Los árboles se están muriendo cada vez antes

El aumento de la temperatura y las sequías reducen la esperanza de vida de los bosques del planeta

En el nordeste de Australia, donde sobreviven especies endémicas desde hace miles y miles de años, la tasa de mortalidad de los árboles se ha multiplicado por dos.
En el nordeste de Australia, donde sobreviven especies endémicas desde hace miles y miles de años, la tasa de mortalidad de los árboles se ha multiplicado por dos.Alexander Schenkin

Llega el verano al hemisferio norte y con él los incendios que asolan los bosques en España, Estados Unidos y otras zonas del planeta. Pero el fuego no es el único enemigo de los árboles. Hay otra amenaza que los está matando más lentamente. Empezó a finales del siglo XVIII, con la llamada Revolución Industrial y sus crecientes emisiones de efecto invernadero. Su acumulación en la atmósfera está calentando el planeta y sus consecuencias se están notando ahora: hay selvas donde la esperanza de vida forestal se ha reducido a la mitad. Y en otras, los eventos de mortandad provocados por las sequías, se han multiplicado en la última década.

En Australia, la tasa de mortalidad de los árboles se ha doblado desde mediados de los ochenta. Un trabajo con miles de árboles de una veintena de parcelas de distintas latitudes y ecosistemas muestra que algo no va bien. Una de las fortalezas de este estudio, publicado hoy en Nature, es el detalle de su inventario, con datos sobre la salud forestal (masa de la hoja por área, densidad de la madera, capacidad de fotosíntesis...). La otra es que tienen información que se remonta medio siglo atrás. Hasta 1984, los bosques crecían o se mantenían, con un número de árboles muertos similar al de los que los reemplazaban. Pero la tendencia se ha invertido desde entonces. Los que crecen ahora han reducido su esperanza de vida y, de seguir la tendencia, muchos morirán antes de lo que les tocaba.

El ecólogo forestal de la Universidad de Oxford y principal autor del estudio de Nature David Bauman detalla el alcance del cambio de tendencia: “La supervivencia pasa, de media, del 99% entre 1971 y 1984 al 98% de ahora en las especies estudiadas. Es decir, pasamos del 1% a 2% de mortalidad anual, lo que acumulado por décadas, lleva a cambios profundos en la dinámica de esos bosques. Pasar del 1% al 2% significa que la esperanza de vida se divide entre dos”. Una reducción de un punto porcentual no parece mucho, pero las matemáticas dicen lo contrario. Lo muestra Bauman con un ejemplo muy simplificado: “Si tienes 1.000 árboles con una tasa de mortalidad anual del 1%, pasados 50 años, te quedarán 665 árboles. Pero si la tasa es del 2%, solo serán 364″.

Esta reducción de la esperanza de vida está pasando en la mayoría de las 80 especies estudiadas y en casi todas las parcelas de distintas latitudes. En el global de la muestra, el área ha disminuido, en un 12,2% por la deforestación. Y aquí no han tenido nada que ver los incendios que castigaron el continente en 2020.

“La muerte viene de una interacción de factores que le afectaron en el pasado. Un año puede ser una sequía y después viene un patógeno o una ola de calor”
David Bauman, ecólogo de la Universidad de Oxford y el Centro de Investigación Ambiental del Instituto Smithsoniano

La causa última de la muerte no es fácil de establecer. A la larga vida de los árboles, que complica su seguimiento, se le une la complicación de su lenta muerte. Lo destaca Bauman: “Ser árbol es ser lento, esta estrategia evolutiva les ha permitido sobrevivir a los cambios en el entorno, también los extremos. La muerte viene de una interacción de factores que le afectaron en el pasado. Un año puede ser una sequía y después viene un patógeno o una ola de calor”.

En los bosques húmedos de Australia, la amplitud del daño y las zonas donde está siendo más acusado da pistas sobre el culpable. Los investigadores han observado que el riesgo de mortalidad es mayor en las áreas más secas y, en el caso de las parcelas de bosque húmedo, en sus márgenes más secos. Es decir, todo apunta a cambios en las condiciones climáticas provocadas por el calentamiento global. “Cuanto más aumenta la temperatura, mayor presión sobre la dinámica de evapotranspiración, las hojas de los árboles evaporan más agua de la que sus raíces pueden captar. Pero su tiempo de respuesta es lento y hay que disponer de décadas de datos para detectar esta mortalidad”, comenta Bauman, investigador también de la Universidad de Montpellier (Francia) . Para este científico es difícil saber si este aumento de la tasa de mortalidad está sucediendo en otras regiones del planeta, “pero el motor que está detrás de ella, el déficit de presión del vapor, sí ha aumentado en los demás bosques húmedos del resto del globo”, concluye.

El científico del Ecophyslab de la Universidad de Florida (Estados Unidos) y uno de los impulsores de la Red Internacional sobre la Mortalidad Arbórea William Hammond coincide con Bauman: “Aún no estamos seguros de que la mortalidad de los árboles no esté aumentando en todos los bosques del planeta. Por ejemplo, ha subido en la Amazonía, Europa y América del Norte, pero se ha observado una tendencia contraria en la cuenca del Congo en un estudio reciente en el que he participado”, cuenta en un correo.

Uno de los primeros signos de que un árbol está muriendo es que, tras el estrés hídrico, sus células empequeñecen. Después dejan de crecer, no salen nuevas hojas y reduce su fotosíntesis. Al final se produce una embolia. En la imagen, ejemplares de una selva del nordeste australiano.
Uno de los primeros signos de que un árbol está muriendo es que, tras el estrés hídrico, sus células empequeñecen. Después dejan de crecer, no salen nuevas hojas y reduce su fotosíntesis. Al final se produce una embolia. En la imagen, ejemplares de una selva del nordeste australiano.Alexander Schenkin

Lo que sí parecen universales son los episodios de gran mortandad. A diferencia de la mortalidad anual de árboles, una ratio que generalmente está variando entre el 1% y el 4%, Hammond lideró una investigación publicada en abril que muestra el carácter global de lo que llama pulsos de mortalidad. “Estos eventos suponen desviaciones significativas de aquellas ratios producidas en un único año, con al menos un 15% de muertes y a veces mucho más”, cuenta. El trabajo, basado en observaciones en más de 1.800 parcelas todo el planeta, desde el bosque mediterráneo al nivel del mar hasta los alpinos, han descubierto una especie de huella o marca característica de las sequías más intensas. “Este es el conjunto de condiciones (aire seco, suelos secos, elevada temperatura, elevado déficit de presión del vapor...) que hemos asociado con los eventos de mortandad de los últimos años en el planeta”, detalla Hammond. Que esta marca aparezca en bosques y selvas de todos los biomas de la Tierra “demuestra el papel evidente del calor en lo que se ha venido a llamar mortalidad inducida por la sequía”.

El pasado lunes, investigadores del Centro Helmholtz para la Investigación Ambiental (Alemania) publicaban un trabajo que confirmaba que las sequías vividas en Europa entre 2018 y 2020 han sido las más pronunciadas en esta parte del mundo desde el siglo XVIII. Además, a diferencia de sequías anteriores, la anomalía térmica ha sido mayor, con 2,8º por encima de la media de los últimos 250 años.

El investigador forestal de la Universidad Pablo de Olavide Raúl Sánchez Salguero ha dedicado su carrera científica a estudiar el decaimiento de los bosques, la muerte lenta de los árboles. “El problema no se puede reducir a una falta de agua o un aumento de las temperaturas. El estrés hídrico lo sufre el bosque mediterráneo, pero en las selvas tropicales no ha bajado la disponibilidad de agua, pero sí ha subido la temperatura”, dice desde Benamahona (Sierra de Grazalema, Cádiz), donde está estudiando uno de los últimos pinsapares que quedan en Europa. Es el calor el que aumenta la sequía atmosférica “y este déficit de presión del vapor se está viendo en todo el mundo”, destaca. Este proceso debilita los bosques ante las siguientes amenazas, sean un incendio, insectos, un ciclón o una nueva sequía.

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Sobre la firma

Miguel Ángel Criado

Es cofundador de Materia y escribe de tecnología, inteligencia artificial, cambio climático, antropología… desde 2014. Antes pasó por Público, Cuarto Poder y El Mundo. Es licenciado en CC. Políticas y Sociología.

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