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Cuando Delibes firmaba como Max

Un libro reúne por primera vez las 390 caricaturas publicadas por el novelista

Caricatura de Cela realizada por Miguel Delibes en 1956. Ver fotogalería
Caricatura de Cela realizada por Miguel Delibes en 1956.

Con un portafolio repleto de dibujos bajo el brazo, un joven de 20 años llamado Miguel Delibes se presentó el 10 de octubre de 1941 en el periódico vallisoletano El Norte de Castilla. “Pase esta tarde, a las ocho, y le presentaré a la redacción”, le dijo el director tras ver sus caricaturas. Ese día, Delibes (1920-2010) entró a formar parte de un diario en el que de seguido fue cronista deportivo, crítico de cine y que llegó a dirigir 17 años después, sin dejar nunca sus retratos. En ese rotativo publicó 390 caricaturas de actores, personajes públicos, toreros, personalidades de su Valladolid natal... que ahora por primera vez se han reunido en un libro editado por el periódico y la fundación que lleva el nombre del novelista.

Solo cuatro días después de su llegada al periódico, Delibes publicó sus primeros dibujos, de trazos escuetos: dos jugadas de un partido de fútbol, al que era muy aficionado. El autor que se dio a conocer con La sombra del ciprés es alargada (1948), con la que ganó el Premio Nadal, acudía habitualmente a ver a su Real Valladolid al viejo campo del José Zorrilla.

De ahí pasó a dibujar chistes deportivos, jeroglíficos y personajes, 240, principalmente nombres del cine y otros espectáculos. También retrató a mandatarios: Mussolini, Pétain, Pío XII o Churchill. Siempre extranjeros para no chocar con la censura franquista de la Ley de Prensa de 1938. “Era muy arriesgado, te exponías a que no le gustase al interesado y te sancionaran a ti y al periódico”, contó el autor a su biógrafo, Ramón García Domínguez.

Delibes firmaba sus caricaturas con el seudónimo Max (tres letras por su nombre, el de su esposa, Ángeles, con la que se casó el 23 de abril de 1946, y la X de la incógnita de su futuro). Mientras que su estilo como dibujante era el trazo sencillo y limpio y en un tono casi ingenuo, en paralelo forja unas novelas con retratos ásperos, duros, como el tópico atribuye al carácter castellano. "Yo era plenamente consciente de que no sabía dibujar. Tenía afición y una habilidad innegable para reproducir con el lápiz los rostros de algunas personas, pero nada más", contó el escritor en un artículo en el diario Abc en 1990. Esa afición la trasladó a los exámenes orales que hacía a sus alumnos en la Escuela de Comercio de Valladolid. Estos contaban que Delibes les hacía su caricatura mientras les interrogaba, y llegó a correr el bulo, desmentido entre risas por el propio autor, de que si al final tachaba el dibujo con una cruz, el alumno había cateado.

El autor de títulos como Cinco horas con Mario o Los santos inocentes reflexionó con sorna en un artículo en El Norte de Castilla sobre su labor de dibujante: “La caricatura consiste en hacer feo a quien no lo es y horrible a quien lo es”. Al ver sus caricatos, queda claro que Delibes nunca buscó ridiculizar ni ensañarse con nadie.

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