosotros de ellos.

La crisis no es sólo un asunto económico y político, lo es también simbólico, “creativo”. Por eso, hoy más que nunca es necesario resignificar símbolos y cargar de valor los proyectos comunes y su gestión. No hay que tener miedo a cambiar símbolos y palabras para que el mundo sea más inclusivo e igualitario. Hay que ser capaces de desmontarlos, escrutarlos, imaginar otros, más propositivos, como proyecto que movilice en valores lo “bueno” de un posible “nosotros”. Los símbolos no son los souvenirs de un lugar, su poder es increíble si logran ilusionarnos en renovadas formas de lo común que acojan sin asfixiar y sin necesidad de bajar la voz.

Desmontar lo simbólico de las identidades es algo a lo que puede ayudarnos el arte y el pensar más crítico, más lento

Desmontar lo simbólico de las identidades es algo a lo que puede ayudarnos el arte y el pensar más crítico, más lento. Lo afirmo porque para desmontar la cosa no basta con las teorías que ayudan a crear poder, sino las que ayudan a cuestionarlo y hacerlo reflexivo. Frente a lo inexplicable que se ritualiza y que “repite mundo” contenido en las viejas identidades, el arte de hoy inquieta y habita la dificultad de este tiempo. El arte es un territorio que permite hacer convivir las contradicciones de la enunciación cuando nos rebelamos frente al estereotipo. Y lo hace no para reiterar una verdad, sino para hacer visibles las formas en las que el poder gestiona sus ideas de verdad. Devolviendo al sujeto la posibilidad de preguntarse y pensar por sí mismo, es decir, tratándolo como “sujeto”.

Pero pasa que no son buenos tiempos para el arte ni para las humanidades, y no es casual esta crisis de valores coincidente con el desmantelamiento del arte y la filosofía como pilares “fundamentales” de pensamiento y disensión en la educación pública. Y puede que en esta base (educativa) radique la viabilidad y futuro de una transformación colectiva que nos ilusione desde la libertad de contar con una ciudadanía crítica donde “al uno le importe lo suficiente el otro”, para resignificar colectivamente lo simbólico y comprometernos éticamente con las personas y con lo público. Políticos por venir, sean ejemplares y honrados, y no menosprecien nunca que necesitamos ilusionarnos con lo común.

Remedios Zafra es autora de #Despacio (Caballo de Troya; Barcelona, 2012) y Ojos y capital (Consonni; Bilbao, 2015).

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