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La penitencia de Primo Levi

El grupo de la Resistencia del escritor ejecutó a dos colegas en diciembre de 1943

El historiador Sergio Luzzatto revive el episodio en el libro 'Partisanos'

Primo Levi, en una imagen sin datar.
Primo Levi, en una imagen sin datar. afp

Primo Levi son palabras mayores. Por lo que vivió y por cómo contó lo vivido en esa trilogía donde se condensa lo peor de la historia de Europa en el siglo XX. Como a tantos otros, también a Sergio Luzzato (Génova, 1963) le impresionó aquel químico judío que sobrevivió a Auschwitz y que naufragó ante su propia conciencia, víctima de la maldición del superviviente.

En 1987, cuando Levi se suicidó, Luzzato era un doctorando de Historia de 24 años, recién llegado a París. “Recuerdo la sorpresa, el aturdimiento, la conciencia de que nada volvería a ser como antes en la memoria de nuestro siglo XX (...) A partir de ahora había que arreglárselas sin él, había que caminar sin brújula en el campo magnético del post-Auschwitz”, rememora Luzzato, profesor ahora de Historia moderna de la Universidad de Turín, en el prólogo de su libro Partisanos (Debate), donde indaga en la historia de la Resistencia italiana durante la Segunda Guerra Mundial y en un turbio episodio en el que participó Levi, fugaz partisano en el valle de Aosta, en los Alpes, hasta su deportación a Auschiwtz.

Hace unos años, Luzzato releyó El sistema periódico, donde Levi repasa acontecimientos de su vida, incluida una sucinta referencia a los tres meses que perteneció a un grupo de la Resistencia en el otoño de 1943. Al historiador le sorprendió esta “cicatería” de páginas y concluyó que estaba relacionada con un episodio que cita de pasada el escritor: “Nos habíamos visto obligados por nuestra propia conciencia a cumplir una condena, y la habíamos cumplido, pero habíamos salido de ella destruidos, destituidos, deseosos de que todo acabara y de acabar nosotros mismos”.

Primo y Annamaria Levi.
Primo y Annamaria Levi.

La “condena” fue la muerte de los partisanos Fulvio Oppezzo y Luciano Zabaldano, de 18 y 17 años, a manos de sus propios compañeros, a la que también se refiere en una entrevista Annamaria Levi, hermana del autor de Si esto es un hombre. “No hay evidencias de que Levi participase personalmente en la decisión de ejecutarles, aunque yo creo que no la desconocía. En cualquier caso, 30 años después, él eligió compartir, y publicitar, la responsabilidad de esa decisión. No como una falta colectiva, sino como un compromiso colectivo. Algo terrible, pero que él creía necesario”, señala el historiador por correo electrónico.

El papel de la Resistencia italiana, como también ocurrió con la francesa, ha estado rodeado de mitos y tabúes durante años. Según Luzzato, uno de esos cotos vedados para la historiografía lo constituyó la eliminación de partisanos por parte de sus compañeros. “Durante la Resistencia, o al menos en sus comienzos, los partisanos no tomaban prisioneros. Sin tener una infraestructura de cuarteles, tenían que ser despiadados con todos sus potenciales enemigos o aceptar ponerse en peligro por su propia clemencia. Bajo esas circunstancias militares, y esos estándares morales, la muerte de Oppezzo y Zibaldano no fue ni crimen ni crimen de guerra, aunque creo que se trató de un error. Si hubieran tenido más experiencia en la lucha de la Resistencia, Primo Levi y sus colegas partisanos habrían resuelto el problema de los excesos de Opezzo y Zabaldano con un castigo menos irremediable”, explica.

El autor judío se refirió brevemente a lo ocurrido en El sistema periódico

Tras sus investigaciones, concluyó que los dos jóvenes, que habían tenido una conducta temeraria y amenazante para sus colegas, “fueron ejecutados del modo que los partisanos más experimentados llamaban el ‘método soviético’: de forma repentina y sin que se dieran cuenta hasta el último momento”. Un hecho que pesó a Levi durante el resto de su vida, aunque Luzzato considera que no daña un ápice su altura ética. “En cierta manera, después de haber descubierto la verdad sobre el ‘feo secreto’, todavía soy más admirador de él. De su honestidad intelectual y de su valentía ideológica. Alrededor de 1975, en Italia, no era fácil, para un intelectual comprometido con la izquierda, socavar de alguna manera los valores políticos y militares de la Resistencia”. La necesidad de matar, según Luzzato, “hundió a Levi y a sus compañeros en un estado de infinita postración: apagó en ellos no solo la voluntad de resistir, sino la voluntad misma de vivir”.

La controversia suscitada por el libro no ha sorprendido a su autor (afirma que no espera mucho de la apertura de miras de la mayoría de los círculos culturales italianos), aunque en cierta medida le ha decepcionado: “Creo que los lectores italianos merecen algo mejor que consolidar estereotipos sobre las maravillas de los combatientes partisanos y embarazosos clichés sobre la incomparable grandeza de Primo Levi”.

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