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OBITUARIO

Francisco Márquez Villanueva, cervantista transterrado

Catedrático emérito de Harvard, era una autoridad mundial en el Siglo de Oro

El hispanista Francisco Márquez Villanueva, en 2009, durante una visita a Sevilla.
El hispanista Francisco Márquez Villanueva, en 2009, durante una visita a Sevilla.

Francisco Márquez Villanueva (Sevilla, 1931), fallecido en Boston el sábado a los 82 años, gustaba de definirse a sí mismo como “cervantista, sevillano y exiliado”, con lo cual quería sintetizar los aspectos de su peripecia vital que consideraba los más expresivos de su íntimo sentir. Había nacido poco antes de la ilusionada proclamación de la Segunda República y había estudiado en un centro docente de gran arraigo, el San Francisco de Paula, por el que siempre mantendría un cariño magnificado por la nostalgia. Su doctorado en la Universidad de Sevilla parecía indicar el futuro de su investigación, ya que versó sobre un autor converso, Juan Álvarez Gato, pero su relación con el mundo universitario hispalense terminaría prácticamente ahí, ya que el mismo año de 1958 abandonaría sus aulas para no regresar prácticamente nunca más.

Ese mismo año decidió exiliarse a las Américas (como también hiciera poco después otro ilustre profesor de la misma universidad, Guillermo Céspedes del Castillo), buscando para desarrollar su vocación, y llevar a cabo sus investigaciones, un ambiente más acogedor que el de aquella triste Sevilla del franquismo, de irrespirable ambiente represivo y nacionalcatólico. A partir de entonces se inicia su brillante carrera de investigador y de profesor, que le llevaría como invitado (en diversos momentos de su vida) a varios centros universitarios americanos y europeos de prestigio. En Estados Unidos pasaría a integrarse en 1978 en el departamento de Lenguas Románicas de la Universidad de Harvard, donde sería profesor de investigación de la cátedra Arthur Kingsley Porter y catedrático emérito tras su jubilación.

La mera mención de su obra llenaría el resto de esta breve nota, ya que su bibliografía cuenta con más de una veintena de libros y cerca de dos centenares de artículos. De ahí que sea preferible reseñar las temáticas más frecuentadas por el insigne investigador, al principio muy inspiradas por la obra de Américo Castro, luego en permanente diálogo con la de otros grandes intelectuales como Marcel Bataillon.

Cervantista en el exilio, escribió algunas de las mejores páginas sobre el gran escritor, especialmente las que integran el espléndido volumen Personajes y temas del Quijote. Castrista de filiación, como también hemos señalado, una de sus dedicaciones mayores se refieren al mundo de los conversos y, más ampliamente, al mundo de las aportaciones de los autores de ascendencia judía o islámica a la formación de la cultura española del Siglo de Oro, con obras igualmente insoslayables, como El problema de los conversos: cuatro puntos cardinales, El problema morisco desde otras laderas o De la España judeoconversa: 12 estudios, además del prólogo al clásico La clase social de los conversos, de otro grande de la investigación del siglo XX, Antonio Domínguez Ortiz, todo lo cual podría converger en el recientemente publicado Moros, moriscos y turcos en Cervantes.

También hay que mencionar por fuerza su contribución al conocimiento de otra de las grandes creaciones literarias hispanas (Orígenes y sociología del tema celestinesco) y un libro indispensable por el que muchos sentimos verdadera debilidad: Santiago, trayectoria de un mito, donde desmonta con una finura crítica insuperable la fábula de la venida del apóstol a España: “Basada en muy poco más que leyendas y tradiciones críticamente infundadas, la historia del hecho jacobeo se avala en la autosuficiencia de una naturaleza mítica… Es un mundo de leyendas, de apócrifos y de distorsiones muy alejado de toda historia convencional”.

Finalmente, sevillano, a pesar de que, como muchos otros (recordemos a José María Blanco White o a Antonio Machado), siempre mantuvo con su ciudad una relación ambigua de amor profundo, pero también de reticencia razonable, por cuanto sabía que (pese a serle concedido por la Junta de Andalucía el merecido título de Hijo Predilecto en el año 2004) solo podía volver a ella puntualmente (una conferencia, el homenaje de unos pocos cabales, la invitación individual de algún amigo), aunque siempre pudiese contar con el cariño nunca desmentido de su antiguo colegio de San Francisco de Paula, donde se custodia parte de su biblioteca.

Intelectual comprometido con la tolerancia, con el diálogo, con la educación y con la ciencia y que añoró siempre a su patria española (pese a la actitud de madrastra con que generalmente se le presentara), creo que tampoco ahora, como en la época de su exilio, se sentiría a gusto con unos gobernantes que precisamente se distinguen por su recalcitrante insensibilidad hacia la ciencia y la cultura.

Carlos Martínez Shaw es catedrático de Historia Moderna de la UNED y miembro de la Real Academia de la Historia.