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OPINIÓN

Pequeños placeres en Llafranc

Gemma Rovira, traductora y amiga personal de Tom Sharpe, recuerda al escritor fallecido

El escritor Tom Sharpe en Llafranc (Costa Brava).
El escritor Tom Sharpe en Llafranc (Costa Brava).

Despierto con la noticia de la muerte de Tom Sharpe, y a mi tristeza se une el pesar de que mi camino se cruzara tan tarde con el suyo.

Nos conocimos en Llafranc hará unos diez años, a través de Montse Verdaguer, su amiga y médico de cabecera. Montse me propuso, a raíz de una conversación intrascendente en su consulta, que lo ayudara a transcribir una novela que estaba escribiendo. Por lo visto, la máquina de escribir y el ordenador, artilugios diabólicos, se le resistían.

Tom me recibió en su casa de Llafranc, concretamente en la buhardilla habilitada como despacho, llena de libros y fotografías, con varias mesas donde se amontonaban volúmenes y papeles sin excesivo desorden. Consciente, quizá, de que debía de imponer un poco a alguien que conociera su trayectoria, se esforzó por hacerme sentir cómoda y crear un ambiente acogedor. Y como si agradeciera el pretexto de la visita para romper la rutina, pese a tener cierta dificultad para moverse, no dudó en hacer varios viajes a la cocina de la planta baja (en ascensor, eso sí) y agasajarme con cafés y licores.

En ese pueblecito de la Costa Brava fue donde el escritor empezó refugiándose, la mitad del año, de los rigores del invierno inglés; luego fue alargando esas estancias hasta hacer de Llafranc casi su residencia fija. Y verdaderamente, en su casa, en un tranquilo barrio residencial no muy apartado del centro, se respiraba una atmósfera de intimidad y sosiego. Allí vivía ajeno a su propia fama, y podía pasar desapercibido incluso cuando paseaba frente al mar o se sentaba en una terraza a tomar su aperitivo. Parecía perfectamente integrado en aquel entorno, en buena sintonía con el carácter ampurdanés, y los vecinos, pese a que Tom nunca aprendió a hablar catalán, sentían por él cariño y respeto.

No pude evitar confesarle que mis primeras lecturas en inglés, cuando todavía ignoraba que acabaría dedicándome a la traducción y sólo leía por placer, habían sido sus novelas; debió de percibir mi admiración, pero Tom Sharpe tenía la virtud de la modestia, que, combinada con la curiosidad, impedía que vieras en él otra cosa que no fuera una persona asequible y en absoluto endiosada. Lejos de intentar apabullarte, se interesaba por conocerte, descubrir eso que nadie más que tú podías aportarle, y compartir contigo sus pequeños placeres, como un plato de deliciosos sonsos, un buen vino, una sobremesa relajada en el restaurante junto al faro, contemplando el horizonte; o divertidas anécdotas que, de no haber sido corroboradas por testigos, yo habría creído extraídas de sus desternillantes libros.

Se mostró agradecido por el favor que le había hecho (estaba maravillado de que hubiera sido capaz de descifrar su caligrafía, y ahora que lo pienso, no sé cómo lo hice). Aquella mirada azul y aquella sonrisa de pillín no dejaban lugar a dudas: a su avanzada edad, y pese a su estatura, Tom Sharpe tenía más de niño que de gigante. Era de esos personajes que no pretenden demostrarte el gran volumen de su saber ni impresionarte con sus experiencias.

Más tarde me propuso traducir una de sus novelas, Wilt no se aclara, como dando por hecho mi idoneidad para la tarea. Acepté el encargo encantada, dispuesta a lidiar con los hábiles juegos de palabras, el humor indecoroso y el lenguaje irreverente que tanto me habían divertido en la adolescencia. Además gocé del privilegio de consultarle las dudas que planteaba la traducción de su libro, que él, como era de esperar, resolvió con naturalidad y autorizándome a tomar mis propias decisiones.

Luego hubo dos colaboraciones más, La herencia de Wilt y Los Grope. Conservaré esos tres ejemplares, dedicados por el autor con una generosidad desmedida, como recuerdo de una relación sin parangón con un autor, y de una amistad breve pero irrepetible.

Gemma Rovira es traductora de Tom Sharpe y amiga personal del escritor.