Clases de yoga con Dalí en Florida

Viaje al museo del pintor español en la localidad estadounidense de St. Petersburg. Con 2000 obras, es la mayor colección del artista después de la que se atesora en Figueres

St. Petersburg (Florida) - 17 mar 2014 - 22:44 UTC
Interior del museo de Dalí en St. Petersburg (Florida).
Interior del museo de Dalí en St. Petersburg (Florida).

Más allá de su población natal, entra dentro de la lógica que el legado del genio de Figueres se haya diseminado por puntos clave en su biografía, como el Espace Dalí de París o el extinto Dalí Universe en Londres. Queda fuera de ella el imponente museo que a él en St. Petersburg, una ciudad media de Florida que, como el resto del estado, destaca por las palmeras, campos de golf y playas que forman ese gran retiro dorado para jubilados norteamericanos.

Sorprendente no solo porque Dalí nunca pisara St. Petersburg, sino más aún, porque el centro en cuestión, The Dalí Museum, encierra la mayor colección del mundo tras la de Figueres. Y toda privada. Más de 2.000 piezas entre las que se encuentran 96 pinturas, dibujos, fotografías, esculturas y vídeos de todas sus épocas. Las más antiguas, Paisaje (1910) y Fiesta en Figueres (1914), pasando por varias piezas de los años 30, momento en el que empieza su conversión al surrealismo, y obras de gran formato como El torero Alucinógeno, El descubrimiento de América por Cristóbal Colón o Santiago El Grande.

Para encontrar respuesta al caso hay que rebobinar hasta 1940, cuando Salvador Dalí y su esposa Gala huyen a Nueva York desde una Europa arrasada por la guerra. Dos años después, Albert Reynolds Morse, heredero de una compañía de explotación minera, descubre junto a su prometida la obra del pintor en una retrospectiva que le dedican en el Museo de Arte de Cleveland (Ohio). Y ahí se produce el clic. En 1943, con motivo de su boda, la pareja se da el capricho y por 1.250 dólares adquieren el cuadro Daddy longlegs of the evening — Hope!’ (Araña patas largas de tarde - ¡Esperanza!). Se trató de la excusa perfecta para que poco después ambas parejas se conocieran en Nueva York. Fue el primero de muchos encuentros que en las siguientes cuatro décadas se repetirían por todo Estados Unidos, Paris o la casa del pintor en Port Lligat.

Unos jardines recrean parcialmente el paisaje de la Costa Brava. Una roca fue donada por el Ayuntamiento de Cadaqués

Si durante el periodo londinense de Dalí, otro adinerado, Edward James, lo apoyó comprándole numerosas obras e incluso colaborando codo con codo en la creación de iconos del surrealismo como el Teléfono-Langosta y el Sofá de los labios de Mae West, los Morse tomaron el relevo en su exilio americano. Una amistad que se mantuvo hasta la muerte, soportando incluso las embestidas de la mentalidad tradicional de los patriarcas de la familia Morse, escandalizada por las extravagancias del artista catalán.

El cómo esta colección terminó en St. Petersburg tiene una explicación más trivial. Hasta finales de los 70, Albert Reynold Morse y su esposa Eleanor la repartieron por las salas de su residencia privada en Cleveland, primero, y luego en un espacio adyacente a las oficinas de su empresa. Pero anticipándose a la posible dispersión de todas las obras en cuando fallecieran, y a la carga de impuestos que suponía poseer una colección ya por entonces valorada en 50 millones de dólares, deciden buscarle un nuevo destino para blindar su futuro. Una nota que publican en The Wall Street Journal para donar todas sus obras llama la atención de la clase política y empresarial de St. Petersburg, que echa el resto para acoger la colección a partir de 1982. Después de casi treinta años alojada en una bodega marítima, se inaugura el espectacular edificio que visitamos. En sí, otra obra puramente daliniana, mezcla de razón y fantasía, en cuya arquitectura el arquitecto de la firma HOK Yann Weymouth (para el anecdotario, hermano de Tina, la bajista de Talking Heads), plasma gran parte de su temática.

La institución recibe 300.000 visitantes de media cada año

Por fuera, una cúpula hecha con 1062 cristales triangulares, y más allá, unos jardines de disposición matemática con recreaciones parciales del paisaje de la Costa Brava, incluida una roca donada por el Ayuntamiento de Cadaqués. Una espectacular escalera en forma de espiral a modo de ADN preside el interior, alrededor de la cual se disponen las distintas galerías, un restaurante temático y, según la web del museo, “la mayor colección del mundo de merchandising inspirado en Dalí”. Todo ella con un calendario permanente de eventos, como la exposición temporal Warhol: Art. Fame. Mortality, que hasta el 26 de Abril y conecta ambos artistas, u otros un poco bizarros como el que propone sesiones de Yoga relacionadas con Dalí cada domingo.

Aunque resulten difíciles de entender, ya se sabe que en cuestiones de marketing, poco se puede contar a los estadounidenses. Los 300.000 visitantes de media que recibe el museo cada año les vuelven a dar la razón.

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