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crítica de 'hijo de caín'

Tenemos que hablar de Pau

El guion maneja bien los códigos clásicos y contiene interesantes complementos dramáticos

David Solans, en 'Hijo de Caín'.
David Solans, en 'Hijo de Caín'.

¿Es el mal una característica constitutiva de nuestra vida? ¿El criminal nace o se hace? ¿Nos quedamos con Rousseau y su mito del buen salvaje o acudimos a Hobbes y su hombre como lobo para el hombre? ¿Era otro loco el criminólogo del siglo XIX Césare Lombroso cuando afirmaba que las causas de la criminalidad eran puramente físicas y biológicas? ¿Existe realmente una propensión al mal en individuos con una malformación en el cortex cerebral?

HIJO DE CAÍN

Dirección: Jesús Monllaó.

Intérpretes: José Coronado, David Solans, María Molins, Julio Manrique, Jack Taylor.

Género: intriga. España, 2013.

Duración: 95 minutos.

La filosofía, la medicina, la psicología, la sociología y hasta la teoría política se han acercado reiteradamente a un tema en muchos casos tabú, mientras el cine se aprovecha de ello para hacer repetidas películas con el mal en estado puro instalado en cerebros infantiles o adolescentes. Y no hace falta irse al hijo del demonio de La profecía para encontrar chavales maléficos por naturaleza: de Esos tres a su secuela, La calumnia; de El buen hijo a Tenemos que hablar de Kevin, los intentos, más o menos terrenales, han sido reiterados, y quizá por ello el estreno de Hijo de Caín conlleve ya, también como un gen autoimpuesto, esta vez cinematográfico, su gran defecto: la sensación de ya vista. Aun así, sería un error desdeñar el debut de Jesús Monllaó en el largo, porque estamos ante un digno acercamiento al cine de (sub)género, a la intriga psicológica, variante adolescente, donde volveremos a hacernos la gran pregunta: ¿el mal nace o se hace?

El guion de Sergio Barrejón y David Victori, basado en una novela de Ignacio García-Valiño, maneja bien los códigos clásicos, y contiene interesantes complementos dramáticos que ayudan a envolver, ya sea de simbolismo, ya sea de psicología, una trama con la que nunca se pierde el interés, a pesar de que, a fuerza de experiencia y repetición, la capacidad de sorpresa se haya perdido un tanto. Así, entre otros, el ajedrez, el pasado común entre dos de los personajes y la sumisión como defecto irremediable constituyen aditamentos básicos de una película a la que solo en contadas ocasiones se le notan los costurones. Muy en la línea de El buen hijo, aquella película de los noventa con Macaulay Culkin en pleno giro a su incipiente carrera, Hijo de Caín solo fuerza la verosimilitud en el innecesario asunto de la natación (he ahí un costurón, provocado seguramente por la elección de escenario), y, aunque le falte brillantez para trascender el mero entretenimiento, se configura como un estimable ejercicio comercial.