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Una vida de película

Gary Cooper, Sara Montiel, Denise Darcel y Burt Lancaster, en el rodaje de 'Veracruz' (1954), de Robert Aldrich.
Gary Cooper, Sara Montiel, Denise Darcel y Burt Lancaster, en el rodaje de 'Veracruz' (1954), de Robert Aldrich.

Cabría pensar en la mala suerte de la dama del cuplé al tener que cederle protagonismo a la dama de hierro, pero analizando las razones por las que la británica reina hoy en las secciones de necrológicas de todos los periódicos del mundo creo que la manchega sale triunfante por una razón de carácter histórico: es difícil que una cómica tenga el poder de empeorar el mundo.

Leo hoy un retrato algo camp que le hacía en 2003 el escritor Francisco Umbral, y dejando a un lado ese estilo ligero y descarado que uno envidia en estos tiempos espesos, el cronista, fiel a su naturaleza misógina, le leía la cartilla a la Antonia por estar aireando el romance que mantuvo, cuando casi era una niña, con el dramaturgo Miguel Mihura. Umbral definía a Mihura como un caballero por no haber dicho ni mú, y a la Antonia como una bocas (la palabra la pongo yo) por contar que se acostó con la crema de la intelectualidad. Por resumirlo de manera castiza. Se ve que lo que una chica tiene que contar después de acostarse con un señor mayor y volverle loco (según ella) es que dicho señor la enseñó a leer y a escribir. Que la alfabetizó.

Pero cuando la Montiel comenzó a soltar por esa boca siempre entreabierta algunos de sus recuerdos húmedos ya llevaba la actriz muchos guiones leídos, igual que Umbral se había ganado un prestigio aireando aireando en las novelas sus affaires con señoritas por todos conocidas aunque las escondiera un poco tras la mayúscula del nombre propio. Pero se ve que hay cosas que están bien o mal dependiendo de quien las cuente.

Sara Montiel fue, más que una gran actriz, más que cantante, más incluso que una mujer jaquetona, una mujer que se valió de su popularidad para llevar una vida más libre que aquella que se podían permitir las mujeres españolas de su generación. Esa es la impresión que la diva me produjo en el encuentro que propició Javier Rioyo hace un año, en un restaurante cercano al Instituto Cervantes de Nueva York. Javier, acostumbrado a sonsacar anécdotas a todas esas viejas glorias de la cultura que él ha frecuentado tanto, pidió unos margaritas y tiró de la lengua a Saritísima, que no ofreció resistencia y comenzó a hilvanar un capítulo de su vida con otro, despacio, con ese ritmo al hablar algo zarzuelero, que dividía las palabras en sílabas. No hablamos de cine, sino de amantes: de Mihura, el discreto solterón, a Severo Ochoa, el discreto casado. Y como para probar que lo que contaba era cierto se afanaba igualmente en desmentir esos rumores que se dejan caer en ese tipo de prensa canalla a la que ella acabó teniendo tanto rechazo. ¡No es cierto que yo haya tenido nada con el Rey!, nos dijo. Es más, continuó, en una recepción que tuve con la reina Sofía la saludé y en mi saludo le di a entender que eso jamás había ocurrido, que podía estar tranquila. Me resultó muy cómico, y no me atreví a preguntarle cómo, en un acto protocolario, una cómica deja caer a una reina que no es cierto lo que se anda diciendo por ahí.

Contaba historias e historietas, algunas tenían trazas de ser reales y otras parecían fabuladas con el tiempo, como a veces ocurre en la mente de los ancianos. Me resultó más creíble su relación con Severo Ochoa, por ejemplo, que ese otro capítulo en el que se convertía en adalid de los derechos civiles, montando un número que incluyó el estampar loza contra el suelo en un restaurante neoyorquino en el que no le daban mesa por ir con su amiga Billie Holiday. ¿Quién no trata de engrandecer su propia vida cuando ya no tiene nada que ganar? Ni que perder. No sé si alguien reunirá la paciencia de reconstruir la vida de Antonia, Sarita, Sara, Saritísima y separará la realidad de la fantasía. En España somos más de necrológicas, pésames y golpes de corazón y adiós muy buenas. Pero sería una pena no contar la verdadera historia.

Yo la conocí ya torpe, media ciega y algo sorda, pero mantenía en su tono y en su conversación una especie de descaro juvenil, que debía ser el aspecto más primario e incombustible de su carácter.

Tras el artículo que publiqué sobre ella me llamaron, para mi asombro, algunas televisiones y algunas radios pidiéndome que hablara sobre la vida y obra de la diva. Pero yo no sé más que lo que ustedes saben. Tuve la oportunidad, eso sí, de compartir unos cócteles con una anciana que me cayó estupendamente, porque daba la impresión de haber hecho de su capa un sayo. Y para mí esa es la prueba de que, a pesar de todo, la vida merece la pena.

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