crítica | byzantium
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La sangre amarga

La fuerza de ciertas imágenes de Neil Jordan dota a la película de suficiente lirismo como para entrar en el escalón adulto

Gemma Arterton, en un fotograma de 'Byzantium'.
Gemma Arterton, en un fotograma de 'Byzantium'.

Si alguien está capacitado para adentrarse con convicción en el drama de horror, en la perturbadora fantasía romántica, ese es Neil Jordan. Si hay alguien al que no se puede acusar de oportunismo, de seguir la moda, la estela de películas sobre vampirismo, ese es el director irlandés.

BYZANTIUM

Dirección: Neil Jordan.

Intérpretes: Saoirse Ronan, Gemma Arterton, David Mays, Jonny Lee Miller, Caleb Landry Jones.

Género: drama de horror. Reino Unido, 2012.

Duración: 118 minutos.

Y, sin embargo, la sobredosis de la última década, la reciente aglomeración de visiones, colores y texturas, ha provocado que en Byzantium, nuevo acercamiento al universo del cuento de terror, demasiadas cosas suenen a ya vistas, experimentadas, pronunciadas, por mucho que el estilo de Jordan sea atractivo con sus juegos de colores y símbolos, con su arrebato, lírica y amargura.

El creador de En compañía de lobos (1984) y de Entrevista con el vampiro (1994), paradigmas cada una de la doble condición de Jordan, al estilo Stephen Frears, tan apto para la superproducción americana como para la apabullante sencillez británica, nos habla de la doble condición de proscritas, como vampiras y como mujeres, de una joven y una adolescente condenadas a vagar, huir, mentir, sufrir, morder vidas, día tras día, a través de los tiempos.

Pero la obra de teatro en la que se basa, A vampire story, de Moira Buffini (que también ha escrito el guion), estrenada en el National Theatre de Londres en 2008, justo el año en que llegó la última gran aportación vampírica, la sueca Déjame entrar, bebe de demasiadas fuentes sin que se advierta una identidad propia. Aun así, la fuerza de ciertas imágenes de Jordan, con dos hilos temporales distintos, la actualidad y el siglo XIX, y la enigmática presencia de la adolescente Saoirse Ronan, con capucha roja en un guiño a sí mismo del director de En compañía de lobos, acaban dotando a Byzantium del suficiente lirismo como para situarla en un escalón adulto muy alejado de la moda juvenil del romanticismo de sangre de chicle.

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Sobre la firma

Javier Ocaña

Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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