CRÍTICA | INFILTRADOS EN LA UNIVERSIDAD
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Críos de los ochenta

Un fotograma de 'Infiltrados en la universidad'.
Un fotograma de 'Infiltrados en la universidad'.

Nacidos en 1975 y por tanto críos de finales de los ochenta, admiradores de su cine desprejuiciado, efervescente y, a pesar de su falta de trascendencia, finalmente perecedero, Phil Lord y Christopher Miller, exitosa pareja de directores, vuelven con su humor referencial y su recuperación de señas de aquella pre-adolescencia. Tras Lluvia de albóndigas (2009), Infiltrados en clase (2012) y La Lego película (2014), Infiltrados en la Universidad, segunda entrega de la saga nacida a partir de la serie de televisión 21 Jump street, también de los ochenta, abunda en esa unión entre las buddy movies con pareja de policías antagónicos (de Límite: 48 horas a Arma letal), las comedias cafres universitarias herederas de Porky's y un fuerte elemento paródico (procedente de los ZAZ y Aterriza como puedas), que hace mella en la metodología de las primeras películas de Michael Bay.

A Infiltrados en la universidad, en la que se echan un puñado de carcajadas pero que, sin sonrojar en momento alguno, nunca llega al listón del notable, le falla sin embargo un elemento clave en ciertos momentos: la graduación del tiempo del gag. La pareja formada por Jonah Hill y Channing Tatum hace pleno en la simpatía, pero variadas situaciones tienen gracia durante 20 segundos pero no durante un minuto, como si los directores tuvieran un gran control del chiste parcial, el del interior de la secuencia, pero no el general, el que engloba a los parciales, pasándose de rosca a fuerza de reiteración.

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