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LIBROS/ ENTREVISTA

Huellas en la arena del tiempo

Goce Smilevski se ha convertido en un fenómeno en Europa gracias a su novela 'La hermana de Freud', un éxito internacional. El libro, que ahora aparece en español repasa la vida del pensador a través de la tragedia de Adolphine

Fotografía de la familia de Jacob Freud tomada en 1876. De pie, a la izquierda, el joven Sigmund, y sentada, a la izquierda, la pequeña Adolphine.
Fotografía de la familia de Jacob Freud tomada en 1876. De pie, a la izquierda, el joven Sigmund, y sentada, a la izquierda, la pequeña Adolphine.

Esta es una historia de perdedores. La de Adolphine Freud, cuarta de las cinco hermanas de Sigmund Freud, seis años menor que él, crecida a la sombra del genio de Viena. Su vida, sin embargo, se desarrolló en la periferia de la fama, y tuvo un final terrible y anónimo en los campos nazis de exterminio. Pero, cosas del destino, Adolphine ha entrado en el pabellón de notables de la historia gracias a una novela bendecida por la crítica y los lectores, La hermana de Freud, publicada en 2010, traducida a 30 idiomas y premiada por la Unión Europea, que ahora edita Alfaguara en español. Su autor, el macedonio Goce Smilevski (Skopje, 1975), se crió en el orfanato donde trabajaba su madre, y convivió desde la infancia con los relatos —hay que suponer no precisamente felices— de los niños internos. Smilevski estudió en Praga, Budapest y en la Universidad de los Santos Cirilo y Metodio de Skopje, en cuyo Instituto de Literatura trabaja actualmente, y desde donde ha hablado con EL PAÍS a través de Internet.

PREGUNTA. Hay muchos libros sobre Sigmund Freud. Este es el primero sobre una de sus cinco hermanas, Adolphine, Dolfi. Usted lo escribió porque quería “rescatar en la ficción una de las muchas vidas olvidadas por la historia”. ¿Ha sido injusta la historia con ella?

RESPUESTA. Creo que la historiografía es injusta por definición. Está obsesionada con los que mandan, con la gente influyente y poderosa, mientras que el recuerdo de la gente corriente muere con quienes les conocieron. Adolphine Freud pasó toda su vida junto a su hermano, del que sabemos muchas cosas, tanto importantes como triviales (incluido el detalle de dónde compraba sus puros y cuántos se fumaba al día), y en cambio no sabemos casi nada de lo que podríamos llamar la vida personal de ella, sus penas y sus alegrías. Visto desde esta perspectiva, Adolphine es una metáfora de la gente olvidada, de aquellos cuyas vidas fueron —si es que no hay nada más que este mundo material— menos que huellas en la arena del tiempo. Su voz narrando esta novela es un eco de las voces de la gente que tuvo una vida parecida a la suya, y que desapareció de la Tierra sin dejar nada que recuerde su existencia.

La hermana de Freud se articula sobre un terrible dato: Sigmund Freud abandonó la Viena ocupada por los nazis en 1938, rumbo a Londres. Le acompañaron en este viaje sin retorno, además de su perro, una lista de personas elegidas por él, en la que no figuraban sus hermanas. Adolphine, Marie, Pauline y Rosa (Anna, la quinta, vivía en Estados Unidos) fueron deportadas en el otoño de 1942, y fallecieron poco después en los campos de exterminio. Adolphine y Pauline, en Treblinka; María, en Theresienstadt, y Rosa, en Auschwitz.

P. Aunque su novela es un trabajo de ficción, el lector tiene la sensación al leerla de que Freud fue responsable de la trágica muerte de sus hermanas. ¿Hay datos suficientes como para concluir que podía haber hecho algo más para ayudarles a escapar de los nazis?

R. Espero que los lectores no perciban la novela como un intento de culpar a Freud de lo ocurrido con sus hermanas. Desde luego podría habérselas llevado a Londres con él, pero no podía suponer en ningún caso lo que iba a ocurrirles, no sabía que sus vidas terminarían en los campos de concentración. Sabía, eso sí, que iban a llevar una vida difícil en la Viena ocupada por los nazis, pero no podía imaginar que serían enviadas a los campos de exterminio.

P. Freud escribió más de veinte libros y alrededor de 20.000 cartas, de las que se han conservado unas 10.000. Supongo que habrá sido un material útil para construir su novela.

R. La mayoría de las cartas que se conservan no son aún accesibles al público. Las que ya se han publicado me resultaron muy útiles para mi libro, para entender la relación de Freud con su familia y sus conocidos.

P. Su novela dedica un tributo a los enfermos mentales que han padecido incomprensión y exclusión a lo largo de la historia. Adolphine Freud pasó siete años en un psiquiátrico de Viena, ¿sufrió trastornos de este tipo?

R. Sigmund Freud la describe en sus cartas como una persona muy sensible, y su hijo Martin, que escribió un libro sobre la vida de su padre, en el que intenta explicar cómo eran las relaciones familiares, cuenta que, en la familia Freud, Adolphine estaba infravalorada, que todos la consideraban tonta y ridícula (¡son las palabras que usa Martin Freud en sus memorias!) y podemos suponer que todas las tragedias interiores surgidas de esta hipersensibilidad fueron consideradas como algo tonto y ridículo por la familia, y que tuvo que hacer frente a su melancolía en soledad, sintiendo el vacío de los que eran, al menos por lazos de sangre, las personas más próximas a ella.

El macedonio Goce Smilevski, autor de 'La hermana de Freud'.
El macedonio Goce Smilevski, autor de 'La hermana de Freud'.

P. La frase con la que se inicia el capítulo en el hospital mental El Nido de Viena: “Todas las personas normales lo son de la misma manera, cada loco lo es a su manera”, es un homenaje a Anna Karenina. ¿Es Tolstói una de sus fuentes de inspiración?

R. Lo es desde que era un niño y leí su trilogía, Infancia, Adolescencia y Juventud. En esa época tenía una reproducción de su retrato en mi habitación. Desde entonces he leído todas sus novelas, pero mi preferida sigue siendo Padre Sergio.

P. En su novela, pinta un retrato terrible de Amalia Freud, la madre de Sigmund y Adolphine. ¿Era realmente un ser tan tremendamente cruel con su hija?

R. Hay documentos escritos, como cartas, por ejemplo, que prueban lo cruel que Amalia era con Adolfine. Y de nuevo hay que recurrir a Martin Freud, que nos cuenta, y cito textualmente: “Amalia suprimió su personalidad manteniéndola en una situación de dependencia de la que nunca pudo recuperarse”.

P. La hermana de Freud le valió en 2010 el premio de Literatura de la Unión Europea y el Premio a la Cultura Mediterránea, además de recibir el aplauso general de la crítica. La escritora estadounidense Joyce Carol Oates considera que su libro es “una especie de biografía en la sombra de Sigmund Freud, altamente crítica con el gran hombre”. ¿Está de acuerdo con esta apreciación de Oates?

R. Los humanos, ya se sabe, tenemos tendencia a idealizar, especialmente a las figuras públicas, pero hay que entender que Freud era una persona normal, como todos los demás nacidos en esta Tierra, y no deberíamos olvidarlo, llevados por el hecho de que fuera uno de los más grandes pensadores. Era un ser humano corriente, como lo fueron otros grandes pensadores como Platón o Maquiavelo, por ejemplo.

P. La hermana de Freud introduce al lector en una época crucial como es el cambio de siglo entre el XIX y el XX, cuando comienza la revolución sexual, el feminismo, y la psicología inicia su andadura hacia los tiempos modernos. Una época nada fácil para las mujeres, como vemos por las vidas de la propia Adolphine o de la hermana de Gustav Klimt, Klara. ¿Es consciente de haber escrito una novela sumamente feminista?

R. No sé si mi novela es feminista, lo que sé es que es una obra sobre personajes que se enfrentan a muchas dificultades para intentar que se les escuche en una sociedad sumamente opresiva. Una sociedad patriarcal, supresora de la personalidad femenina. Esa es la razón, supongo, por la que mi novela tiene ese punto feminista.

P. La hermana de Freud es su tercer libro. El anterior, Conversación con Spinoza, se basaba también en una figura histórica. ¿Le interesan especialmente las recreaciones de personajes históricos?

R. Mi primera novela se desarrollaba en la actualidad. Pero es cierto que la segunda y la tercera lo hacían en el pasado. La verdad es que veo el tiempo con una perspectiva holográfica, en la que pasado y presente se reflejan entre sí.

P. Con 37 años, se ha convertido en un autor revelación, aunque en España aún no es muy conocido. ¿Cómo nació su vocación? ¿Qué autores prefiere?

R. Mi vocación surgió antes de aprender a leer. Crecí en un orfanato. Un edificio en el que vivía con otros doscientos niños. Mi madre trabajaba allí y cuidaba a unos 20 niños, casi como si fuera su madre, y cuando llegaba un niño nuevo, ella anotaba los acontecimientos más importantes de la vida del recién llegado. Se pasaban horas hablando, mientras mi madre anotaba en un gran cuaderno negro lo que le contaban los niños sobre los momentos de felicidad pasada y sobre los recuerdos trágicos. Yo les escuchaba, y aunque no entendía la mayor parte de lo que se decía, fui haciendo mis asociaciones infantiles y, recurriendo a la imaginación, los transformaba. Lo poco que entendí de aquellas conversaciones todavía lo recuerdo. A partir de entonces comprendí que mi historia no era la única y que tenía que intentar entender las historias de los demás, aun siendo consciente de que no podré entender ni siquiera mi propia vida, pero eso no me desmotiva, porque la necesidad de entender la propia vida y la de los demás bien merece dedicarles la existencia. Además de ser la fuente de la creación literaria.

Respecto a los autores que admiro, sería difícil nombrarles, porque son muchos. Pero si tengo que elegir, digamos tres autores, que son del mismo continente, de Sudamérica, elegiría a Ernesto Sábato, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez. Les leo y les releo continuamente.

P. Nació en Macedonia, parte de la antigua Yugoslavia. ¿Cómo están las cosas después de las guerras de los noventa?

R. Después de las guerras de los Balcanes todos los países de la región alternan estados de ánimo de apatía y de agonía.

P. ¿Y cómo se ve la actual crisis de la Unión Europea desde Skopje?

R. La Unión Europea reacciona a veces como si Macedonia estuviera en otro continente, y no en Europa. Y a veces, nosotros percibimos a Europa como si estuviera en otro planeta.

 

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