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La Transición: entre el altar y la pira

La celebración del Día de la Constitución enmarca el debate sobre la herencia de 1978

Asistentes al Festival de los Pueblos Ibéricos, celebrado en el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid en mayo de 1976.
Asistentes al Festival de los Pueblos Ibéricos, celebrado en el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid en mayo de 1976.

La Transición acabó hace tiempo, pero el debate sobre su legado está más vivo que nunca, entre quienes le atribuyen los actuales males del sistema y quienes la defienden como un proceso modélico que garantizó el paso pacífico de la dictadura a la democracia. En un artículo publicado en abril de 2013 en El País Semanal, el escritor Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) sintetizaba con ironía la posición de los primeros: “De un tiempo a esta parte parece extenderse entre la izquierda de mi generación un discurso que, más o menos, vendría a decir lo siguiente: ¿quién tiene la culpa de la ínfima calidad de nuestra democracia? La Transición. ¿Por qué nuestra democracia amenaza con convertirse en una partitocracia? Por la Transición. ¿A qué se debe el pésimo funcionamiento de nuestra justicia? También a la Transición. ¿Cuál es el origen de la crisis económica? Cuál va a ser: la Transición. ¿Y de la llamada crisis moral? La Transición también. ¿Y del llamado problema catalán? La Transición, la Transición, la Transición. De todo tiene la culpa la Transición; o sea: de todo tienen la culpa papá y mamá, que fueron los que hicieron la Transición”.

La culpa, dirá el novelista por teléfono, “la tenemos tú y yo, nosotros. El problema es qué hemos hecho nosotros con el 78. El gran problema de este país es la colonización de la sociedad civil, incluidas la economía, la justicia o la cultura, por los partidos políticos. Nadie quiere atacar este problema, tampoco los de Podemos hablan de él”.

En el extremo opuesto de quienes observan una especie de pecado original fundacional en la Transición se situarían quienes la defienden a machamartillo como un proceso irrepetible que asombró al mundo. “La imagen de esa Transición publicitaria y exportable en la que no se llevó a cabo un proceso de depuración de los actores represivos y de los cómplices de la dictadura es una impostura y una injusticia para los vencidos y los represaliados”, aduce la escritora Marta Sanz (Madrid, 1967).

Entre unos y otros se mueven muchos historiadores, especialistas en poner cada cosa en su sitio. El hispanista Paul Preston (Liverpool, 1946) considera que fue “la mejor posible en aquellas circunstancias. No quiere decir que fuese modélica o perfecta, fue posibilista”. “Los que la cuestionan no la vivieron. La Transición tenía muchos defectos, pero era la mejor posible en aquel contexto, cuando murió Franco y con unas Fuerzas Armadas entrenadas para perseguir al enemigo interior y no al exterior y con un Jefe del Estado, el Rey, cuyo cometido debía ser continuar la dictadura. Yo lo recuerdo perfectamente. Cuando murió Franco la dictadura se había suavizado pero había mucho miedo. Nadie de la izquierda se fiaba de Juan Carlos, que se dedicó a contener a las fuerzas franquistas hasta que nombró a Suárez. Estaba ideando un proyecto posibilista: cambiar las leyes fundamentales del régimen sin romper su juramento. Ir de la muerte de Franco hasta las elecciones sin conflicto sangriento era muy difícil”.

Una pegatina de la Transición, a favor del aborto.
Una pegatina de la Transición, a favor del aborto.

Un análisis que comparte Julián Casanova (Valdealgorfa, 1956): “Fue un proceso difícil, incierto, lleno de obstáculos, resultado de las negociaciones entre los representantes del franquismo dispuestos a desmontar el aparato para preservar lo esencial y los políticos de la oposición, con un trasfondo de coacciones de las fuerzas armadas y la ultraderecha, y de presión de movimientos sociales antifranquistas”. Y es historia. “En ningún caso debería conducir a explicar los vicios de la democracia actual, que son abundantes, a través de un gran pecado originado en la Transición”.

Una pegatina contra los rojos.
Una pegatina contra los rojos.

Sostiene José Álvarez Junco (Viella, Lleida, 1942) que fue “una de las cosas más sensatas que ha habido en este país”, cuya historia está repleta de pronunciamientos, guerras civiles e intolerancia religiosa y política. “La posibilidad de que gente que se ha estado matando se pueda volver a hablar es insólito, no había ocurrido jamás en nuestra Historia”, planteó Santos Juliá (Ferrol, A Coruña, 1940) en un encuentro para hablar del proceso histórico.

Su visión no difiere de la que ofrecen, desde su experiencia creativa en aquellos días, los diseñadores Alberto Corazón (Madrid, 1942) y Javier Mariscal (Valencia, 1950). Para el primero, representa “la etapa más estimulante de España desde el final del franquismo”. Para el segundo, “un periodo lleno de energía, de esperanza, de cambio”. “Desde luego, no queríamos volver a vivir una Guerra Civil”.

El periodista Guillem Martínez (Cerdanyola, 1965) sitúa el punto de inflexión en la valoración colectiva de aquellos primeros tiempos del posfranquismo en la eclosión del 15-M en 2011. “Antes las críticas a la cultura oficial, propagandística, eran tildadas de freakies, mientras que ahora son percibidas como descripciones válidas”. Martínez, que coordinó el libro CT o la Cultura de la Transición, considera que la actual apreciación se acerca más a la realidad que la visión épica que prevalecía antes. En el futuro, en su opinión, “será recordada como la Restauración, un periodo del que si alguien se acuerda es, precisamente, por la cultura en contra que generó”.

Pegatina antimilitarista.
Pegatina antimilitarista.

También Mirta Núñez Díaz-Balart, directora de la cátedra de Memoria Histórica del siglo XX de la Universidad Complutense, cree que “ha caído el velo que la envolvía e impedía un enjuiciamiento libre del proceso y, justamente ahora, ha dejado claro, por ejemplo, que significó la reinstauración de la monarquía o la ausencia de una memoria histórica que pusiese las cosas en su sitio respecto al exterminio —decir violencia queda desleído para el abismo que significó— fundacional de la dictadura”.

“Se hizo lo mejor que se pudo y lo importante es que salimos de la dictadura. Quien corriera delante de los grises, como yo, sabe lo importante que fue”, opone la actriz y directora teatral Magüi Mira (Valencia, 1945). Dicho esto, reconoce que han pasado muchas cosas que requieren cambios. “Pero este país tiene un ADN dramático y trascendental. Los cambios, tan naturales y normales en otros países, aquí no son fáciles”, sostiene. “L@s que vivimos el franquismo y su sordidez política, la juzgaríamos como lo mejor que se pudo hacer”, sostiene el dibujante Antonio Fraguas Forges (Madrid, 1942). “Nuestras libertades de hoy, generadas en la Transición, nos permiten estar en desacuerdo con lo que nos pete. Y pensar lo que nos dé la gana y, muy importante, votar lo que nos parezca mejor”.

En 2008, cuando aún no se había extinguido la sensación de bienestar del todo y pocos cuestionaban el pasado con la contundencia que luego emergió, el profesor de Historia Contemporánea Ferran Gallego (Barcelona, 1953) publicó El mito de la Transición (Crítica), donde destapaba los errores de la izquierda en la negociación de aquellos días que posibilitó, en su opinión, que el bloque franquista salvase sus privilegios. Gallego matiza, de entrada, la cronología al uso: “No creo que se iniciara tras la muerte de Franco. Se inició mucho antes, con los cambios producidos en la sociedad española, que se acompañaron de percepciones de riesgo por parte de la clase política del sistema y de expectativas paralelas provocadas por la intensificación de la capacidad de movilización y organización de la oposición democrática”. Por correo electrónico, Gallego explica que “las expectativas de una ruptura radical e inmediata tal y como había sido formulada por las plataformas políticas opositoras se frustraron, pero también quedaron frustradas las propuestas reformistas, incluyendo los límites de la de 1975”. “Fue el resultado de una correlación de fuerzas que determinó las posibilidades de ir más lejos en los cambios políticos, del mismo modo que determinó la imposibilidad de mantener las cosas, no solo como estaban antes de 1975, sino en un marco de reforma superficial”. Helena Cabello (París, 1963) y Ana Carceller (Madrid, 1964), las artistas visuales que llevarán su obra al pabellón de España en la próxima Bienal de Venecia y que forman el colectivo Cabello&Carceller, señalan que la Transición dio sensación de velocidad: “Parecía que todo era posible y que las mentalidades podían cambiar en segundos, también que alcanzaríamos un progreso que nos había sido negado. El problema fue que esa velocidad exigía levitar sobre la realidad y hacer un ejercicio de desmemoria. El 78 engañó al 78 prometiendo transitoriedad”. “Ni la Transición ni otro momento político es sagrado”, concluyen. “Está sobrevalorada para la bueno y para lo malo. El revisionismo histórico motivado por los intereses electorales es hoy la corriente intelectual del mainstream”, indica el filósofo Ernesto Castro (Madrid, 1990), autor del libro Contra la posmodernidad (Alpha Decay).

“El relato que se ha construido en las últimas décadas, mayoritariamente por gente que participó en el propio proceso, ha sobredimensionado el consenso hasta enterrar cualquier otra dimensión, como el conflicto, la violencia o la incertidumbre. El cuestionamiento actual parte de una necesidad de dotar de mayor complejidad al asunto”, defiende el vicedecano de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, Gutmaro Gómez Bravo, que este año ha publicado en la editorial Taurus un libro sobre el proceso contra el anarquista Salvador Puig Antich, el último ejecutado por garrote vil en España. Su título: Puig Antich. La Transición inacabada.

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