Este chimpancé podría ser su hijo

‘Proyecto Nim’ retrata el experimento real por el que una familia adoptó a un homínido Su director, el documentalista James Marsh, ganó el Oscar con ‘Man on wire’

El profesor Herbert Terrace se propuso en 1973 educar al chimpancé Nim como un ser humano.
El profesor Herbert Terrace se propuso en 1973 educar al chimpancé Nim como un ser humano.

Cuando Noam Chomsky proclamó que solo los humanos pueden asimilar un lenguaje no contaba con la figura de Nim Chimpsky. Nim es un chimpancé monísimo que alcanzó cierto interés mediático a mediados de los setenta por su diestro manejo gestual. Un profesor de psicología de la universidad de Columbia lo arrancó de los brazos de su madre primate para depositarlo en un hogar de intelectuales hippies del Upper West Side neoyorquino. El objetivo: comprobar hasta qué punto podría vivir como nosotros. En el excelente material de archivo recopilado por el documentalista James Marsh para Proyecto Nim, vemos al simpático hijo-mascota amamantado por su madre humana (una exalumna del profesor), jugando con sus hermanos, aprendiendo a vestirse, desatando el Edipo contra su padre poeta… “¡Eran los setenta!”, exclama en una de las muchas entrevistas filmadas su hermana, justificando el experimento de meter una criatura virtualmente peligrosa en casa.

Al arranque de la película, entrañable y naíf, le sigue la espiral tormentosa en la que cae el animal, sometido a los caprichos de sus sucesivos cuidadores humanos hasta –spoiler– ser desechado en un centro de experimentación de vacunas con chimpancés y rescatado en un rancho para animales maltratados. El libro que contó su azarosa historia, Nim Chimpsky, The chimp who would be human, de Elizabeth Hess, cayó en manos de James Marsh en un momento en que este se encontraba en un envite profesional. Acababa de conseguir el oscar por Man on wire, el documental que narraba la gesta del funambulista Philippe Petit y su empeño por suspenderse entre unas recién construidas Torres Gemelas en 1974. Los ojos de toda la industria cinematográfica estaban sobre Marsh, las exigencias del público, inevitablemente, también. Hasta el exigente tomatómetro de la web Rotten Tomatoes, que cifra en porcentaje la respuesta de la crítica, le había concedido un insólito 100% de frescura (la mejor nota de todo el extenso archivo de ese sitio).

Aunque llegue con retraso a las pantallas españolas, el director paseó hace dos años por los festivales del mundo presentando la película. Pudimos hablar con él en su parada en el Miami International Film Festival, donde se mostró relajado tras la recepción positiva obtenida en Sundance. “Los realizadores valemos lo que vale nuestra última película”, bromeaba, a pesar de su porte serio. “Los documentales suelen nacer de preguntas. Si algo genera muchas, es posible que hayas encontrado una historia interesante en la que ahondar. Con Man on wire fue: ‘¿Qué demonios lleva a un tipo a querer hacer algo así?’. En el caso de Proyecto Nim, podría haber sido la misma: ‘¿Qué demonios lleva a un tipo a hacer algo así… con un chimpancé?’. Cuando empecé a documentarme y rodar, pronto supe que había entrado en una concatenación de preguntas sin respuesta. ¿Hasta qué extremo es lícito educar a un animal como si fuera humano? ¿Cuánto podía llegar a parecerse a nosotros? ¿Qué pasa por su cabeza? ¿Se puede realizar un biopic de un animal? Nim no conoció a ningún otro chimpancé hasta que tuvo cinco años. En ese sentido, el experimento preservó cierta pureza y obtuvo unos resultados sorprendentes, pero nada concluyente. Mi conclusión personal es que la naturaleza de cualquier ser siempre estará por encima de la manera en la que lo críes”.

Nim llegó a compartir porros con sus cuidadores. Resultó que era un hedonista, como todos nosotros"

En su proceso de antropomorfización, Nim acaba reducido a un espejo deformado de nosotros mismos en pro de la ciencia. Marsh está de acuerdo, aunque matiza: “Alcanzó unas cotas comunicativas extraordinarias. A eso de los cinco años, manejaba con soltura un amplio repertorio de signos, con un vocabulario de más de 120 palabras. Y había desarrollado unas cualidades intelectuales propias. En última instancia, esos signos le sirvieron para persuadir a los humanos para conseguir cosas que se le antojaban. Si veía a sus cuidadores bebiendo cerveza, les pedía un sorbo. Como le gustaba, pedía más. Llegó incluso a compartir porros con ellos. Nim lo pedía, lo probaba y pedía repetir. Resultó que Nim era un hedonista, como todos nosotros. El deseo de experimentar emociones y estados alterados tiene mucho que ver con la naturaleza de los chimpancés, aunque cueste creerlo. Es una de las muchas cosas primigenias en las que conectamos y que me sorprendió descubrir”. Más que respuestas, el filme plantea un debate sobre la propia naturaleza humana, no la animal. Los salvajes somos nosotros. Y no resulta un viaje muy agradable de contemplar. “Como cineasta, procuro mantener un tono lo más al margen posible de juicios morales. Pero en la mayor parte de los testimonios de quienes compartieron los distintos momentos de la vida de Nim puedes apreciar la conciencia espoleando sus palabras: desde el profesor, hasta quienes le cometieron a experimentos de laboratorio hasta las alumnas que participaron como madres subrogadas de Nim”.

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Marsh también rueda ficción. El año pasado estrenó Shadow dancer, un thriller sobre un informante del IRA durante el proceso de pacificación de principios de los noventa protagonizado por Clive Owen. Y ahora mismo se encuentra rodando Hold on to me, una intriga encabezada por Robert Pattinson y Carey Mulligan. Según actualiza por e-mail el director, “es una comedia negra inspirada en un caso real donde Mulligan interpreta a una ex reina de la belleza que secuestra y entierra vivo al hombre más rico de su pueblo con la esperanza de hacer fortuna gracias al rescate". En palabras de Marsh, el género lo pide la trama. “Tiendo a hacer documentales sobre asuntos que no resultarían creíbles si los filmara como ficción. Si hubiera pretendido hacer de Proyecto Nim una película de factura hollywoodiense nadie habría creído una sola palabra”.

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