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El Blanco Móvil (II)

Además de ser un buen periodista, hay que tener una suerte endiablada, vivir la ocasión

Las dos palabras clave en cualquier intento de renovación del periodismo escrito, impreso o digital, en otra ocasión ya lo he dicho, son agenda propia, y la culminación de su objetivo natural es lo que yo llamo el blanco móvil.

La agenda propia, contrastada con la agenda standard —lo que todo el mundo tiene vía agencias, radios y televisiones— es aquello que nos pertenece en exclusiva, que hemos conseguido de manera individual e intransferible, así como de ordinario fruto de la investigación. Por supuesto, que trataremos de darle un matiz propio a todo lo que hagamos, una corresponsalía de Moscú dará siempre una versión personal de las ocurrencias del presidente Putin, lo que será en alguna medida agenda propia, pero únicamente en primer grado, solo como para aprobar la asignatura. El material que buscamos ha de ser, en cambio, único y nuestro en grado absoluto. Y la meta natural de la agenda propia es el blanco móvil, que es el título de mi primer libro sobre periodismo, publicado en España en el cambio de siglo.

Lo básico del objetivo es que sea inopinado, siempre relevante, exclusivo, y surgido de la propia realidad incontrolable

La historia es la siguiente. En mi adolescencia había un autor, H. Ridder Haggard, de novelas de aventuras, cuyo personaje principal era un cazador blanco, inevitablemente británico, que vivía entre los siglos XIX y XX en el África oriental, de nombre Alan Quatermain, y organizaba safaris para turistas con posibles. Quatermain ya frisaba los 50 años y llevaba más de 15 en aquella parte del mundo, lo que era más de lo que un europeo aguantaba en tierra tan inhóspita, y, pensando en retirarse, organizó un último safari, al que invitó a su hijo, un joven de unos 18 años que vivía y estudiaba en Londres. Y en ese último safari, el muchacho. que era un buen tirador, pero no excepcional como su padre, lograba, sin embargo, lo imposible. A unos 600 metros de distancia un gamo o antílope recorría a la carrera la planicie, dándole la oportunidad a Quatermain junior de lo que ni siquiera su progenitor había sido nunca capaz: el disparo inimaginable que acertaba al animal en pleno salto, cuando no estaba ni aquí, ni allá, en pleno vuelo de su ágil anatomía. Ese es el blanco móvil, dar con lo imprevisto, explotar lo que se nos aparece en un instante, rectificar todo lo que estábamos haciendo para cobrar la pieza tan inusitada como valiosa.

Podemos hacer una gradación de lo que es el blanco móvil, desde los textos de calidad pero no iluminación intensa, propia y directa, hasta el culmen de lo posible. Si algún periodista hubiera podido informar de primera mano y sin competencia del macabro contenido de las fosas de Srebenica, con más de 10.000 cadáveres, huesos pelados quemándose al sol, en la guerra de los Balcanes, habría tenido ante sí un formidable y trágico blanco móvil. Los periodistas occidentales que entraron en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila en Líbano, 1982, y pudieron informar sobre el horror de los cientos o aún algún millar de asesinados, hombres desarmados, mujeres y niños, por las milicias cristianas de Eli Hobeika, tuvieron su blanco móvil. Pero, con todo, eran varios los informadores y tenían una idea bastante aproximada del horror que se iban a encontrar. Les corresponde por ello solo un Blanco Móvil de consolación. Lo básico del objetivo es que sea inopinado, quizá, pero no obligatoriamente un espectáculo dantesco, como dice el periodismo más ramplón, y siempre relevante, exclusivo, y surgido de la propia realidad incontrolable, imprevisible, impresionante.

De todo lo anterior fácilmente se deduce que, además de ser un buen periodista, hay que tener una suerte endiablada, vivir la ocasión, el momento, la casualidad, para estar en condiciones de decir que se ha cazado esa pieza extraordinaria. Excelentes profesionales, con una carrera más que estimable tras de sí, se han retirado sin haberse embolsado el blanco móvil. Charles Dickens, que tenía, probablemente sin saberlo, mucho de periodista, a mediados del siglo XIX se hartó de cazar blancos móviles, en inolvidables viñetas de todo lo nuevo, sorprendente y cargado de futuro que era el drama de la revolución industrial en Inglaterra, como también Federico Engels, este sí que doblado de periodista, hizo lo propio en un volumen aparecido en 1843, bien que de una manera más sistemática e ideologizada (periodismo de opinión) sobre el mismo escenario.

Y a la pregunta ¿he tenido yo la suerte y pericia de haber cazado el blanco móvil? diré honradamente que no, por lo menos nunca de primera clase.