Tribuna
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La apuesta por la ciencia, un nuevo Plan Marshall para Europa

Por qué necesitamos inversiones en I+D en nuestra ofensiva contra la covid-19

Román Arjona y Raquel Saiz
El ministro de Ciencia e Innovación, Pedro Duque, durante una visita el pasado mayo a varios centros adscritos al Instituto de Salud Carlos III, en Madrid, donde  los investigadores están desarrollando distintos tratamientos contra el coronavirus.
El ministro de Ciencia e Innovación, Pedro Duque, durante una visita el pasado mayo a varios centros adscritos al Instituto de Salud Carlos III, en Madrid, donde los investigadores están desarrollando distintos tratamientos contra el coronavirus.EFE

“El único elemento para llegar al éxito en una ofensiva es mantener el momentum”. Así explicaba George Catlett Marshall a corresponsables internacionales la estrategia militar de los Aliados en los meses finales de la Segunda Guerra Mundial. Marshall fue militar y secretario de Estado de los Estados Unidos. Mucho se ha apelado a él en las últimas semanas por su plan de recuperación de la Europa de postguerra, un plan que supuso alrededor del 6 % de la economía estadounidense y que sirvió para la reconstrucción social y económica del continente.

El coronavirus SARS-CoV-2 ha sacudido los cimientos de Europa y del mundo y ha puesto a prueba nuestros sistemas sanitarios y de bienestar, la sociedad y la economía y hasta cómo vivimos y trabajamos. Ahora, con la reconstrucción como telón de fondo, la Unión Europea ha lanzado un Plan de Recuperación de 750.000 millones de euros, un 5 % del PIB europeo, para dar respuesta a la crisis social y económica provocada por la covid-19 que, para líderes europeos como Angela Merkel, es el mayor reto al que se ha enfrentado el continente desde la Segunda Guerra Mundial.

Con independencia de las espinosas y largas negociaciones entre los frugales y el resto sobre la amplitud del fondo, los “cheques” o el porcentaje de ayudas directas versus préstamos, se trata de un plan histórico con el que Europa quiere dar una respuesta rápida y firme a una crisis económica y sanitaria sin precedentes y sentar las bases del crecimiento futuro de la Unión. Un plan que se acompañará de un nuevo Mecanismo de Recuperación y Resiliencia de la UE que ofrecerá ayuda financiera a enorme escala para sustentar reformas e inversiones de los Estados miembros. Se pretende, a su vez, que mitigue el impacto de la covid-19 y aumente la resiliencia social y económica y prepare a las economías para estimular las transiciones ecológica y digital.

Ahora que las estimaciones apuntan a que España podría acceder a 140.000 millones de euros de ese plan -y que ese acceso vendrá acompañado de reformas- es hora de construir sobre las lecciones del pasado y aprovechar este momentum para colocar a la ciencia y la innovación en el lugar que merecen en el plan de reconstrucción de nuestro país. Sin duda, el Plan de Choque para la Ciencia anunciado recientemente por el Gobierno podría ser una de las palancas con las que coger impulso desde esa nueva casilla de salida en la recuperación europea.

Los que hemos trabajado en torno a la ciencia y la innovación llevamos décadas intentando convencer a políticos y ministros que no sean del gremio, y a la sociedad en general, de la importancia de invertir en I+D para conseguir un futuro mejor. Han sido muchos los informes, los rankings y los indicadores y modelos econométricos que hemos utilizado para demostrar que las inversiones en I+D inducen un crecimiento económico más sostenible, con mayor productividad y competitividad. Precisamente, hace unas semanas, la Comisión Europea publicaba su ranking de innovación anual. España mejoraba ligeramente su posición, pero seguía como país innovador moderado, por debajo de la media europea.

Los que hemos trabajado en torno a la ciencia y la innovación llevamos décadas intentando convencer a políticos y ministros que no sean del gremio, y a la sociedad en general, de la importancia de invertir en I+D para conseguir un futuro mejor

El sistema español de I+D, construido durante décadas con grandes esfuerzos colectivos, ha sufrido una transformación muy positiva y profunda desde la primera Ley de la Ciencia de 1985. Es un sistema consolidado con múltiples áreas de excelencia y gran proyección internacional, como muestra nuestra participación en Horizonte 2020, nuestras instalaciones cientítico-técnicas de reconocido prestigio como el Barcelona Supercomputing Center y sectores industriales que operan y se consolidan en la frontera del conocimiento, como el biotecnológico o el del espacio.

Este éxito se ha construido sobre la base de ese sistema de ciencia e innovación maduro y España es el tercero entre los Estados miembros de la UE en participación y el cuarto en financiación recibida del Programa Marco, con más de 400 becas del Consejo Europeo de Investigación y líder en proyectos del instrumento para PYME, englobado ahora en el Consejo Europeo de Innovación. Hasta hoy, Horizonte 2020 ha financiado a 14.700 solicitantes españoles con 5.000 millones de euros.

Sin embargo, los últimos datos de inversión pública en I+D sitúan a España al mismo nivel en 2018 que en 2007 (0,54 % del PIB) y claramente por debajo de la media europea (0,72 % del PIB). No en vano, el Consejo de la Unión Europea ha recomendado a España el 20 de julio, como parte del Semestre Europeo, que refuerce sus inversiones en I+D. Estos niveles bajos de inversión pública en I+D mantenidos a lo largo del tiempo pueden dejar heridas, algunas de ellas profundas, en el tejido científico y tecnológico de un país, haciéndolo más vulnerable y reduciendo el enorme potencial de la ciencia y la innovación para mejorar la calidad de vida y transformar la economía a través del conocimiento. Pero estas inversiones tienen que ser capaces de apalancar inversiones sustanciales del sector privado en áreas donde España tiene gran potencial, como el transporte sostenible, la salud, las renovables o la biotecnología.

Inesperadamente, el SARS-COV-2 parece haber logrado en muy poco tiempo lo que años de sesudos análisis e indicadores no habían logrado: poner la ciencia y la innovación en la primera página de la agenda pública. Científicos, makers e innovadores han ocupado las portadas de los principales periódicos y el prime time de televisiones. La emergencia sanitaria ha demostrado que las inversiones en ciencia e innovación se transforman en vacunas, tratamientos o soluciones de diagnóstico. Además, ha puesto de manifiesto que la I+D+I crea actividad económica y empleos más sostenibles, que amplifican la resiliencia del tejido productivo y la competitividad de los países. Es necesario ser capaces de conectar esa inversión en I+D con una industria propia basada en el conocimiento. Hemos padecido durante años la dificultad de explicar el valor de un intangible como la inversión en ciencia, que requiere visión a largo plazo, pero esta dificultad se ha desvanecido rápidamente ante una dura pandemia que ha puesto de manifiesto que invertir en ciencia e innovación impacta positiva y directamente sobre la vida de las personas.

Y precisamente en la ofensiva contra la covid-19 nuestro país debería aprovechar que está en un momento único para renovar su compromiso con la ciencia. Cuenta con la inercia de una sociedad más sensibilizada que nunca sobre el valor de la ciencia y con un plan europeo histórico que ayudará a reconstruir nuestra economía.

En esta crisis, Europa y sus Estados miembros necesitan una recuperación que sea transformadora de verdad y eso solo puede ocurrir con inversiones fuertes, sostenidas y ambiciosas en ciencia e innovación que aceleren la llegada de una economía más circular y sostenible. Es el momento de apostar por ellas. De acuerdo con estimaciones recientes de la Comisión, Europa necesitaría invertir 110.000 millones de euros adicionales por año para cerrar la brecha que la separa del objetivo de dedicar el 3 % de su PIB a la I+D e innovación, algo que debería haber sucedido ya en 2020.

Además de invertir, son muchos los Estados miembros de la Unión, y entre ellos España, los que deben reformar sus sistemas de I+D+I para aumentar su calidad, eficiencia e impacto y atajar debilidades persistentes, como la falta de cooperación entre la ciencia y la industria. No es posible entender la política pública de apoyo a la I+D+I como una política aislada, que se realiza exclusivamente desde un departamento. España tiene una gran oportunidad por delante para impulsar una agenda transversal en apoyo a la ciencia y la innovación con acción conjunta de políticas como la industrial, educación, digital, transición ecológica, energía o transporte.

España tiene ante sí una oportunidad única para multiplicar la capacidad, el talento y el potencial transformador que tiene su sistema de I+D+i

Este es el momento. Junto con el Plan de Recuperación, Europa lanzará en 2021 el programa más ambicioso de financiación de la ciencia de la Unión; Horizonte Europa, con un presupuesto de 81.000 millones de euros para el periodo comprendido entre 2021 y 2027, según el acuerdo del Consejo Europeo del pasado 21 de julio. Además, contaremos con los nuevos Fondos Estructurales y de Inversión Europeos para las mismas fechas, que van a resultar esenciales para apuntalar e impulsar la creación de capacidades y la emergencia y consolidación de ecosistemas regionales de ciencia e innovación.

España tiene ante sí una oportunidad única para multiplicar la capacidad, el talento y el potencial transformador que tiene su sistema de I+D+i. Para lograrlo, será condición sine qua non que exista un compromiso a largo plazo del país con inversiones amplias y sostenidas, con reformas que fortalezcan la capacidad e impacto de su I+D+I que permitan una respuesta contundente a los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Ahora, que tenemos la sociedad de nuestra parte e inversiones europeas sin precedentes para impulsar las transiciones digital y verde de Europa, nuestro país tiene que aprovechar ese momentum del que hablaba Marshall para estar listo frente a esta u otras ofensivas contra crisis venideras. Porque sin ciencia sí hay futuro, pero con toda seguridad nos espera uno peor.

Román Arjona es economista Jefe de la Dirección General de Investigación e Innovación de la Comisión Europea.

Raquel Saiz es directora de Análisis y Estrategia de AseBio

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