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DIOSES Y MONSTRUOS

Aquellos jinetes libres y salvajes

A falta de recientes películas del Oeste, los libros y la televisión vuelven a muchas de las mejores sensaciones que regala el cine

Bob Dylan, en una imagen de Pat Garrett y Billy The Kid (1973), de Sam Peckinpah.
Bob Dylan, en una imagen de Pat Garrett y Billy The Kid (1973), de Sam Peckinpah.

En el último artículo que escribí en Babelia les hablaba con alborozo del milagro que suponía la reposición en la gran pantalla, su espacio natural e ideal, de una copia en alta definición de ese western inmarchitable titulado Centauros del desierto, algo insólito para varias generaciones de cinéfilos que solo la habían visto en televisión, en vídeo o en DVD. Sospecho que van a seguir recordándola exclusivamente en esos formatos, ya que a los siete días se esfumó de la cartelera. Imagino que con el permiso de su exhibidor, debido a las excesivas colas que se formaban en su taquilla, a que los viejos y los nuevos espectadores no pueden vivir sin John Ford y certidumbres por el estilo. Las entregas en Babelia se hacen una semana antes de su publicación. O sea, que Centauros del desierto desapareció del cine el día anterior a mi fervorosa recomendación a aquellos espectadores que la desconocieran. Pido disculpas si alguien se acercó al cine Verdi y se sintió estafado al constatar con gesto de pasmo que había desaparecido. Qué corta y trágica es la resurrección de los clásicos en los tiempos modernos. Aunque habría que plantearse qué diablos significa eso del clasicismo. A cada uno lo suyo, a cada uno sus clásicos.

Descubro en la lista de las veinte mejores películas de la historia del cine que han votado los lectores de la revista Cinemanía que figuran Origen, El club de la lucha, Forrest Gump, La naranja mecánica, La comunidad del anillo, El retorno del rey, El imperio contraataca y así. La tercera es Pulp Fiction, y la segunda, El caballero oscuro (a mí también me fascina, pero hasta cierto límite). La primera, El Padrino, creo que es innegociable, que nos pone de acuerdo a los habitantes del paleolítico y a los que han descubierto el cine (y no tengo la menor duda de que se han enamorado de él con la misma intensidad que lo hicimos nosotros, los dinosaurios) en las dos últimas décadas. Y tal vez sepan que existió algo llamado blanco y negro, incluso que alguna vez el cine fue mudo y que algunos hombres geniales inventaron, perfeccionaron, hicieron maravillas, expresaron inmejorablemente los sentimientos, hicieron reír, conmovieron, provocaron miedo con ese lenguaje sin palabras. El problema, en el caso de que tuvieran remoto interés en comprobar si el gran cine existió antes de que Peter Jackson entregara la trilogía del anillo o George Lucas la saga de las galaxias, estriba en que los caminos para llegar a él son tortuosos o inexistentes. No lo descubrirán en la televisión actual (juro que hubo épocas en Televisión Española que supusieron una filmoteca impagable) ni en las salas de cine. Pero si gracias a un dificultoso milagro pudieran tener acceso al gran cine de cualquier época, sin obligaciones culturalistas ni disciplinado espíritu de arqueólogos, sino únicamente en nombre del placer, descubrirían que muchas de las mejores sensaciones que regala el cine, la capacidad de narrar las mejores historias mediante imágenes y sonidos, alcanzaron su plenitud hace muchos años, cuando los efectos especiales eran inexistentes o rudimentarios, ni los infinitos inventos que proporcionan los ordenadores más sofisticados se anteponían a un guión modélico.

Hay géneros, como el western, que ya pertenecen al recuerdo. Como el personaje de William Munny en la obra maestra Sin perdón, después de comprobar que los viejos demonios y la frialdad para matar siguen intactos cuando han linchado a tu socio y te reencuentras con el alcohol volcánico, recogió a sus niños, cerró su granja de cerdos moribundos y nadie volvió a saber de él. Las productoras decidieron hace tiempo que las películas del Oeste ya no interesaban a nadie. Y te preguntas, al igual que muchas generaciones de niños que encontramos el paraíso en las películas de vaqueros, indios, sheriffs, cuatreros, soldados de caballería, cabalgadas, peleas y tiros antes de saber que eso eran westerns y que algunos de los grandes directores de la historia, como Ford, Hawks, Walsh, Mann, Hathaway, Peckinpah y Eastwood se expresaran frecuentemente a través de este género, cuáles son las razones para desterrar a perpetuidad ese universo del cine.

A falta de recientes películas del Oeste, constato con gozo que las editoriales de libros no se han olvidado de él. Tengo en mis manos, con la seguridad de que ese territorio y esos personajes tan exóticos y lejanos me interesan mucho más que lo cercano en el espacio y en el tiempo, dos textos con títulos sabrosos: Al infierno en un caballo veloz y La mano del muerto. Los protagonistas del primero son Billy el Niño y Pat Garrett. También del segundo, con la particularidad de que después del espléndido prólogo de Javier Lucini (este género ha dado obras de arte, y no me refiero exclusivamente a las proezas que nos legó Borges; uno de mis libros de cabecera sería el que agrupara todos los prólogos que ha escrito el admirable Rodrigo Fresán) es el propio Pat Garrett el que cuenta las proezas y los crímenes de Billy el Niño, de un tipo que alguna vez fue su amigo y al que mató en nombre de las exigencias de los nuevos tiempos. También habla (o alguien anónimo lo hizo por ella y firmó esa confesión con su nombre) la siempre trágica Calamity Jane y el esclavo emancipado Deadwood Dick, un negro que se pateó la frontera en tiempos duros y logró sobrevivir a ella.

Borges condenó con inmejorable prosa y sólidos argumentos a Billy el Niño a su Historia universal de la infamia. Yo prefiero imaginármelo con el careto, la chulería y el fatalismo de Kris Kristofferson (no me gusta el muy pasado Paul Newman de El zurdo) en la grandiosa y muy triste película que le dedicó Sam Peckinpah, sabiendo que Garrett se lo va a cargar y que después romperá el espejo que refleja su desolada imagen, llamando sin éxito a las puertas del cielo, acompañado por la impresionante banda sonora que inventó Bob Dylan, señor que ya sabía de lo que hablaba, y me remito a ese disco hipnótico y subvalorado que se titula John Wesley Harding.

Curiosamente, el último western genial que he visto no lo cuenta una película, sino una serie de televisión. Dura infinitas e impagables horas, la creó David Milch y se titula Deadwood. A Wild Bill Hickok le asesina un cobarde torvo en el cuarto capítulo. Calamity Jane, la persona que más le amaba (los demás le respetaban y le temían), le sobrevive durante un tiempo a base de una borrachera permanente y sombría. Pero nos acompaña hasta el final el fascinante, tenebroso, complejo e inolvidable chuloputas Al Swearengen. Y ese comisario cuyos andares recuerda a los del gran Henry Fonda. Y una exyonqui tan elegante como erótica. Y una galería de personajes destinados a permanecer en la retina y en el oído. No sé si Deadwood representa la despedida definitiva del western. Si lamentablemente así fuera, lo ha hecho a lo grande.

Al infierno en un caballo veloz. Billy el Niño y Pat Garrett. La épica búsqueda de justicia en el viejo Oeste. Mark Lee Gardner. Traducción de Esther Roig. Península, 2012. 352 páginas. 23,50 euros. La mano del muerto. El ocaso del salvaje Oeste según Pat Garrett, Calamity Jane y Deadwood Dick. Javier Lucini. Antonio Machado Libros, 2012. 344 páginas. 17,10 euros.