Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
TEATRO

Ten tiento, Tenorio

El actor José Luis García-Pérez, en el 'Don Juan Tenorio' dirigido por Blanca Portillo. Ampliar foto
El actor José Luis García-Pérez, en el 'Don Juan Tenorio' dirigido por Blanca Portillo.

La pieza más celebrada del repertorio popular español, vestida como una obra de alta cultura. Blanca Portillo, actriz soberana, que demostró su talento directivo en La avería, espléndida versión escénica de un relato de Dürrenmatt, ha montado un Tenorio de gran factura visual, sin nervio ni musicalidad. Ambas virtudes rectoras del texto de Zorrilla, forma pura guiada por un verso fácil y sonoro, se desdibujan en un espectáculo guiado por propósitos que se materializarían mucho mejor en un Don Juan de nuevo cuño o en una obra distinta de cabo a rabo.

Don Juan Tenorio

Autor: Zorrilla. Versión: Juan Mayorga. Dirección: Blanca Portillo. Actores: José Luis García-Pérez, Miguel Hermoso, Ariana Martínez.
Madrid, Teatro Pavón. Hasta el 15 de febrero.

Zorrilla escribió su Tenorio muy rápido, pero con excelente oído: cada escena tiene una música y un ritmo que no cabe desatender en puesta en escena alguna, aunque se prosifique la dicción del verso. La tesitura vocal de su protagonista debiera de ser barítono o barítono atenorado, para contrastar con la esperable voz de bajo del Comendador en la escena última y para que vuele el dúo donde (junto a Don Luis) desglosa la relación de desmanes con la que piensa ganar su apuesta diabólica.

José Luis García-Pérez, gran actor, hace un trabajo inmenso pero a contrapelo de un personaje que debiera parecer encantador de entrada y que aquí resulta sanguíneo e histeroide; y desde una fisonomía y una tesitura que no se corresponden con los del seductor urgido por reconocerse en la conquista, sino con las del hampón de la banda de Mackie Cuchillo que parece viene a ser Don Juan para la directora.

Portillo ha montado un ‘Don Juan’ de gran factura visual, pero sin nervio

El Tenorio, insisto, es forma pura y pura musicalidad: un cuento de hados; un ritual anual, como los convites de difuntos; un divertimento cuya moraleja será una o la contraria según la lectura a la que el director proceda. La lectura de Portillo, unívoca en su desprecio del burlador (que aquí no recorre el arco preceptivo desde el libertinaje a la redención), sería plausible si no desactivara el bonito artefacto romántico construido por Zorrilla a base de dejar que algún intérprete descargue golpes importunos contra la madera, de hacer del degüello de don Luis Mejías una escena de grand-guignol, de resolver ciertas peleas como si fueran del Coyote contra el Gallo Claudio y de permitir que se griten versos que no lo piden, entre otras salidas de tono.

Inaudita, la docena aproximada de minutos que duran los cambios escenográficos a la vista: aunque se acompañen con canciones (cuya textura poco tiene que ver con la de la pieza), gripan el ritmo de la función. Hay escenas (la de la cena especialmente, sandías incluidas), cuya estética es deudora de la de Tomaz Pandur, y una que evoca fotogramas de Tim Burton.

La de la seducción de Inés comienza de modo chusco, pero tiene una fuerza plástica equiparable a la del verso, puesto por fin en valor aquí y en el diálogo entre Inés (delicadísima, Ariana Martínez) y Brígida: como a esta celestina la interpreta una Beatriz Argüello en esplendor, no se entiende que Don Juan no se prende de ella y en ella se quede.