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Cuándo se arregló Perú

Invención como principio activo y moralidad. Pocos laberintos tan amenos y tan razonables a la vez como 'El héroe discreto', nueva novela de Mario Vargas Llosa

Tras una serie de novelas con personajes históricos, Vargas Llosa vuelve a la Piura de su infancia y adolescencia.
Tras una serie de novelas con personajes históricos, Vargas Llosa vuelve a la Piura de su infancia y adolescencia.

A la entrada de la última novela de Mario Vargas Llosa, un exergo de Jorge Luis Borges recuerda a los narradores que “nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”. Es patente que a los lectores de ficciones nos basta con disfrutar del laberinto y disponer de un cabito del hilo que nos ofrece generosamente el autor. Y, por supuesto, forma parte de nuestro placer el reconocer la procedencia del mismo. El lector de El héroe discreto —un título risueño, propio de fábula moral, que encierra alusiones a sendos marbetes de Baltasar Gracián, sobre los que volveré— reconocerá enseguida la progenie de algunos personajes de esta nueva historia. El afanoso, sufrido y honradísimo sargento Lituma ha ascendido un grado desde la novela Lituma en los Andes, donde aquellas virtudes fulgían entre el horror del Perú rural asolado por la secta de Sendero Luminoso. Y antes había sido también uno más de la pandilla de “Los inconquistables” en La casa verde, primera vista de la ciudad norteña de Piura en la narrativa de Vargas. Del mismo modo, el caballero soñador y pragmático, erotómano y refinado, don Rigoberto, procede de Los cuadernos de don Rigoberto, lo mismo que su segunda esposa, Lucrecia, y su hijo Fonchito, de quienes también supimos por Elogio de la madrastra.

Y es que el numen y la ley interior de El héroe discreto parecen ser el reencuentro y la coincidencia, al igual que en las novelas bizantinas (a las que a menudo se parece la nuestra) lo es la revelación de identidades; tanto en una como en otras, se trata de aguardar a que, tras la peripecia nítida pero intrigante, llegue el final feliz y justiciero. A despecho del realismo verificable que se busca, nos hallamos en una modalidad de este que es idealista y dialéctica, a la par. Todas las piezas encajan y todos los personajes se ganan su condigno final o al menos un testimonio de su mérito, como en el caso del pobre chino Lau, protegido de Felícito Yacané. Nadie se queda sin su recompensa o su castigo: lo segundo es el caso de los mellizos y herederos de don Ismael, a quienes llaman “las hienas”, o de Miguel, el hijo traidor de don Felícito; ejemplo de lo primero es el reconocimiento de Tiburcio, el hijo leal, o el cumplimiento final de la pasión devoradora que el capitán Silva ha sentido por el próvido trasero de Josefita, desde que inició la investigación de las denuncias de su patrón. Lo único que permanece en la penumbra del misterio jocoso son las apariciones de don Edilberto a Fonchito. ¿Se trata de un Mefistófeles muy venido menos? ¿De un misterioso llorón que ha hecho suyas todas las desdichas del mundo? ¿De un pedófilo cauto e inofensivo? ¿De una invención del muchacho malcriado? ¿O de un explícito homenaje al Doctor Faustus, de Thomas Mann, por parte de don Rigoberto, el diletante que compara con pasión las versiones grabadas de Robert Schumann?

Pocos laberintos tan amenos y tan razonables, a la vez, como esta novela de Vargas Llosa. “Dios mío —dice el narrador, quizá por boca de don Rigoberto, o de su esposa Lucrecia—, qué historias organizaba la vida cotidiana; no eran obras maestras, estaban más cerca de los culebrones venezolanos, brasileños, colombianos y mexicanos que de Cervantes y Tolstói, sin duda. Pero no tan lejos de Alejandro Dumas, Émile Zola, Dickens o Pérez Galdós”. Repárese que la preventiva autocrítica acompaña al elogio de un modo de imaginar la casualidad, lo que no es pequeña cosa. Como se ha apuntado, El héroe discreto es una apuesta a favor de la invención como principio activo y de la moralidad como resultado final, cosas que tienen algo, o mucho, de cervantino. ¿No cabría pensar, en tal sentido, que el viaje final con que se obsequian las dos parejas protagonistas —Rigoberto y Lucrecia, Felícito y Gertrudis— y que llevará a todos a Roma es un implícito remedo del final del Persiles, donde la peregrinación religioso-moral tiene un sentido simbólico que aquí se queda en laico autohomenaje turístico?

Mario Vargas Llosa se ha divertido, sin duda, componiendo una novela doméstica y trepidante sobre los regresos desde las demasías hacia el orden, que tiene también mucho de retorno personal al mundo que conoció y narró de otro modo hace cuarenta o treinta años. Es una vuelta a la Piura de su infancia y adolescencia —la ciudad donde la exclamación común es “che guá” (como recuerda la secretaria Josefita) y donde don Rigoberto no duda en solicitar el manjar local “seco de chavelo”, que es un aliño de carne cecina— y también a la Lima burguesa de su juventud, fachendosa y cruel, del barrio de Miraflores y del Barranco. Pero ni Lima ni Piura son ya lo que eran… Si en el inolvidable arranque de Conversación en La Catedral nos quedábamos sin saber cuándo se jodió Perú, en las páginas de El héroe discreto estamos en condiciones de enterarnos de cuándo empezó a arreglarse. Porque también tiene su moraleja sociopolítica que don Ismael pueda vender su eficiente y acreditada compañía de seguros a una empresa multinacional italiana, Generali, mientras que Felícito Yanaqué sigue al frente de su empresa de autobuses a la que ha bautizado con el nombre de Narihualá, el más conocido de los yacimientos preincaicos del departamento de Piura. La alta burguesía limeña capitaliza sus esfuerzos de muchos años y la emergente clase media empresarial autóctona persevera en su esfuerzo por modernizar el país. Lucrecia, Rigoberto y Fonchito apreciarán el buen gusto de un nuevo centro comercial en el centro de Piura, faz amable de la globalización. Y Rigoberto verá con reprobación los jóvenes parapentistas que sobrevuelan las playas de la costa limeña. A pesar de los pesares, todo ha venido a ser mejor que antes…

Las dos historias paralelas (y en el fondo, casi idénticas) de don Ismael y Felícito convergen en la ejecución de dos sabias justicias privadas y el inicio de dos proyectos de futuro: la felicidad de la criada Armida, premiada en el primer caso, y la garantía de que Tiburcio continuará con denuedo al frente de la empresa de su padre. Indudablemente, Felícito, el cholo desengañado, juicioso y trabajador ha venido a reunir —y válganos Gracián, de nuevo— los valores de quien sabe sobreponerse a la adversidad y a la humillación y actuar con el tino que la discreción requiere: como recuerda Gracián, “fuerte es la verdad, valiente la razón, poderosa la justicia; pero sin el buen modo, todo se desluce, así como con él, todo se adelanta”.

 

El héroe discreto. Mario Vargas Llosa. Alfaguara. Madrid, 2013. 392 páginas. 19,50 euros