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CRÍTICA: 'LOOPER'
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Un vórtice en el hampa

Joseph Gordon-Levitt y Bruce Willis, en 'Looper'.
Joseph Gordon-Levitt y Bruce Willis, en 'Looper'.

Rian Johnson se dio a conocer con una película de modestísimo presupuesto —500.000 dólares— y confección casi casera, que partía de una fórmula alquímica de alto riesgo: ceñir una mecánica narrativa y los giros lingüísticos de la narrativa noir de Dashiell Hammett en el estricto presente de un instituto de San Clemente (California), su ciudad natal. Brick (2005) se convirtió en el hype de la temporada, pero, tres años más tarde, el estreno de su segundo trabajo, The brothers Bloom (2008) —que ya contó con presupuesto holgado, producción industrial y reparto de primeras figuras—, dio pie a que la prensa especializada organizase una de sus más reprobables rituales: el entierro prematuro de la promesa que no cuajó. Looper, su tercera película, no solo neutraliza ese paso en falso, sino que —por lo menos a los ojos de este crítico que, en su día, no supo ver en Brick más que un Bugsy Malone (1976) teenager— acredita la coherencia de una trayectoria que se asienta en una concienzuda y radical puesta al día de las esencias del cine negro.

Looper

Dirección: Rian Johnson.
Intérpretes: Joseph Gordon-Lewitt, Bruce Willis, Paul Dano, Emily Blunt, Jeff Daniels, Qing Xu, Piper Perabo.
Género: ciencia ficción. EE UU, 2012.
Duración: 118 minutos.

Looper, una película de viajes en el tiempo que, a golpe de paradoja temporal, consigue colocar al mismo sujeto en los enfrentados roles de cazador y presa, es antes puro cine negro sometido a las tensiones de otro código genérico —la ciencia ficción— que una película fantástica con arbitrarios disfraces noir. La propia naturaleza del relato le coloca las cosas muy difíciles al crítico: lo mejor es desvelar lo menos posible sobre el contenido, exponerse a la sorpresa constante y a la manera diabólica con que Johnson aprovecha los bucles temporales para romper las estructuras dramáticas tradicionales y dejar al espectador, durante largos fragmentos de metraje, sin asidero aparente.

El punto de partida —los viajes temporales permiten al crimen organizado limpiar su ropa sucia en el pasado— es solo la pista de despegue de un relato impecable que, en algunas escenas memorables —como el recital de mutilaciones que sufre un personaje secundario, mientras su yo pasado es torturado en fuera de campo—, remite a las poéticas excéntricas que cineastas como Robert Aldrich, Joseph H. Lewis o Samuel Fuller aplicaron al género.

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