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La crónica | Fernando Marías gana el Premio Biblioteca Breve

¿Y el legado de Lara?

Aquel editor de fuste del Grupo Planeta ha dejado demasiados interrogantes en el aire

El escritor Fernando Marias.
El escritor Fernando Marias.

Si un doctorando en filología —o en marketing— anduviese despistado, los concursos literarios en España dan para un estudio sesudo. No sólo los perfiles, mecanismos, alianzas, trastiendas, jurados, deliberaciones, descubrimientos, catástrofes o éxitos de ventas, apuestas y compromisos. Existe también el hábil profesional del asunto.

Como el experto en best seller —quien les pillara el truco—, resulta admirable ese selecto grupo que ha dado con la fórmula secreta de asombrar jurados. Fernando Marías puede ser un caso. Ocho premios desde que en 1991 ganara el Ciudad de Barbastro por La luz prodigiosa, arriesgada resurrección de Lorca tras fantasear que había sobrevivido a su asesinato, este bilbaíno de literatura flexible y vicio por el travestismo en los géneros se ha hecho con el Nadal, el Primavera, unos cuantos de infantil y juvenil y desde este jueves con el galardón de Biblioteca Breve.

Nos comentan que para los 30.000 euros de dotación en 2015 han concurrido a la criba 795 manuscritos para seguir la senda que abriera Luis Goytisolo con Las afueras, allá por 1958. Lo siguieron en un pulso entre talentos patrios y criaturas del boom latinoamericano, Vargas Llosa, Caballero Bonald —aun en el jurado y dispuesto siempre a premiar novelas en las que aparezcan caballos, admitía este lunes el maestro—, Cabrera Infante, Marsé, Benet, Carlos Fuentes, Donoso, Guelbenzu…

De padres, si nos atenemos a la novela premiada, se habló. Ahí reside la clave de esta historia. María se encerró en la centenaria casa familiar con el fantasma de su progenitor muerto. Lo hizo para que le susurrara los amarres de aventura con que sobrevivió al franquismo, autoexiliándose como marino mercante.

Pero también merodearon los patriarcas. Porque lo que tiene a todo el mundo en vilo es qué será de Planeta tras la desaparición de José Manuel Lara Bosch. Seix Barral pertenece al grupo y entre los corrillos de autores y escritores —no confundir—, varios periodistas, algunos editores y todas las agentes —no faltaba ninguna—, el legado se tocó.

Un cazagalardones

-  Fernando Marías (Bilbao, 1958), público La luz prodigiosa (1991), con la que ganó el Ciudad de Barbastro. Desde entonces ha obtenido ocho premios, incluido este jueves el Biblioteca Breve.

 - Siguieron el Nadal por El niño de los coroneles, el Anaya de Literatura infantil y juvenil por Cielo abajo, que logró el Nacional del género; el Ateneo de Sevilla por El mundo se acaba todos los días; el Dulce Chacón de narrativa por Invasor, el Gran Angular de Juvenil por Zara y el librero de Bagdad, y el Primavera por Todo el amor y casi toda la muerte.

La cosa anda de encaje entre sus hermanas, los herederos de Fernando, fallecido en accidente en 1995, los hijos del difunto, nietos del fundador Lara padre y quien desde hace tiempo ha mantenido, junto al patrón, amplias cuotas de poder.

El hasta ahora vicepresidente del conglomerado, José Creuheras, tiene las riendas de la transición y todos los ojos clavados en sus movimientos. Algo que debe incomodar a este ejecutivo experto en el arte de crecer a la sombra.

No es una tontería, quédense con el nombre. Porque al mastodonte editorial —la primera en el mundo hispanohablante y la segunda de Francia— hay que unir el intríngulis mediático con periódicos, radios y televisiones que van desde Onda Cero a Antena 3 o La Sexta, agrupadas en Atresmedia.

En año electoral, la transición debe ser resuelta con guante blanco. Más en un grupo que asombrosamente controla medios afines al conservadurismo —como el diario La Razón— y una eficaz lanzadera del fenómeno Podemos, como La Sexta.

Al amigo Lara Bosch se le echó en falta. Aquel editor de fuste, que multiplicó las expectativas puestas en él con resultados incuestionables y gusto por el dominio de todos los espectros en el mundo del libro y los medios de comunicación, ha dejado demasiados interrogantes en el aire cuando no está el horno para bollos.

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