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El guerrero y la antorcha

¿Qué explica de una barriada de la periferia de México DF un monumento que provocó una ola de burlas en las redes sociales?

La estatua del Guerrero Chimalli, en Chimalhuacán. Ampliar foto
La estatua del Guerrero Chimalli, en Chimalhuacán.

La mayoría de las casas de Chimalhuacán son edificaciones de bloque con planta baja y primer piso. Sobre ese perfil chato y extensamente gris se eleva ahora un monumento intensamente rojo de 60 metros de altura bautizado como Guerrero Chimalli, una estatua de 600 toneladas que evoca a los guerreros prehispánicos y cuyo nombre responde a la etimología de Chimalhuacán: el lugar de los que tienen chimalli, escudos. Inaugurado en diciembre, lo chocante de su presencia colosal en un entorno urbano deprimido y su aspecto de combatiente geométrico hizo que en las redes sociales se convirtiese en objeto de burla. Lo compararon con Mazinger Z, con Ultraman, con Godzilla. Incluso hicieron montajes en los que disparaba rayos por los ojos. Los atributos de la figura son su escudo, su cabeza empenachada y un mazo que porta en la mano derecha y que recuerda a una antorcha. Su pose se parece a la de la Estatua de la Libertad, pero es aguerrida, no hospitalaria. Es 30 metros más baja que el icono de Nueva York pero 12 más alta que el símbolo de México DF, el pedestal con el Ángel de la Independencia, y el doble que las estatuas de bronce de Kim Il-sung y Kim Jong-il en una colina de Corea del Norte.

Por una acera se aproxima un vecino caminando con dos niños. Salvador Cruz, 65 años. Dice: “Es un guerrero azteca que defendió la región. Yo veo que es un monumento muy atractivo y bien ubicado que traerá turistas de otros países”. Luego, Arturo González, 60 años, sentado en un banco, lo mira hacia arriba desde abajo: “Hay que tener una cultura para entender eso. Es una estatua de…, ¡uuuta!, un guerrero de otro siglo”. El Chimalli está en la franja que divide los dos sentidos de una avenida. Los bajos de las casas a los lados están ocupados por negocios de: recambios para vehículos, abarrotes, tlapalería (ferretería), cortineros, plomeros, pinturas, parabrisas, y así. En un par de viviendas hay colgados carteles proselitistas del Movimiento Antorchista –la organización de los pobres de México, es su lema–, que integrado en el Partido Revolucionario Institucional, el PRI, gobierna el municipio de Chimalhuacán, perteneciente al Estado de México (un territorio administrativo de 15 millones de habitantes, el más poblado de todo el país; en buena parte una prolongación conurbada del DF). Desde el Guerrero Chimalli hasta la imperial plaza central de la capital, el Zócalo, hay unos 25 kilómetros, una hora en coche atravesando el tráfico lento de esta área metropolitana que entre el Distrito Federal (nueve millones) y zonas contiguas del Estado de México, contiene a más de 20 millones de personas. En Chimalhuacán viven 848.000, según datos de 2014, y está pegado al municipio de Nezahualcóyotl, uno de los más grandes de la zona, con una población que ronda los tres millones. Son municipios gemelos en paisaje y necesidades, situados al Oriente del DF, el costado con menos recursos de la capital. A Nezahualcóyotl, por la cantidad de gente que ha emigrado de allí a Estados Unidos, también le llaman Neza York. Si en el centro de México DF los árboles abundan, por este lado el sol cae de lleno sobre una masa urbana con pocas sombras. El DF y su conjunto es una de las urbes con menos áreas verdes por habitante del mundo (1,9 metros cuadrados por persona, según el ensayo México, Ciudad Futura. La Organización Mundial de la Salud recomienda al menos nueve. Washington tiene 45,7) y la parte del Oriente es la más árida. Por aquí se ven carretas de la basura tiradas por caballos flacos y de vez en cuando perros deshilachados como estropajos de fregadero. En el ambiente se oye música de banda norteña, o cumbia, y el tronar de los tubos de escape de los microbuses que suenan como una máquina (industrial) de palomitas. Aquí se eleva el Guerrero Chimalli, que tardó tres años en construirse, está ensamblado con 33 piezas de acero, coloreado con pintura de polieuretano y ha costado 2,4 millones de dólares. El camellón –el intermedio de la avenida donde está– ha sido reurbanizado con un riachuelo con puentes, una fuente que echa chorros de colores y con árboles aún por crecer, y eso ha costado 1,4 millones de dólares. En un extremo del camellón está charlando con dos amigos Armando Arcos, 28 años, estudiante de Economía, cobijados los tres bajo la sombra exigua de un disco escultórico de piedra que reproduce un calendario azteca. “Los recursos se podrían haber destinado a escuelas y a seguridad. Además el Guerrero Chimalli nunca existió. Es una creación del Movimiento Antorchista”, dice. Delante de ellos hay una estatua de Nezahualcóyotl, el monarca-poeta del siglo XV que escribió.

Base de la estatua. ampliar foto
Base de la estatua.

Estoy embriagado, lloro, me aflijo,

pienso, digo,

en mi interior lo encuentro:

si yo nunca muriera,

si yo nunca desapareciera.

A Eduardo Jiménez, de 40 años, propietario de una tienda de la avenida, lo que más le convence de toda la obra es la fuente que emite colores: “Avienta el agua bien bonito”. Jiménez, un hombre grueso, moreno, con vigor. “Además hay más seguridad, porque ahora hay siempre como seis policías que andan parriba y pabajo. Antes si te metías a las calles laterales te chingaban. Te pedían pal chesco [para un refresco] pero con un machete”. Tres días más tarde, antes de entrevistar al alcalde, en un banco del palacio municipal una comerciante ambulante que había acudido a una reunión se quejaba del problema de los secuestros. Dijo que a ella una vez la llamaron por teléfono y le comunicaron que tenían a su hijo y debía pagar medio millón de pesos (más de 30.000 dólares) por él. Pidió que se lo pusieran al teléfono, pero el tipo al que le pusieron no supo responder cuando su madre le preguntó cómo se llamaba. La señora llegó aquí hace 40 años. ¿Cómo era Chimalhuacán? “Puro charco de agua”. El negocio de Eduardo Jiménez es, en el mismo espacio, puesto de comida rápida y taller de reparaciones. Chorizo frito y carburantes.

El Guerrero Chimalli ha sido inaugurado pero sigue en obras para terminar el mirador, una estructura circular con ventanas que a su vez es el brazo que sostiene el mazo –o la antorcha–. Al pie del monumento, una edecán vestida y maquillada al estilo gótico apunta en un libro de visitas el nombre de cada persona que entra a la base de la estatua, un cajón de hormigón que en su interior tiene un pasillo cuadrado que funciona de galería y en el que ya está accesible al público una exposición de fotos de la construcción de la estatua. Aunque en la primera pared que se ve al entrar, las imágenes tratan del pasado de pobreza del municipio y de los logros en obra pública de los que se precia el antorchismo desde que llegó al gobierno hace 15 años. Una fotografía de una calle de tierra anegada con la leyenda Antes del 2000 había menos de 200 calles pavimentadas; otra de un coche destartalado con el número 10 sobre el capó y la leyenda En el año 2000 el municipio contaba con sólo 5 patrullas funcionales; otra de un hombre y una mujer en un lodazal con neumáticos tirados al lado y Chimalhuacán era considerado el municipio urbano más marginado del país. “Antes del 2000 teníamos un cacicazgo sin desarrollo”, dice César Laureano, del gabinete de prensa municipal. Debajo de las fotos del pasado han colocado otras de los tiempos recientes: una piscina olímpica reluciente; una placita concurrida y con árboles recién plantados; trabajadores cuidando flores en un invernadero. En el 2000, el Movimiento Antorchista desplazó dentro del PRI a otro grupo de poder local y el partido ganó las elecciones, como siempre había hecho hasta entonces pero ahora, por primera vez, con representantes antorchistas. El 18 de agosto de aquel año, en la mañana de la toma de posesión del nuevo alcalde, Jesús Tolentino Román, hubo un tiroteo en la plaza del palacio municipal en el que murieron diez seguidores del bando ganador. La responsable de lo sucedido fue la mujer que había liderado durante años a la facción derrotada y dominado el municipio desde la trastienda, Guadalupe Buendía Torres, alias La Loba, que cumple una condena a 50 años de cárcel. Arriba, dentro del mirador del gigante de acero, cocido por el sol del altiplano a 2.300 metros sobre el nivel del mar, hace un calor denso, encajonado.

Por las ventanas se ve el panorama de Nezahualcóyotl y Chimalhuacán. Laureano señala dos obras públicas de su municipio que destacan entre la masa de cemento: un centro cultural pintado de rojo, también el color del Guerrero, también el del antorchismo, y una cancha de fútbol de un verde saludable. Hacia el norte se extiende un gran terreno sin urbanizar, propiedad del Gobierno federal y con áreas de reserva ecológica: es el suelo yermo de lo que fue el Lago de Texcoco, en su tiempo el más grande de la Cuenca de México, donde Hernán Cortés botó 13 bergantines para la conquista de Tenochtitlán, la capital azteca, y que desde inicios de la Colonia fue sometido a un proceso planificado de desecación que tomó tres siglos y culminó en la segunda mitad del siglo XX con la expansión explosiva de la zona metropolitana: en 50 años, de tres a 18 millones de habitantes. El empleado de prensa indica que aún se pueden divisar bolsas de agua en el antiguo lecho y cuenta que hasta los sesenta el disminuido lago llegaba hasta las orillas del cerro en torno al que luego creció Chimalhuacán. “Y lo que se ve hacia allí”, dice, señalando el baldío hacia el fondo, “será lo del nuevo aeropuerto”; el proyecto fue anunciado en septiembre y se espera que se concluya en torno al 2020, con un presupuesto de 10.000 millones de dólares y bajo la dirección del arquitecto estrella británico Norman Foster en asociación con el estudio de Fernando Romero, yerno del magnate mexicano Carlos Slim. “Y eso que divide Chimalhuacán de los terrenos federales”, continúa César Laureano, “es el Canal de la Compañía, que transporta aguas negras de 12 municipios de la zona”. El mal olor es intenso cuando se pasa por encima del canal a través de la Avenida Bordo Xochiaca, la del Guerrero Chimalli, y que de camino al norte (regresando a la capital) pasa de inmediato al municipio de Neza. Después de la cloaca a cielo abierto aparece el antiguo basurero, cerrado en 2012 por saturación, y siguiendo la avenida está la cárcel Bordo Xochiaca. Por último se pasa al lado de una plaza comercial levantada en un área que también fue un basurero. Una inversión de Carlos Slim. Atrás ha quedado Chimalhuacán con su guerrero y con sus números: según estadísticas de 2012, un 62,7% de población en la pobreza y un 13,7 de ellos en pobreza extrema; de un informe de 2014 con censo de 2010, sobre una base de 614.453 habitantes, 178.451 de 15 años o más con educación básica incompleta, 333.619 sin derecho a servicios de salud, 8.546 viviendas con piso de tierra, 14.306 sin agua entubada.

Ensamblaje del tronco de la estatua. ampliar foto
Ensamblaje del tronco de la estatua.

Enero es seco y polvoriento. Antes de alcanzar el final de la avenida se ve un remolino girando a solas en una pista de deporte, en medio del camellón.

En su cubículo de la Universidad Nacional Autónoma de México, el geógrafo Javier Delgado abre en la computadora un mapa: Plano reconstructivo de la región de Tenochtitlán al comienzo de la Conquista. El lago está en su esplendor. Delgado señala los núcleos zonales de poder de aquel tiempo: ninguno de ellos Chimalhuacán. “Desde tiempos prehispánicos es un lugar periférico”, afirma. Luego define su naturaleza: “Zona semidesértica de escasa vegetación arbustiva y bajas temperaturas nocturnas en invierno seco”. Explica que el Poniente y el Sur de la antigua cuenca tienen más lluvia y vegetación y mejores temperaturas. “Son zonas más hospitalarias”. En los noventa se hicieron en ese costado de la capital los primeros centros comerciales. Remontándose a los años cincuenta-sesenta, de auge del Estado e industrialización, dice que el lado de Chimalhuacán aún era “periferia desolada”. “Eran famosas las enormes tolvaneras que se formaban en la planicie de Nezahualcóyotl con los vientos del Oriente y que llegaban a la ciudad”. En 1940 escribía Alfonso Reyes: “¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico? ¿Por qué se empaña, por qué se amarillece? Corren sobre él como fuegos fatuos los remolinillos de tierra”. La desecación del lago, dice el geógrafo, dejó en esta área suelos salinos estériles para la agricultura, sin capa fértil, que con el calor se resecan y sueltan arena. El boom urbano de Neza llegó a partir de los sesenta y el de Chimalhuacán empezó en los setenta pero no se consolidó hasta principios de los noventa. En ambos casos funcionó la lógica de desarrollo de las zonas conurbadas de la capital: primero ocupar el suelo; después conseguir servicios. Los especuladores de aquel tiempo –sigue ocurriendo, pero sin la profusión de antaño– compraban terrenos, los fraccionaban y vendían lotes de tierra para edificar sin planeación urbana ni estructura pública: sin transporte ni avenidas ni drenaje ni salud ni escuelas, y todo ello en el pico histórico de migración del campo a la ciudad. Delgado apunta que al comienzo de esa fase surgieron “grupos de base agrícola” que mediaban entre el Estado y las comunidades de los nuevos asentamientos para conseguir la dotación de servicios. “Pero a partir de los setenta derivó en formas de cacicazgo y de control político. Antorcha es el mejor ejemplo de descomposición de un fenómeno que en su momento tuvo un buen papel”.

Antorcha Campesina se fundó en 1974 en la sierra de Puebla, 250 kilómetros al sur de la capital. Quien la lideró en su origen y la sigue liderando fue un profesor de escuela llamado Aquiles Córdova Morán. En pocos años, adaptándose a la evolución de México, subsumió su enfoque agrarista en uno nacionalista de masas y urbano, el Movimiento Antorchista, una organización que hoy tiene según sus datos 1.200.000 miembros: campesinos, amas de casa, comerciantes ambulantes, trabajadores de la ciudad, choferes, maestros de escuela, estudiantes, y así. Si la cifra que ofrece es verídica, el antorchismo aglutinaría a cerca del 1% de la población del país. Su bastión es la zona metropolitana del DF, sobre todo en el Estado de México, pero tiene fuerza en más Estados del centro de la República. Aquiles Córdova, 74 años, es el secretario general y la palabra del movimiento. Con frecuencia publica sus reflexiones en la web de Antorcha. El 9 de enero, en el artículo ¡Democracia, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!, esbozaba una teoría de la política occidental desde antes de Cristo: “La democracia fue un descubrimiento político de los esclavistas griegos a quienes prestó excelentes servicios, como lo prueba la historia; y justo por eso hoy esa democracia, en su versión moderna, presta servicios parecidos a los esclavistas modernos, a los grandes capitalistas que viven de explotar el trabajo asalariado”. El último es del 16 de enero y se titula, a propósito de la reacción al atentado contra Charlie Hebdo, La “gigantesca” manifestación de París, una farsa y una fútil exhibición de “unidad”. En 1988, su organización se incorporó al PRI, por entonces un organismo omnicomprensivo que no abandonaba el poder en México desde 1929. La capacidad de movilización de Antorcha ha sido valiosa para el partido. En las elecciones de 2012 a la presidencia nutrió eventos de Enrique Peña Nieto, vencedor a la postre. En 2009, en su 35 aniversario, llenó el Estadio Azteca, con capacidad para más de 100.000 personas. Aquel día, en el campo donde Maradona marcó el gol en el que dribló a cientos de ingleses, el invitado de honor fue Peña Nieto, que era gobernador del Estado de México. El control de masas del antorchismo también es su palanca de negociación con los ayuntamientos en sus reclamos de servicios para las colonias populares a las que representa. Presiona con manifestaciones a quienes no le corresponden, incluido a gobernantes del PRI, que sigue siendo su plataforma para competir en elecciones pero cuyo poder, desde que en el 2000 perdió la presidencia, si bien la recuperó hace tres años, ya no es inobjetable. Al Movimiento Antorchista se le acusa de utilizar la pobreza como una máquina de extorsión política, de exprimir a los necesitados cobrándoles por los recursos que consigue –así sean tan nimios como conectarse ilegalmente al suministro eléctrico–, de dominar líneas de transporte colectivo, de taxis, bicitaxis y hasta a los burreros que llevan en carros la basura. De los 125 municipios del Estado de México, los únicos que desde la transición democrática de hace dos décadas no han dejado de ser gobernados por el PRI son Chimalhuacán y, unos 30 kilómetros al sur, Ixtapaluca, que a su vez son los dos únicos municipios del Estado de México gobernados por antorchistas, a través del PRI.

Telésforo García es el alcalde de Chimalhuacán.

Fase final de la construcción. ampliar foto
Fase final de la construcción.

Tiene bigote. Viste con pulcritud, de manera sencilla. Es el tercer presidente antorchista del municipio. Dice que antes del 2000 Chimalhuacán estaba en un “olvido total” del Gobierno federal, del estatal y de sucesivos gobiernos locales “acostumbrados a no preocuparse por las necesidades de la gente y a lo mejor con el deseo de enriquecerse en lo personal nada más”, y que “hoy las necesidades de agua potable están cubiertas casi al 100%, el 98% de drenaje, casi 100% de electricidad, un 80% de pavimentos”. Su presupuesto anual el año pasado fue de 2.254 millones de pesos, 155 millones de dólares o 464,5 veces menos que la fortuna que le atribuyó Forbes en 2014 a Carlos Slim. ¿Y por qué gastarse más de dos millones de dólares en una estatua gigante? Responde que han hecho y seguirán haciendo otras obras que esa, a la que en específico atribuye el propósito de ofrecer “espacios de recreación” y “dignificar” Chimalhuacán. “Yo no puedo hacer que la gente deje de ser pobre con la obra pública, pero sí que se sienta más a gusto”. También le da un sentido de reivindicación de raíces indígenas y de compensar la ausencia de un relato orgulloso de la resistencia original contra los invasores. “En México no hay una obra literaria que ensalce la Conquista de la que fuimos objeto por España, no tenemos una Ilíada que cantó las gestas del pueblo aqueo, no tenemos una Farsalia, no las tenemos, no hay una obra literaria así”. Con lo que no tiene nada que ver, dice, es con el sesgo que se les achaca por el hecho de que el Guerrero sea rojo como Antorcha y haya sido inaugurado en el año del 40 aniversario de Antorcha y lleve en la mano una cosa que parece una antorcha. “Se llama maza, macuahitl en náhuatl, y es un arma de los guerreros prehispánicos. No es un monumento a Antorcha”.

–Cuando se hizo el boceto, ¿no pensaron que parecía una antorcha?

–No, no lo pensamos. Es una maza, no es una antorcha.

La comerciante que antes de la entrevista se quejaba de los secuestros, en realidad estaba en el Palacio Municipal para quejarse de unos que se habían puesto a vender en el mismo sitio que Antorcha le había facilitado a su grupo de ambulantes –y sin aportar a la organización como ellos–. “Nosotros vamos a las marchas y dondequiera que nos metan”. Telésforo García asevera que el número de secuestros se ha reducido y que Chimalhuacán es uno de los municipios más seguros del Estado de México, “en parte por los espacios públicos que hemos creado para el entretenimiento de la gente”. Del lazo entre las necesidades de los agremiados y sus deberes con el Movimiento, dice: “Nosotros no nos aprovechamos de la pobreza. Yo soy de origen muy humilde, mi padre ya fallecido tenía unas cuantas hectáreas, hizo el esfuerzo porque estudiara y hoy soy presidente municipal. Pero yo no tengo riquezas. A mí me pueden investigar y no van a poder probar que yo tengo casas, que yo tengo ranchos, que yo tengo departamentos. No lo van a poder probar, y así ocurre con los demás dirigentes de Antorcha. Claro que yo tampoco vengo vestido de manta, ¿verdad?, porque creo que no sería lo correcto. Pero nosotros no nos aprovechamos de la pobreza de la gente; no nos aprovechamos”. Raúl Romero, el presidente del principal partido de oposición en el municipio, el Partido de la Revolución Democrática, PRD, opina que la estatua no se identifica con los orígenes de la gente y que el mazo no es un mazo. “La antorcha simboliza la llegada de Antorcha a Chimalhuacán, no la de los ancestros que llegaron hace años como migrantes al Oriente de la ciudad”. Considera que el gasto es “excesivo” y que la parte de arriba será “un mirador de pobreza”. El autor de la obra no está de acuerdo.

Enrique Carvajal, Sebastián, es un artista famoso en México por sus esculturas a gran escala. Los 28 metros de alto del Caballito de México DF, los 52 de los Arcos del Milenio de Guadalajara, los 62 del Monumento a la Mexicanidad de Ciudad Juárez. Aunque su proyecto de mayor envergadura, una estatua de 70 metros en Chetumal, está parado, según dice “por motivos políticos”. Para definir el objeto sospechoso de ser una antorcha no usa el término maza sino “hacha dentada”. Sebastián es un hombre con volumen. Su cuerpo es amplio, su presencia también; su fundación está en una espaciosa nave industrial en una avenida de México DF, con decenas de fotos en grande de él con otras personas ocupando todo un muro interior; y es amplia la reluciente camioneta que ha aparcado a la entrada. “El Chimalli es la abstracción geométrica de un guerrero. Es una figura erguida, con fortaleza y agresividad, en actitud de defensa”, explica. El poder de la estatua, argumenta, transmite a su vez el impulso de progreso del municipio. “Chimalhuacán se está convirtiendo en un área urbana grandiosa. Tiene solucionados muchos servicios fundamentales, están pensando el urbanismo y tienen grandes proyectos para transformar la región. Para quienes no tenían nada, ver que ahora tienen servicios es extraordinario”. El escultor dice que el contraste de escala entre la estatua y el entorno urbano busca un “impacto de grandiosidad” y compara las críticas a su obra con las reacciones que siempre han provocado “los grandes monumentos”. Pone como ejemplo la Torre Eiffel. Sebastián dice que le emociona imaginarse el momento en que los pilotos enfilen el último tramo hacia el nuevo aeropuerto del DF diciendo, como referencia, “aproximación Guerrero Chimalli”. Aquiles Córdova tiene un anhelo mayor que el del autor de monumentos. El 20 de enero de 2014, en el primer informe de gobierno de Telésforo García, ante 50.000 seguidores, el padre del movimiento cuyo símbolo no es un mazo exclamó: “Cuando Antorcha gobierne México, todo será Chimalhuacán”.