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¿Por qué algunas personas pierden el acento y otras no? Una experta en lingüística lo explica

Diversos estudios han mostrado que el acento de una persona se aproximará al del grupo de hablantes con el que se identifica en alguna etapa de su vida

Varias personas en una terraza del centro de Murcia.
Varias personas en una terraza del centro de Murcia.Marcial Guillén (EFE)

La manera de hablar de una persona es una parte intrínseca de su identidad. Constituye una marca tribal que indica si un hablante procede de un grupo social u otro. Los acentos son tanto una señal de pertenencia como un separador de comunidades.

Sin embargo, seguramente a todos se nos ocurren ejemplos de personas que parecen haber perdido su acento regional o nacional, así como de otras cuyo acento permanece invariable. Dada la importancia personal y social de la forma de hablar, ¿qué razones podría haber para que cambiara el acento de alguien?

Tal vez piense que su acento es un componente físico de la persona que es usted, pero un deseo consciente o inconsciente de encajar puede influir en su manera de hablar, lo quiera o no. Diversos estudios han mostrado que el acento de una persona se aproximará al del grupo de hablantes con el que se identifica en alguna etapa de su vida. Los acentos son un rasgo fluido del lenguaje. Por ejemplo, si alguien se muda de Australia a Estados Unidos para trabajar, es probable que, como mínimo, modifique su acento, ya sea consciente o inconscientemente.

Esto podría obedecer a la necesidad o al deseo de que se le entienda mejor y de ser aceptado en la nueva comunidad. También es posible que quiera evitar hacer el ridículo por su forma de hablar. Más de una cuarta parte de los profesionales de alto nivel del Reino Unido de origen obrero han sido objeto de comentarios discriminatorios en el trabajo debido a su acento.

Una sensación de pertenencia

En el caso de las personas cuyo acento cambia, puede deberse a que su forma de hablar es menos importante para su idea de identidad, o a que su necesidad de identificación con un grupo social o profesional es más acuciante.

Incluso antes de nacer, estamos expuestos a los patrones de habla de quienes nos rodean. Los estudios sobre recién nacidos han descubierto que es posible detectar aspectos tonales específicos de la comunidad de habla de los bebés a partir de su llanto. A fin de que nuestras necesidades sean satisfechas, estamos más o menos programados para encajar. Producimos vocalizaciones que suenan como pertenecientes a las comunidades de nuestros cuidadores. Atravesamos varias fases de desarrollo del habla que hacen que acabemos adoptando unos patrones lingüísticos similares a los de las personas que tenemos a nuestro alrededor.

Al entrar en la sociedad, nos mezclamos con personas de fuera de nuestro grupo social limitado y quedamos expuestos a más patrones de habla. Esto puede hacer que el acento de un niño cambie rápidamente para que lo acepten sus compañeros. Por ejemplo, un colega de Estados Unidos que trabaja en el Reino Unido me contó que su hijo había empezado a hablar con el típico acento del sur de Inglaterra desde que empezó a ir al colegio. Ahora el niño les está enseñando a sus padres a hablar inglés “correcto”.

Una identidad fuerte

En el caso de las personas cuyo acento no parece cambiar, una posible explicación es que se sienten seguras en su identidad y que su acento es una parte muy importante de esta, o que conceden valor a preservar la diferencia. Puede que ni siquiera sean conscientes de lo mucho que su acento significa para ellas. Si un hablante tiene lo que mayoritariamente se considera un acento deseable, quizá no quiera perder esa ventaja modificándolo. Conscientemente o no, las personas tienen al menos algún control sobre su habla cuando cambian de lugar de residencia.

Sin embargo, en raras ocasiones las lesiones cerebrales o los accidentes cerebrovasculares pueden causar el síndrome del acento extranjero (SAE). Esta afección es el resultado de cambios físicos que el hablante no controla. Algunas áreas del cerebro están asociadas con la producción y la percepción del lenguaje, mientras que otras controlan los aspectos motores del habla. Si estas últimas sufren daños, la persona puede perder por completo su capacidad de hablar, o experimentar cambios en la forma de articular los sonidos porque el área motora envía instrucciones diferentes a los órganos vocales.

Un ejemplo extremo, publicado recientemente en The Metro, explicaba que una mujer de Texas (EE UU) llamada Abby French se despertó de una operación con el síndrome del acento extranjero. A veces la mujer afirmaba que parecía rusa, otras, ucrania y otras, australiana. Los oyentes normalmente estaban de acuerdo en el acento al que pensaban que se parecía más la nueva forma de hablar de French.

En algunos casos puede ocurrir que los interlocutores discriminen a una persona con SAE porque creen que es extranjera, lo cual demuestra hasta qué punto nuestra forma de hablar puede influir en cómo nos tratan los demás. No es de extrañar que muchas personas se protejan inconscientemente adaptando su habla a quienes las rodean.

Jane Setter es profesora de Fonética de la Universidad de Reading (Inglaterra).

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The Conversation

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