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CRÍTICA | VAMPYRES

El renacer de las hijas de Drácula

El remake hace un buen ejercicio de género con una irreprochable memoria de sus fuentes

Fotograma de la película 'Vampyres'.
Fotograma de la película 'Vampyres'.

En su documental ¡Zarpazos! Un viaje por el Spanish Horror, Víctor Matellano se preguntaba si la nueva generación de cineastas españoles afectos al cine de terror —la de Jaume Balagueró y Paco Plaza, entre otros— se podía considerar descendiente directa de esa etapa de esplendor que vivió el género en España alrededor de los años 70. Ahí no parecía encontrar ninguna respuesta definitiva, ni plenamente satisfactoria, pero, en su segundo largometraje de ficción, Matellano demuestra que tiene muy claro de qué tronco desciende. Vampyres es un remake, que, al mismo tiempo, podría ser una secuela o recreación libre, de uno de los títulos más gloriosos del periodo: Las hijas de Drácula (1974) de José Ramón Larraz, una fascinante exploración del arquetipo de las vampiras lesbianas que, tres años antes, había nutrido tres películas tan excéntricas y fascinantes como Las vampiras de Jesús Franco, The Velvet Vampire de Stephanie Rothman y El rojo en los labios de Harry Kümel.

VAMPYRES

Dirección: Víctor Matellano.

Intérpretes: Marta Flich, Almudena León, Christian Stamm, Verónica Polo, Víctor Vidal, Caroline Munro, Antonio Mayans, Fele Martínez, Alina Nastase.

Género: terror.

España, 2015.

Duración: 79 minutos.

Si Jacinto Molina/Paul Naschy fue el más ortodoxo creyente del fantaterror y Jesús Franco el más imaginativo de sus herejes, Larraz aportó al género un singular sentido estético enraizado en su anterior trayectoria profesional como historietista. Las hijas de Drácula era, al mismo tiempo, una malsana fantasía masculina, una fantasmagórica pesadilla cíclica y una vampírica historia de amor fou, donde una carnal criatura de la noche decidía ir postergando la muerte de la víctima de la que se había enamorado. El cineasta sacaba sabio partido de sus localizaciones británicas y conseguía acuñar un buen repertorio de imágenes inolvidables: entre el onírico deambular de las vampiras por el bosque y su brutal animalización final en un clímax cargado de electricidad expresiva.

Matellano empezó a preparar este proyecto en compañía del propio Larraz, que comparte con el director la autoría del guion. El fallecimiento del veterano cineasta en 2013 convierte ahora Vampyres en una suerte de tributo póstumo especialmente distinguido por la seriedad y el cuidado con que Matellano ha manejado sus fuentes. No estamos aquí en el territorio del juego post-moderno, sino en el de la caligrafía del fan entregado y ortodoxo, que, además, concibe su reparto como una declaración de amor a la memoria del género: Caroline Munro, Antonio Mayans, Conrado San Martín y May Heatherly son algunas de las evocaciones del fantaterror que pueblan los márgenes de la historia.

Por supuesto, el ejercicio aplicado de Matellano tiene sus más y sus menos. Su afán de fidelidad, por ejemplo, le lleva a amplificar una de las debilidades del original: si en “Las hijas de Drácula” la pareja de excursionistas funcionaba a menudo como fastidiosa interferencia en la malsana historia de amor central, “Vampyres” convierte a la pareja en un trío de excursionistas que verbaliza los referentes culteranos que la película de Larraz no explicitaba –“La muerta enamorada” de Théophile Gautier- en uno de sus más visibles errores de cálculo. Matellano también cae en algún innecesario exceso de forma –el movimiento de cámara cuando la vampira Fran sube al coche de Ted- y sabotea la eficacia de algunas buenas escenas con imprudentes elecciones musicales. “Vampyres”, sin embargo, logra, entre otras muchas cosas, sobreponerse a su radical cambio de localización: la película se ha rodado en Segovia y Madrid y no se contó con un caserón tan imponente como el que presidía “Las hijas de Drácula”, pero Matellano sabe extraer la adecuada atmósfera de lo que tiene a mano. Escenas como la del baño sangriento a lo condesa Bathory, la imaginativa tortura de la lengua o la llegada final de una yacente Harriet sobre la barca poseen tanta fuerza como plasticidad. Las actrices Marta Flich, con su toque Beatrice Dalle, y Almudena León, con el brillo de una traviesa perversidad en la mirada, logran ir más allá del arquetipo para erigirse en estimulantes enigmas. Y el desenlace consigue colocarse a la altura del inesperado giro del original sin reiterarlo. El resultado es un buen ejercicio de género con algo no demasiado habitual en el último cine de terror español: una irreprochable memoria de sus fuentes.

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