Opinión
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Mejor tarde que nunca

La batalla que dan es casi siempre la misma Al revelarse la noticia, incrédulos o mixtificadores, los museos lo niegan

'Odalisca', de Henri Matisse, una de las obras expoliadas.
'Odalisca', de Henri Matisse, una de las obras expoliadas. Stedelijk Museum

La batalla que dan es casi siempre la misma. Ya sea en Francia, en Alemania, en los Estados Unidos y, ahora, en los Países Bajos.

Al principio, al revelarse la noticia, por la prensa o por los libros, incrédulos o mixtificadores, los museos lo niegan. Luego, a medida que la evidencia masiva y la opinión pública comienzan a pesarles, entonces, al cabo de largas reuniones llenas de aprensión y de escrúpulos, con la punta de la lengua los conservadores admiten que sí. Acreditan, entonces, las nuevas versiones, las de las ventas forzadas, las del saqueo. Algunos, para ganar tiempo; otros, sin saber muy bien cuál es el próximo paso a dar. Y esperan un tiempo y vuelven a esperar otro. Finalmente, al cabo de largos años, como hoy lo celebran los museos de Holanda, hacen públicas las listas definitivas de las obras saqueadas que se encuentran en su posesión o realizan una exposición nacional, como lo hizo Francia, para que los visitantes vengan a reclamar lo que les pertenece.

Explican su generoso acto a la prensa, cuidando no revelar su propia historia, sin trasfondos, sin memoria. No desean hacer recordar la ley tácita de los museos: una vez que una pieza entra, no debe salir nunca más, pues es esencial hacer olvidar que en los años de la inmediata posguerra el reino de los Países Bajos ingresó en sus colecciones nacionales cientos de obras robadas por los nazis rechazando toda reclamación por parte de sus legítimos propietarios. Así ocurrió con la legendaria colección del marchante holandés Jacques Goudstikker, compuesta por más de mil obras del Siglo de Oro de los Países Bajos. Su viuda dio la batalla desde 1946 hasta que en 1952 se rindió ante tanta absurdidad. Luego hubo que esperar a 1998 y a la investigación del periodista Pieter den Hollander para que, esta vez, la viuda del hijo de Jacques Goudstikker retomara el testigo y lograra, luego de ocho años de peticiones y de exigencias, en 2006, la restitución parcial tras décadas de pleitos, de demandas, de batallas.

Las 139 obras presentadas en la web de la Asociación Holandesa de Museos nos proporcionan una rápida síntesis del asunto del saqueo nazi. Incluyen arte vendido bajo presión del 1933 al 1940 y arte robado directamente por los alemanes. Las dos fases del saqueo.

Cuando las tropas del Führer ocuparon el país se toparon con obras clásicas de las que gustaban y con otras prohibidas en el Reich. Así, las codiciadas pinturas y dibujos de artistas del Gran Siglo holandés, como Ferdinand Bol o Van Goyen, considerados por los nazis parte integrante de la Historia del Arte germánica, que incluía a los Países Bajos, como a Flandes o a Escandinavia. Y, por otra parte, la bella odalisca de Matisse y unas obras de Kandinsky. Las cuatro, obras producto de mentes degeneradas, como describió Hitler al arte moderno en sus embarulladas memorias, Mein Kampf.

La historia es, también, memoria, choque de fuerzas, soluciones. No debemos olvidar que esta decisión holandesa de publicar las listas de obras saqueadas llega tarde, luego de muchas adversidades y desgracias y desplantes. Llega tarde, aunque lo que importa, para nosotros, los que nos podemos aún enterar, es que llega. Mejor tarde que nunca. Por fin.

Héctor Feliciano es autor del libro El museo desaparecido (Destino), sobre el expolio artístico de los nazis durante la II Guerra Mundial.

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