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crítica | el culo del mundo

Autorretrato chanante

El resultado deriva hacia un ejercicio de narcisismo que provoca incomodidad incluso entre los incondicionales de Buenafuente

Autorretrato chanante

Cuando la serie Seinfeld llegó al final de su recorrido tras nueve memorables temporadas, su protagonista, Jerry Seinfeld, decidió volver a ser un soldado raso de la comedia: hacer borrón y cuenta nueva de su celebrado repertorio, partir de cero y volver a labrarse una reputación en modestos clubes nocturnos de pequeño aforo. Todo ese proceso fue registrado en el documental Comedian (2002), de Christian Charles, que acababa desvelando relevantes secretos del oficio, al tiempo que dibujaba el universo de los monologuistas de club como una jungla bastante despiadada. Comedian parece haber prendido la mecha de la inspiración de Andreu Buenafuente en su debut como director. Así, El culo del mundo retrata al showman en un estado de tránsito especialmente tenso: el que va de la cancelación de un programa debido a la baja audiencia al estreno de otro. Lamentablemente, el resultado no es tan incisivo, ni universal como el que proponía la película de Christian Charles y deriva hacia un ejercicio de narcisismo capaz de provocar incomodidad incluso entre los incondicionales de quien es, sin duda, un monologuista portentoso y el más dotado conductor de late shows del paisaje televisivo español.

EL CULO DEL MUNDO

Dirección: Andreu Buenafuente.

Documental. España, 2014.

Duración: 83 minutos.

El culo del mundo tiene algo de involuntaria entrega de esos Celebrities que abrían las emisiones de Muchachada Nuí: un discurso impúdico del yo, donde el famoso en cuestión habla sin poder controlar las derivas de su egocentrismo. El mensaje de un fan enviado desde Argentina pone en marcha el relato, pero este no tarda en encallarse en una sucesión de loas por parte de amigos y colaboradores que acaban dibujando el retrato de Buenafuente como jefe buen rollo y profesional de extrema autoexigencia. La pièce de résistance del conjunto es la escena protagonizada por Concha Velasco, donde la actriz desvela, sin medias tintas, que la emisión de un programa de Buenafuente la salvó del suicidio: contarlo es un gesto de valentía por su parte; incluirlo en el montaje final es un acto de escaso pudor por parte de Buenafuente.

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