Crítica | Las altas presiones
Columna
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Vidas en derribo

Película a media voz, de frases entrecortadas, de ilusiones entrecortadas, de vidas entrecortadas

Itsaso Arana y Andrés Gertrúdix, en 'Las altas presiones'
Itsaso Arana y Andrés Gertrúdix, en 'Las altas presiones'

Otra forma de narrar. Otra forma de mirar. Quizá otra forma de vivir: la existencia, el cine. Tras la casi invisible Dos fragmentos / Eva (2012), Ángel Santos ha compuesto una segunda película con la brava amenaza de quedarse, una obra pequeña de aliento desarraigado sobre el regreso al pueblo, a la pequeña ciudad, al mundo de ayer que, en el estómago, es el mundo de siempre, un retrato (des)esperanzado de esa generación que ronda los 40 y que un buen-mal día partió hacia el éxito y acabó encontrando una cierta soledad.

Las altas presiones

Dirección: Ángel Santos.

Intérpretes: Andrés Gertrúdix, Itsaso Arana, Diana Gómez, Juan Blanco, Marta Pazos.

Género: drama. España, 2014.

Duración: 90 minutos.

Película a media voz, de frases entrecortadas, de ilusiones entrecortadas, de vidas entrecortadas, Las altas presiones hace referencia ya desde su título a la autoimpuesta exigencia; también, en un juego paradójico, a la Pontevedra donde se desarrolla, donde los paisajes parecen en proceso de deterioro o de derribo: las fábricas, las casas, hasta las barandas despintadas de calles y edificios. Y Santos articula una puesta en escena que, casi como en la polaca Ida, parece una metáfora técnica del proceso interior del protagonista, aprisionado por el plano, a veces con mucho aire por arriba, incluso desviado al extremo izquierdo de la pantalla, el del desequilibrio, cuando más perdido está. El reencuentro con los amigos como tabla de salvación o como embudo hacia el infierno, según se mire. Todo ello en una película donde las explicaciones sobre el pasado, y casi sobre el presente, son mínimas.

Aunque todo se entienda. Rondan los 40, y siguen tocando su rock para una quincena de fans en pisos o garitos destartalados. Ambicionaron, o simplemente experimentaron, y allí se quedaron. Para mal, para bien. Como en aquella canción de La Granja que, por edad, quizá cantaran a los 20, fueron “chicos rebeldes, de futuro prometedor, brillantes ilusiones que han quedado en nada, en una triste canción”. O en una triste, distinta y delicada película.

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Sobre la firma

Javier Ocaña

Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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